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Rufino Blanco Fombona en AlbaLearning

Rufino Blanco Fombona

"Molinos de maiz"

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Molinos de maiz
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El pueblo, blanco y pequeñito, al pie de la montaña, entre los árboles, es un huevo de paloma; aparece como ninfa desnuda, deslumbrante de blancor, adormecida en el valle, a la sombra.

Desde el camino, el viandante, al mirar la aldehuela, bajo las ceibas florecidas, piensa ver una perla al través de una esmeralda.

Aquello es paradisiaco. Las casucas no trepidan al paso de los trenes; ni turban el silencio de la comarca las rápidas locomotoras.

¡El pueblecito, como olvidado en el repuesto valle, a la falda del monte, qué había de conocer luchas de grandes intereses, ecos de industrias, rumoreos de ciudad populosa! A manera de eremita, ignora de las cosas del mundo. Hasta su recinto sólo llegan el canto matinal de azulejos y turpiales; el chirrido de guacamayos multicolores; las estridentes voces de alguna banda de pericos, que vuela hacia los maizales, a picar en el oro de las mazorcas, y raya el cielo azul del poblacho como una cinta verde, como nube de esmeralda.

El pueblo es dulce; pero monótono. Allí no hay otro espectáculo sino el de la naturaleza, siempre nuevo, siempre hermoso, grato siempre a la vista del hombre.

A trechos, en la montaña, los conucos florecen; en los claros del monte las rozas humean; y plantaciones de café, pequeñitas, desaparecen cubiertas de nevados jazmines, a la sombra bienhechora de los bucares, que se extienden, como quitasoles de púrpura, bajo el cielo azul.

Fue en este pueblo arcádico donde instaló D. Sergio, vecino del lugar, una molienda de maíz.

* * *

La industria de D. Sergio prosperaba. Desde mucho antes del advenimiento de la aurora el molino hervía en gente.

El pueblo, agricultor, se levantaba con el alba a cultivar el campo que florecía como un opimo cuerno de la abundancia; y al abrir ojos lo esperaba sobre la mesa, en el copioso desayuno, la arepa calientita, provocante y dorada.

Viendo el molino rebosante de personas, y a D. Sergio atareado, feliz en la faena, los madrugadores empedernidos, al pasar, lo saludaban con una sonrisa.

—¿Mucho trabajo, D. Sergio? preguntaban algunos, lisonjeando de propósito la vanidad del molinero.

Él respondía con miradas de satisfacción, que pudieran traducirse de esta suerte:

—Comprendo que admiráis mi labor. Gracias.

El éxito de su negocio era para D. Sergio cosa grave, punto de honor, orgullo de su existencia, satisfacción la más cumplida de su vejez.

¡Cuánto no le costaba el implantamiento del molino! ¡Qué lucha contra un pueblo, contra un pueblo íntegro, y sobre todo, qué triunfo! Los detractores más empecinados de su proyecto eran hoy propagandistas de su obra. La lucha fue horrible.

—Este hombre está loco, manifestaban algunos; quiere turbar las sanas costumbres de nuestro pueblo.

El párroco formulaba argumentos poderosos.

—Eso va directamente contra lo estatuído por la Escritura, decía. La decantada novedad es, en resumen, la remisión del trabajo, como que hoy muelen a la mano el maíz, y el trabajo es impuesto del Señor, castigo de la primera culpa.

Todos convenían en ello. Muchos aventuraban que sería peligroso provocar los sentimientos del pueblo. Este, muy bien hayado sin molinos, repugnaba innovaciones que pudieran aportar fatales consecuencias.

El grito de guerra repercutió en los corazones. D. Sergio se proponía llevar a término una obra contra el tenor expreso de los Libros Santos; e interrumpía bruscamente sanas prácticas establecidas de antaño. Aquello, pues, era inmoral. El pueblo lucharía con el innovador irrespetuoso.

Los unos, llenos de ardor bélico exclamaban:

—Primero sucumbir.

Otros, poco afectos a las decisiones de la fuerza, se lamentaban de que un padre de familia, un hombre honorable, diera albergue en su alma a tales propósitos.

A pesar de todo venció D. Sergio. Ya su obra era no solamente mirada sin ojeriza, sino que mereció la sanción del nuevo cura del lugar. Cuanto al antiguo, ni al tiempo de cambiar feligresía consintió en absolver al molinero.

* * *

Una mañana corrió el pueblo la noticia de que el señor Justo Redil, acaudalado mercader, pensaba en el establecimiento de otro molino.

Cuando lo supo, D. Sergio se indignó. ¡Cómo! ¿Había él luchado sólo contra viento y marea para luego de obtenido el éxito, venir a compartirlo con nadie? Eso, jamás. Él o el otro. El pueblo sería el juez. Y como interesado en el litigio se abstuvo de opinar.

A las preguntas contestaba con una ironía.

—Ya veremos, señores; todos los barcos caben en el mar; sino que algunos naufragan.

Pero D. Sergio, en lo íntimo de su corazón, protestaba contra aquel pueblo espectante, que esperaba la lucha cuasi alegre. A D. Sergio el solo intento de Redil le parecía una estafa.

En la población se formaron partidos. El uno celebraba sesiones en el molino, y vociferaba contra D. Justo. Aquello era arrebatar el bocado a un padre de familia.

—No podemos presenciar esta lucha impasibles, gritaban.

—D. Sergio sucumbe.

—No, no.

—Sí, señores, ese D. Justo está podrido de dinero; bien puede echar un chorro de monedas por la ventana.

—Es una brega de tigre con asno.

—Eso no, caballeros, interrumpía D. Sergio, indignado ante la afrenta de la comparación. Quien luchó contra un pueblo, sin salir maltrecho, bien puede atreverse con un capitalista.

Otro círculo, partidario de D. Justo, se congregaba en la botica. El farmaceuta era el alma de la reunión. Recién llegado al lugarejo, farmaceuta titular, bachiller, joven como de treinta años, Remigio, vástago único y heredero del antiguo boticario, respiraba entre los mozos del pueblo, sus amigos, atmósfera de respeto, cuasi de sumisión. Todos deferían a sus opiniones. No en balde discurren cinco años de vida en una lejana capital de provincia, en la Universidad, entre estudiantes.

El prestigio del farmaceuta era muy justo, máxime porque Remigio se esmeraba en consolidarlo con su fablar polido, exento de provincialismos. La sociedad femenina, con donosura, lo apodaba de banano. Remigio nunca quiso decir al plátano cambur, como las gentes del lugar, sino banano, según el nombre castizo de la fruta.

Banano, pues, defendía el propósito de D. Justo Redil en nombre del Progreso.

—Es imposible permanecer estacionarios, decía; el carro del Progreso pasará por cima de nosotros. No seamos los indios de ese Jagrenata del Occidente que se llama la Civilización.

Su discurso hacía eco. Por todas partes, en la reunión, se levantaban voces aprobatorias.

—Tiene razón Remigio.

—Sí, sí, adonde iríamos a parar.

Y corrió el tiempo en estas luchas de círculos, entre disparos de envidias, dardeos de vanidades, gritos de pasiones, ecos de la estupidez.

* * *

Por fin quedó instalado el nuevo molino. Las piedras, de granito azul, brillaban, al moler el grano de oro, en una rotación vertiginosa. El motor, en nada parecido al caballejo desmedrado de D. Sergio, era un coquetón vaporcito inglés, vertical, resplandeciente, como pavonado de obscuro. Parecía un africano corpulento de músculos poderosos; negrazo enorme por cuya garganta, el humero, brotaba aliento de nubes; suerte de monstruo etíope que al recibir el alimento de carbón y leña, dejaba ver, palpitantes, las entrañas de fuego.

La mera comparación de los molinos constituía una injuria al pobre D. Sergio.

Las molenderas hablaban de la antigua maquinaria con desdén insufrible.

—Las piedras están cascadas, decían.

Algunas almas sin piedad hacían mofa del caballito, parangonándolo cruelmente con el vapor de D. Justo.

—Cualquier día revienta de rabia ese potro cerril, expresaban.

—De veras, respondía alguien, es tan soberbio el animalucho que a las veces dice a no andar, así lo fustiguen.

La acerbidad de la antigua clientela constituía fuente inagotable de tristeza para el pobre D. Sergio.

Él contó siempre con que una parte de aquellas malas pécoras le sería fiel. Él se imaginaba, en justicia, acreedor de algunos agasajos, de algunos miramientos, de algún cariño. ¡Cuántas veces lo sorprendió la media noche en la tarea de escribir y repasar los nombres de muchas de ellas, imaginando que no lo abandonarían!

Formó su lista.

—Fulana no se me va, pensaba; de Zutana no estoy seguro.

¡Pero cuánta perfidia! La lista mermaba de diario. Todas las mañanas era menester testar un nombre.

Ya D. Sergio apenas si podía mantener con Redil la competencia.

Echaba cálculos. D. Justo perdía, es verdad; pero él, D. Sergio, se iba poco a poco arruinando. D. Justo era capitalista; él no. Al uno nada le importaba perder en el negocio; tenía qué. Al fin, quedando solo, se resarciría con creces. Entre tanto, ¿cómo vivía él sin ganar? Ya casi estaban moliendo de balde. Los ingresos apenas cubrían los gastos.

Pero él odiaba tanto a su competidor, tanto mal le produjo Redil, tan profundamente hirió su honra de industrial, por modo tan cruel deshizo el patrimonio de sus hijos, la dulzura de su hogar, la paz de sus años, que D. Sergio, encontrando fuerzas en sí propio, compañía en su rabia, sostén en su encono, luchaba y luchaba sin esperanza, por el orgullo de su nombre, por el amor de su casa, por el odio de su enemigo.

Uno a uno los amigos lo abandonaban.

—D. Sergio no sea usted caprichoso, le decían. ¿Por qué no cede?

D. Sergio se indignaba a tales propuestas. Y entonces las filas de los afectos clareaban, como las filas de los clientes.

Dios mío, qué solos se quedan los muertos.

En cambio D. Justo, maldecido al implantar su empresa, ahora era imán de simpatías.

—D. Justo sí es hombre de negocios, expresaban los parciales de Redil.

Los pocos fieles a D. Sergio manifestaban que Redil, cuando menos, era oportuno. No bregó como D. Sergio y obtuvo mejores resultados.

Algunos decían:

—Es ahora cuando nuestro pueblo es apto para molinos.

Era necesario convenir en que D. Sergio se aventuró prematuramente.

D. Sergio ya no pudo más. El molino, una madrugada, estaba desierto.

El molinero, meditabundo, se asomaba a la puerta de cuando en cuando.

La obscuridad, muy densa, no permitía ver sino una impenetrable aglomeración de sombras.

D. Sergio oía el silencio.

Su camarada de fatigas, Pedrito, mozalbete como de cuatro a cinco lustros, dormía arrinconado, adentro, bajo un farol de luz muriente. El farol arrojaba en las baldosas del pavimento una débil claridad. Pedrito dormía en un charco de luz.

El molinero, siempre meditabundo, paseábase, las manos en los bolsillos, la barba hundida en el pecho, arrebujado en su cobija de paño azul.

Corrieron una, dos horas. Pedrito permanecía inmóvil, en su rincón; el caballo no pestañaba; el molino, silencioso, decía cosas tristes.

No llegaba nadie, sino la aurora. El cielo, clareante, se comenzó a franjar con líneas de un verde extraño que fue, poco a poco, transformándose en violeta y opalizando el horizonte.

Las líneas de color, ensanchadas, se hicieron bandas, cintas, gasas, que ceñían el cielo de oriente. Y desde el cielo comenzaron a caer rosas, muchas rosas de luz, todas las rosas de la mañana.

D. Sergio se detuvo de pronto, a la puerta, por donde entraba toda el alba riendo. La claridad caía en su rostro, pálido de angustia.

Su tez blanca, su barba blanca, sus cabellos blancos también, resplandecientes a la luz matutina, daban al viejo un aspecto marmóreo. Detenido en el umbral, frente a la aurora, parecía una severa estatua de guerrero, épico mármol olvidado en el fondo de una floresta virgiliana, y cubierto de campanillas color de cielo.

Nadie llegaba. D. Sergio pensó que su molino, a estas horas, ya hervía en gente. Recordó su lucha, su triunfo. Después se vio vencido por un rival afortunado y poderoso.

Sus ahorros del molino, primero, después su pequeña plantación de café, patrimonio de sus hijos, todo lo consumió la hoguera santa de aquel odio, la llama de aquel doloroso deber.

D. Sergio se apoyó contra su molino, se llevó la mano a las sienes y por su rostro de mármol corrieron abundantes hilos de lágrimas.

Por su frente pasó un relámpago, una nube de sangre.

Pensó en matar, se dispuso a matar, corrió a matar. Pero un momento, transido de dolor, se reclinó nuevamente sobre las piedras del molino, de aquel molino amado, orgullo de su nombre, amor de su vejez y causa de su ruina; se reclinó, y vertiendo amargo lloro, a la luz de la mañana, en un apóstrofe murmuró el pobre viejo:

—¡Dios mío, qué injusticia!

Cuentos de poeta, 1900

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