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Vicente Blasco Ibáñez

"El premio gordo"

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Biografía de Vicente Blasco Ibáñez en Wikipedia

 
 
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El premio gordo
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III

¡Qué aspecto tan brillante ofrecía mi casa en las noches de bailes! Porque yo daba bailes y gastaba como un Rostchildt, creyendo que el millón no llegaría nunca a agotarse.

Aquello era un torbellino de negros fracs y blancos vestidos de encajes meciéndose al compás de las arrebatadoras notas de Strauss. ¡Y qué hermosos y confortables eran mis salones!

En ellos había invertido gran parte de mi fortuna y todos los recursos de mi imaginación, que ya sabes no es nada pobre en punto a fantasía.

Mi casa la frecuentaban aquellas noches los principales personajes de Madrid y no era extraño ver en ella a los embajadores de las principales potencias, a los títulos más apergaminados (en sentido metafórico), y aun de vez en cuando a algún ministro de la corona.

Nadie se acordaba de la posición que algunos años antes ocupábamos Gabriela y yo, y todos acudían a mis bailes, ansiosos de divertirse tanto en el salón como en el buffet.

La verdad es que yo era el que menos gozaba en las tales noches.

Mis convidados se paseaban por toda la casa, hacían cuanto era de su gusto y no se acordaban del dueño para nada.

Rara era la noche en que no me presentaban cuatro o cinco caballeros que, después de los saludos y cumplimientos de costumbre, se metían en los salones con la seguridad del que pisa terreno propio, y no volvían ni tan sólo la cabeza cuando yo pasaba alguna vez por su lado.

En tanto, este infeliz tenía que ir haciendo el dominguillo por los corrillos de las damas, preguntando a los jóvenes si se divertían y echando flores a las mamás, algunas de las cuales podían ya por poco servirme de abuelas.

Te digo que aquello era tan enojoso para mí, que mil veces hubiera suprimido los bailes a no ser por Gabriela, que los tenía como artículo de perentoria necesidad.

Ella sí que se divertía. Constantemente estaba rodeada de un sinnúmero de adoradores y la infame se sonreía al escuchar sus amables ternezas.

Mil veces estuve tentado de emprender a cachetes con aquellos sietemesinos pegajosos; pero siempre me detenía pensando que usaba frac y que con tal prenda, y en un salón de baile, es preciso desprenderse de ciertas preocupaciones que se sienten cuando es uno pobre y tiene corazón.

Una noche en que el salón principal de mi casa estaba cual nunca deslumbrador, albergando ese todo Madrid tan zarandeado por los revisteros elegantes, tuve que decir no recuerdo qué cosa a mi mujer, que en aquellos instantes no se encontraba en el baile.

Pregunté a los criados y no supieron contestarme, hasta que por fin me decidí a buscarla yo mismo, encaminándome a su tocador después de recorrer los principales aposentos de la casa.

Abrí la puerta con un llavín que yo poseía y no pude menos de proferir una blasfemia al ver a mi Gabriela abrazada a un elegante que por entonces era el hombre de moda y el favorito de las damas.

La infame aprovechaba aquellas horas de confusión para avistarse con su amante, pues el resto del día lo pasaba siempre a mi lado.

Al contemplar aquella escena, mi sangre se enardeció; mi carácter, fiero e indomable, rompió las trabas sociales que hacía tiempo le oprimían y, faltándome armas, agarré con fuerza colosal una pesada silla y, ciego de furor, púseme a dar golpes a diestro y siniestro.

Después yo no sé ciertamente lo que sucedió.

Sólo recuerdo que al poco rato penetró mucha gente en el tocador, que me arrancaron la silla de las manos, y que aquellos buenos señores se empeñaron en demostrarme que un hombre bien educado ha de reglamentar sus sentimientos y vengarse con todos los requisitos que exige la buena sociedad.

Nombré padrinos, recibí una tarjeta, y el amante de mi mujer se retiró con la cabeza descalabrada.

El escándalo fue completo y todo el mundo tuvo noticias de mi deshonra, a la que benévolamente adjudicó el nombre de chistosa aventura.

La luz del día me sorprendió sentado en mi despacho y con la cabeza apoyada sobre las manos. Durante las muchas horas que permanecí en tal posición, hice las siguientes reflexiones:

Que la falta de mi mujer era debida al deslumbramiento producido por los esplendores de una esfera a la que no estaba habituada.

Que Gabriela y yo hubiéramos sido más felices siendo menos ricos y ocupando una modesta posición.

Que ella tal vez no hubiera empañado mi honor a ser yo un empleado de poco sueldo, imposibilitado de dar en su casa bailes y tés dansants.

Y que, en su consecuencia, la culpa de todo la tenía aquel maldito premio gordo que tanto había trastornado la carrera de mi existencia, y que para poco había venido a servirme, pues por efecto de los bailes y otros caprichos de mi mujer, su cantidad estaba bastante mermada.

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