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María Luisa Bombal

"La amortajada"

Biografía de María Luisa Bombal en wikipedia

 
 
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Música: Mendelssohn — Lied ohne Worte Op.62 No.l (Andante espressivo)
 
La amortajada

(Continuación)

OBRAS DEL AUTOR
El árbol
La amortajada
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Trenzas
 

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Este hombre moreno y enjuto al que la fiebre hace temblar los labios como si le estuviera hablando. ¡Que se vaya! No quiere oírlo.

"—¡Ana María, levántate!

Levántate para vedarme una vez más la entrada de tu cuarto. Levántate para esquivarme o para herirme, para quitarme día a día la vida y la alegría. Pero ¡levántate, levántate!

¡Tú, muerta!

Tú incorporada, en un breve segundo, a esa raza implacable que nos mira agitarnos, desdeñosa e inmóvil.

Tú, minuto por minuto cayendo un poco más en el pasado. Y las substancias vivas de que estabas hecha, separándose, escurriéndose por cauces distintos, como ríos que no lograrán jamás volver sobre su curso. ¡Jamás!

Ana María, ¡si supieras cuánto, cuánto te he querido!—"

¡Este hombre! ¡Por qué aún amortajada le impone su amor!

Es raro que un amor humille, no consiga sino humillar.

El amor de Fernando la humilló siempre. La hacía sentirse más pobre. No era la enfermedad que le manchaba la piel y le agriaba el carácter lo que le molestaba en él, ni como a todos, su desagradable inteligencia, altanera y positia.

Lo despreciaba porque no era feliz, porque no tenía suerte.

¿De qué manera se impuso sin embargo en su vida hasta volvérsele un mal necesario? El bien lo sabe: haciéndose su confidente.

¡Ah, sus confidencias! ¡Qué arrepentiemiento la emargaba siempre, después!

Oscuramente presentía que Fernando se alimentaba de su rabia o de su tristeza; que mientras ella hablaba, él analizaba, calculaba, gozaba sus desengaños, creyendo tal vez que la cercarían hasta arrojarla inevitablemente en sus brazos. Presentía que con sus cargos y sus quejas suministraba material a la secreta envidia que él abrigaba contra su marido. Porque fingía menospreciarlo y lo envidiaba: le envidiaba precisamente los defectos que le merecían su reprobación

¡Fernando! Durante largos años, qué de noches, ante el terror de una velada solitaria, ella lo llamó a su lado, frente al fuego que empezaba a arder en los gruesos troncos de la chimenea. En vano se proponía hablarle de cosas indiferentes. Junto con la hora y la llama, el veneno crecía, le trepaba por la garganta hasta los labios, y comenzaba a hablar.

Hablaba y él escuchaba. Jamás tuvo una palabra de consuelo, ni propuso una solución ni atemperó una duda, jamás. Pero escuchaba, escuchaba atentamente lo que sus hijos solían calificar de celos, de manías.

Después de la primera confidencia, la segunda y la tercera afluyeron naturalmente y las siguientes también, pero ya casi contra su voluntad.

En seguida, le fue imposible poner un dique a su incontinencia. Lo había admitido en su intimidad y no era bastante fuerte para echarlo.

Pero no supo que podía odiarlo hasta esa noche en que él se confió a su vez.

¡La frialdad con que le contó aquel despertar junto al cuerpo ya inerte de su mujer, la frialdad con que le habló del famoso tubo de veronal encontrado vacio sobre el velador!

Durante varias horas había dormido junto a una muerta y su contacto no había marcado su carne con el más leve temblor.

—"¡Pobre Inés — decía. Aún no logro explicarme el por qué de su resolución. No parecía triste ni deprimida. Ninguna rareza aparente tampoco. De vez en cuando, sin embargo, recuerdo haberla sorprendido mirándome fíjamente como si me estuviera viendo por primera vez. Me dejó. ¡Qué me importa que no fuera para seguir a un amante! Me dejó. El amor se me ha escurrido, se me escurrirá siempre, como se escurre el agua de entre dos manos cerradas.

¡Oh Ana María, ninguno de los dos hemos nacido bajo estrella que lo preserve..."

Dijo, y ella enrojeció como si le hubiera descargado a traición una bofetada en pleno rostro.

¿Con qué derecho la consideraba su igual?

En un brusco desdoblamiento lo había visto y se había visto, él y ella, los dos juntos a la chimenea. Dos seres al margen del amor, al margen de la vida, teniéndose las manos y suspirando, recordando, envidiando. Dos pobres. Y como los pobres se consuelan entre ellos, tal vez algún día, ellos dos... ¡Ah no! ¡Eso no! ¡Eso jamás, jamás!

Desde aquella noche solía detestarlo. Pero nunca pudo huirlo.

Ensayó, sí, muchas veces. Pero Fernando sonreía indulgente a sus acogidas de pronto glaciales; soportaba, imperturbable, las vejaciones, adivinando quizás que luchaba en vano contra el extraño sentimiento que la empujaba hacia él, adivinando que recaería sobre su pecho, ebria de nuevas confidencias.

 

 

¡Sus confidencias! ¡Cuántas veces quiso rehuirlas él también! Antonio, los hijos; los hijos y Antonio. Sólo ellos ocupaban el pensamiento de esa mujer, tenían derecho a su ternura, a su dolor.

Mucho, mucho debió quererla para escuchar tantos años sus insidiosas palabras, para permitirle que le desgarrase así, suave y laboriosamente, el corazón.

Y sin embargo no supo ser débil y humilde hasta lo último.

"Ana María, tus mentiras, debí haber fingido también creerlas. ¡Tu marido celoso de ti, de nuestra amistad!

¿Por qué no haber aceptado esta inocente invención tuya si halagaba tu amor propio? No. Prefería perder terreno en tu afecto antes que parecerte cándido.

Más que mi mala suerte fue, Ana María, mi torpeza la que impidió que me quisieras.

Te veo inclinada al borde de la chimenea, echar cenizas sobre las brasas mortecinas; te veo arrollar el tejido, cerrar el piano, doblar los periódicos tirados sobre los muebles.

Te veo acercarte a mí, despeinada y doliente:

—"Buenas noches, Fernando. Siento haberle hablado aún de todo esto. La verdad es que Antonio no me quiso nunca. Entonces, ¿a qué protestar, a qué luchar? Buenas noches". Y tu mano se aferraba a la mía en una despedida interminable, y a pesar tuyo tus ojos me interrogaban, imploraban un desmentido a tus últimas palabras.

Y yo, yo, envidioso, mezquino, egoísta, me iba sin desplegar los labios más que para murmurar. "Buenas noches"

Sin embargo, mucho me ha de ser perdonado, porque mi amor te perdonó mucho.

Hasta que te encontré, cuando se me hería en mi orgullo dejaba automáticamente de amar, y no perdonaba jamás. Mi mujer habría podido decírtelo, ella que no obtuvo de mí ni un reproche, ni un recuerdo, ni una flor en su tumba.

Por ti, sólo por ti, Ana María, he conocido el amor que se humilla, resite a la ofensa y perdona la ofensa.

¡Por ti, sólo por ti!

Tal vez había sonado par mí la hora de la piedad, hora en que nos hacemos soldarios hasta del enemigo llamado a sufrir nuestro propio mísero destino.

Tal vez amaba en ti ese patético comienzo de destrucción. Nunca hermosura alguna me conmovió tanto como esa tuya en decadencia.

Amé tu tez marchita que hacía resaltar la frescura de tus labios y la esplendidez de tus anchas cejas pasadas de moda, de tus cejas lisas y brillantes como una franja de terciopelo nuevo. Amé tu cuerpo maduro en el cual la gracilidad del cuello y de los tobillos ganaban, por contraste, una doble y enternecedora seducción. Pero no quiero quitarte méritos. Me seducía también tu inteligencia porque era la voz de tu sensibilidad y de tu instinto.

Qué de veces te obligué a precisar una exclamación, un comentario.

Tú enmudecías, colérica, presumientod que me burlaba.

Y no, Ana María, siempre me creíste más fuerte de lo que era. Te admiraba. Admiraba esa tranquila inteligencia tuya cuyas raíces estaban hundidas en lo oscuro de tu ser.

—"¿Sabe qué hace agradable e íntimo este cuarto? El reflejo y la sombra del árbol arrimado a la ventana. Las casas no debieran ser nunca más altas que los árboles", decías.

O aún: "No se mueva. ¡Ay que silencio! El aire parece de cristal. En tardes como ésta me da miedo hasta de pestañear. ¿Sabe uno acaso dónde terminan los gestos? ¡Tal vez si lenvanto la mano, provoque en otros mundos la trizadura de una estrella".

Sí, te admiraba y te comprendía.

Oh Ana María, si hubieras querido, de tu desgracia y mi desdicha hubiéramos podido construir un afecto, una vida; y muchos habrían rondado envidiosos alrededor de nuestra unión como se ronda alrededor de un verdadero amor, de la felicidad.

¡Si hubieras querido! Pero ni siquiera tomaste en cuenta mi paciencia. Nunca me agradeciste una gentileza. Nunca.

Me guardabas rencor porque te apreciaba y conocía más que nadie, yo, el hombre que tú no amabas.

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