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María Luisa Bombal

"La amortajada"

Biografía de María Luisa Bombal en wikipedia

 
 
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Música: Mendelssohn — Lied ohne Worte Op.62 No.l (Andante espressivo)
 
La amortajada

(Continuación)

OBRAS DEL AUTOR
El árbol
La amortajada
La última niebla
Las islas nuevas
Lo secreto
Trenzas
 

ESCRITORES DE CHILE

Baldomero Lillo
Francisco Coloane Cárdenas
Gabriela Mistral
María Luisa Bombal
Óscar Castro
Pablo Neruda
Poli Délano
Roberto Bolaño
Vicente Huidobro
 

 

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—"Vamos... "

Del fondo de una carretera, ardiente bajo el sol, avanzan a su encuentro inmensos remolinos de polvo. Hela aquí arrollada en impalpables sábanas de fuego.

—"Vamos, vamos".

—"¿Adónde?"

—"Más allá."

Resignada, reclina la mejilla contra el hombro hueco de la muerte.

Y alguien, algo, la empuja canal abajo a una región húmeda de bosques. Aquella lucecita, a los lejos, ¿qué es? ¿Aquella tranquila lucecita? Es María Griselda, que se apresta a cenar. Junto con el crepúsculo ha pedido la lámpara y ha hecho disponer el cubierto sobre la mesa de mimbre de la terraza. Junto con el crepúsculo los peones abrieron las compuertas para regar el césped y los tres macizos de clavelinas. Y del jardín sumergido sube hacia la solitaria una ola de fragancia.

Las falenas aletean contra la pantalla encendida, rozan medio chamuscadas el blanco mantel.

¡Oh María Griselda! No tengas miedo si sobre la escalinata los perros se han erguido con los pelos erizados; soy yo.

Secuestrada, melancólica, así te veo, mi dulce nuera. Veo tu cuerpo admirable y un poco pesado que soportan unas piernas de garza. Veo tus trenzas retintas, tu tez pálida, tu altivo perfil. Y veo tus ojos, tus ojos estrechos, de un verde sombrío igual a esas natas de musgo flotante, estancadas en la superficie de las aguas forestales.

María Griselda, sólo yo he podido quererte. Porque yo y nadie más, logró perdonarte tanta y tan inverosímil belleza.                  

Ahora soplo la lámpara. No tengas miedo, deseo acariciarte el hombro al pasar.

¿Por qué has saltado de tu asiento? No tiembles así, me voy, María Griselda, me voy.

Una corriente la empuja, la empuja canal abajo por un trópico cuya vegetación va descolorándose a medida que la tierra se parte en mil y mil apretados islotes. Bajo el follaje pálido, transparente, nada más que campos de begonias. ¡Oh, las begonias de pulpa acuosa! La naturaleza entera aspira, se nutre aquí de agua, nada más que de agua. Y la corriente la empuja siempre lentamente, y junto con ella, enormes nudos de plantas a cuyas raíces viajan enlazadas las dulces culebras.

Y sobre todo este mundo, por el que muerta se desliza, se detiene, y se cierne eterna, la lívida luz de un relámpago.

El cielo, sin embargo, está cargado de astros; estrella que ella mira, como respondiendo a una llamada, corre veloz y cae.

 

 

"¡No te vayas, tú, tú!..."

¿Qué grito es éste? ¿Qué labios buscan y palpan sus manos, su cuello, su frente?

Debiera estar prohibido a los vivos tocar la carne misteriosa de los muertos.

Los labios de su hija, acariciando su cuerpo, han detenido en él ese leve hormigueo de sus más profundas células, la han vuelto, de golpe, tan lúcida y apegada a lo que la rodea, como si no hubiera muerto nunca.

—"Mi pobre hija, te conocí arrebatos de cólera, nunca una expresión desordenada de dolor como la que te impulsa ahora a sollozar, prendida a mi con fuerza de histérica. "Es fría, es dura hasta con su madre", decían todos. Y no, no eras fría; eras joven, joven, simplemente. Tu ternura hacia mí era un germen que llevabas dentro y que mi muerte ha forzado y obligado a madurar en una sola noche.

Ningún gesto mío consiguió jamás provocar lo que mi muerte logra al fin. Ya ves, la muerte es también un acto de vida.

No llores, no llores, ¡si supieras! Continuaré alentando en ti y evolucionando y cambiando como si estuviera viva; me amarás, me desecharás y volverás a quererme. Y tal vez mueras tú, antes que yo me agote y muera en ti. No llores...

 

 

Vienen, la levantan del lecho con infinitas precauciones, la acomodan en una larga caja de madera. Un ramo de claveles rueda sobre la alfombra. Lo recogen y se lo echan a los pies. Luego van amontonando el resto de las flores sobre ella como quien tiende una sábana.

¡Qué bien se amolda el cuerpo al ataúd!

No la tienta el menor deseo de incorporarse. ¡Ignoraba que pudiera haber estado tan cansada!

Ve oscilar el cielo-raso; resbalar; sus ojos entreabiertos perciben casi en seguida otro, blanqueado hace poco; es el de su cuarto de vestir.

Una enorme rasgadura, obra del último temblor, la hace reconocerse luego en el cuarto de alojados. Largas filas de habitaciones van mostrándole así ángulos, molduras, vigas familiares. Ante cada puerta se produce matemáticamente un breve alto y ella adivina que la excesiva estrechez del umbral dificulta el paso de quienes la cargan.

He aquí, sacrilegio, que pisotean la alfombra azul. ¿Quién se habrá atrevido a traerla al vestíbulo? ¿Y para qué? El piso lustrado sienta mil veces mejor al estilo de la casa.

Alli, expuesta al sol y a un constante ajetreo, va a marchitarse lo que, hasta hace poco, era el refugio de sus días de invierno. Sólo por hallarse extendida en un cuarto lejano y casi siempre cerrado se habia conservado intacta y azul la alfombra azul.

Cuando el vendaval azotaba fuera, sus hijos solían hacerle una invitación singular que intrigaba a los extraños.

Decían: "Vamos a la playa". La playa era aquel cuadrado de alfombra esponjosa; alli corrían a recostarse de niños, con sus juguetes; más tarde con sus libros.

Y parecía realmente que el frío y el mal tiempo se detuvieran al borde de ese pedazo de lana cuyo color violento y alegre aclaraba los ojos y el humor, y que las horas transcurrieran en el cuarto cerrado, más cálidas, más íntimas.

Ella no hubiera permitido jamás que llevaran la alfombra azul al vestíbulo. ¿Quién se atrevió a abusar así de su enfermedad?

Dios mío, las aguas no se habían cerrado aún sobre su cabeza y las cosas cambiaban ya, la vida seguía su curso a pesar de ella, sin ella.

De pronto el cielo sobre si.

Cae entonces en cuenta que está en el descanso de la escalinata que baja al jardín. Aquí, el alto es más prolongado. Acaso estén cobrando fuerzas para seguir adelante.

¡El cielo! Un cielo plomizo donde los pájaros vuelan bajo. Dentro de unas horas lloverá nuevamente.

¡Qué hermoso atardecer desapacible y mojado! Nunca los amó así, y sin embargo, a éste le descubre su hosca belleza y hasta la regocija el leve soplo de aire que parece venir a rozarla por las junturas de la caja.

Ahora se siente sacudida, descendida. Ahora descansa en el último peldaño.

Aquí, era aquí donde se acurrucaba a tomar sol. Largamente permanecía reclinada con la mejilla contra el último peldaño, para robarle un poco de calor. Cuando sus hijos eran niños solían pegar también el oído, asegurando que algo se movía dentro, que la piedra palpitaba como un reloj o un corazón. Regada, esparcía el olor particular que despiden las pizarras después que con la esponja se han borrado en ellas las tareas.

Otra vez corre el cielo sobre su cabeza.

¡Adiós, adiós piedra mía! Ignoraba que las cosas pudieran ocupar tanto lugar en nuestro afecto.

El cortejo ha echado a andar sobre el césped. Ella se siente impelida en un insólito vaivén; diríase que mecen blandamente el ataúd. Y de pronto, presiente, reconoce los fuertes brazos de sus dos hijos soportándolo atrás y adivina que a los pies la izquierda flaquea ligeramente porque va sostenida por su padre. Tratando de compensar ese desmayo, Ricardo presta el fervor de su apoyo a la derecha, ella lo sabe.

Y está segura de que muchos la rodean y muchos la siguen. Y le es infinitamente dulce sentirse así transportada, con las manos sobre el pecho, como algo muy frágil, muy querido.

Por primera vez se siente entrar con majestad en la gran calle de árboles. Ya no la exaspera el altivo continente del álamo; por primera vez nota que su follaje tiene ondulación y reflejos de agua agitada.

Vienen luego a su encuentro los macizos eucaliptus. A lo largo de sus troncos, cuelgan, desprendidas, estrechas lonjas de corteza que descubren, por vetas, una desnudez celeste y lechosa.

Ella piensa enternecida: "Es curioso. Tampoco lo noté antes. Pierden la corteza igual que las culebras la piel en primavera..."

El viento levanta remolinos de hojas secas que golpean la caja con violencia de guijarros. Poco a poco se despeja el cielo. Ella divisa el disco, aún pálido, de la luna, en su cuarto creciente.

 

Ya el cortejo se interna en el bosque.

Y a ella la acometen deseos de apretar, de hacer crujir bajo el pie las espesas capas de agujas de pino que lo tapizan entero de color hierro enmohecido, deseos de inclinarse para mirar, por última vez, esa gran red plateada, nocturna huella tejida pacientemente encima por las babosas.

Ya la envuelven como un tercer sudario los vahos que suben del suelo, todo el acre perfume de las plantas que viven a la sombra.

 

 

Han franqueado los límites del parque. Ahora la llevan campo traviesa.

Más allá del rastrojal se extiende el terreno lagunoso. Una pesada neblina flota casi al ras del suelo, se apelotona entre los juncos.

El andar del cortejo se hace lento, difícil, toma por fin la cadencia de una marcha fúnebre.

Alguien se hunde en el fango hasta la rodilla; entonces el ataúd oscila violentamente y uno de sus costados toca tierra.

Ansias desconocidas la conmueven. ¡Oh si la de­positaran alli, a la intemperie! Anhela ser abandonada en el corazón de los pantanos para escuchar hasta el amanecer el canto que las ranas fabrican de agua y luna, en la garganta; y oír el crepitar aterciopelado de las mil burbujas del limo. Y aguzando el oído percibir aún el silbido siniestro con que en la carretera lejana se lamentan los alambres eléctricos; y distinguir, antes del alba, los primeros aleteos de los flamencos entre los cañaverales. ¡Ah, si fuera posible!

Pero no, no es posible. Ya la han enderezado, ya avanzan nuevamente.

 

 

De pronto un muro que limita el horizonte le recuerda el cementerio del pueblo y el amplio y claro panteón de familia.

Y hacia allá es a donde tiende la marcha.

La invade una gran tranquilidad.

Hay pobres mujeres enterradas, perdidas en cementerios inmensos como ciudades —y horror— hasta con calles asfaltadas. Y en los lechos de ciertos ríos de aguas negras las hay suicidas que las corrientes incesantemente golpean, roen, desfiguran y golpean. Y hay niñas, recién sepultas, a quienes deudos inquietos por encontrar, a su vez, espacio libre, en una cripta estrecha y sombría, reducen y reducen deseosos casi hasta de borrarlas del mundo de los huesos. Y hay también jóvenes adúlteras que imprudentes citas atraen a barrios apartados y que un anónimo hace sorprender y recostar de un balazo sobre el pecho del amante, y cuyos cuerpos, profanados por las autopsias, se abandonan, días y días, a la infamia de la morgue.

¡Oh Dios mío, insensatos hay que dicen que una vez muertos no debe preocuparnos nuestro cuerpo! Ella se siente infinitamente dichosa de poder reposar entre ordenados cipreses, en la misma capilla donde su madre y varios hermanos duermen alineados; dichosa de que su cuerpo se disgregue alli, serenamente, honorablemente, bajo una losa con su nombre

Teresa, Ana Maria, Cecilia...

Su nombre, todos sus nombres, hasta los que desechó en vida. Y bajo,dos fechas separadas por un guión.

 

Como el cortejo llega por fin a su destino, la última ráfaga de viento extingue, de golpe, el gorjeo de un surtidor. Dentro del panteón la noche va apagando las pedrerías del vitral. Frente al altar, el padre Carlos, revestido del alba y la estola, mueve los labios, sacude con unción el hisopo.

Y  he aquí que ella se encuentra sumida en profunda oscuridad.

Y he aquí que se siente precipitada hacia abajo, precipitada vertiginosamente durante un tiempo ilimitado hacia abajo; como si hubieran cavado el fondo de la cripta y pretendieran sepultarla en las entrañas mismas de la tierra.

 

Y alguien, algo atrajo a la amortajada hacia el suelo otoñal. Y así fue como empezó a descender, fango abajo, por entre las raíces encrespadas de los árboles. Por entre las madrigueras donde pequeños y tímidos animales respiran acurrucados. Cayendo, a ratos, en blandos pozos de helada baba del diablo.

Descendía lenta, lenta, esquivando flores de hueso y extraños seres, de cuerpo viscoso, que miraban por dos estrechas hendiduras tocadas de rocío. Topando esqueletos humanos, maravillosamente blancos e intactos, cuyas rodillas se encogían, como otrora en el vientre de la madre.

Hizo pie en el lecho de un antiguo mar y reposó allí largamente, entre pepitas de oro y caracolas milenarias.

Vertientes subterráneas la arrastraron luego en su carrera bajo inmensas bóvedas de bosques petrificados.

Ciertas emanaciones la atraían a un determinado centro, otras la rechazaban con violencia hacia las zonas de clima propicio a su materia.

¡Ah, si los hombres supieran lo que se encuentra bajo ellos, no hallarían tan simple beber el agua de las fuentes! Porque todo duerme en la tierra y todo despierta de la tierra.

 

Una vez más la amortajada refluyó a la superficie de la vida.

En la oscuridad de la cripta, tuvo la impresión de que podía al fin moverse. Y hubiera podido, en efecto, empujar la tapa del ataúd, levantarse y volver derecha y fría, por los caminos, hasta el umbral de su casa.

Pero, nacidas de su cuerpo, sentía una infinidad de raíces hundirse y esparcirse en la tierra como una pujante telaraña por la que subía temblando, hasta ella, la constante palpitación del universo.

Y ya no deseaba sino quedarse crucificada a la tierra, sufriendo y gozando en su carne el ir y venir de lejanas, muy lejanas mareas; sintiendo crecer la hierba, emerger islas nuevas y abrirse, en otro continente, la flor ignorada que no vive sino en un día de eclipse. Y sintiendo aún bullir y estallar soles, y derrumbarse, quien sabe adónde, montañas gigantes de arena.

 

Lo juro. No tentó a la amortajada el menor deseo de incorporarse. Sola, podría, al fin, descansar, morir.

Habia sufrido la muerte de los vivos. Ahora anhelaba la inmersión total, la segunda muerte: la muerte de los muertos.

 

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