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Ciro Bernal Ceballos en AlbaLearning

Ciro Bernal Ceballos

"Un adulterio"

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Biografía de Ciro Bernal Ceballos

 
 
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Música: Debussy - Reflets dans l'eau
 
Un adulterio
OBRAS DEL AUTOR
Homo duplex
La última pena
Los tímidos
Un adulterio
Un pesimista

ESCRITORES MEXICANOS

Alfonso Reyes
Alvaro Mutis
Amado Nervo
Amparo Dávila
Augusto Monterroso
Carlos Díaz Dufóo
Carlos Fuentes
Ciro Bernal Ceballos
Efrén Hernández
Efrén Rebolledo
Fernández de Lizardi
Francisco Sosa
Ignacio Manuel Altamirano
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Rosario Castellanos
Sergio Galindo Márquez
Salvador Elizondo
Sor Juana Inés de la Cruz

 

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A Leopoldo Vázquez

Por los límpidos cristales del balcón y atravesando los calados de las cortinas dibujados por algún sectario de Mucha, se tamizaba con matices irinos un último rayo del crepúsculo que iba a encender irisadas explosiones y cerulescentes matices y flamígeros fulgores en el voluminoso diamante engarzado en el anillo del doctor que escribía nerviosamente la fórmula en tanto que hablaba con el paciente.

–No tiene remedio amigo... el campo... el aire puro... el reposo... la bucólica... estamos muy mal... esto va serio... es necesaria la formal curación... lejos de aquí... en un bosque de pinos... ¡esta vez tiene usted que obedecer al médico!

El joven respondió con ahoguío después de contener un horrorizante acceso de tos.

–Dígame usted la verdad toda, sin escrúpulos de ninguna clase; porque si estoy condenado, desahuciado, muerto, es ya inútil atormentarme el estómago con fármacos, mandándome desterrado a un pueblo, a un pueblo tristísimo, lejos de mis amigos, de mis queridas y de las costumbres metropolitanas que me son tan agradables...

El científico se levantó lentamente, abrochándose la levita inglesa con parsimonioso coranvobis...

Luego de afianzar con la izquierda mano el sombrero de seda y los guantes de piel de reno y el bastón con puño de cuerno de ciervo, extendió la derecha, con sibilina solemnidad, hacia el enfermo, que temblequeaba cual si en vez de una osatura sostuviera sus mezquinas carnes un armazón de alambres fragilísimos...

–No creo que esté usted completamente perdido, pero esa vida de parrandas es peligrosa para un individuo atacado de tan graves afecciones como son las suyas. Si queremos la salud, la curación definitiva, es indispensable un régimen severo y morigeración de costumbres y mucha docilidad. Porque de otro modo, ya lo dije, no respondo de nada. Pues ni mi ciencia ni mis experimentaciones pueden hacer milagros.

–Me importa tan poco la vida. Estoy tan fatigado y tan hastiado de todo. ¡He vivido tanto, tanto, tanto... que mi único anhelo en la actualidad consiste en morirme aquí, en la casa paterna, con las contriciones del hijo pródigo, perfumando mis tristezas con los recuerdos de mis ingenuas diabluras pasadas, abatido en el colapso de mis locos placeres de ahora, rodeado de estos muebles que amo y de estos libros que me han revelado tantas cosas y de estos viejos criados que me cuidaron cuando niño y que me amortajarán tal vez después de muerto...!

El egoísmo del cirujano –identificado en su ecuanimidad de hombre robusto, sano y rico– se rebelaba brutalmente. Se rebelaba al escuchar las lamentaciones de aquel cliente moribundo. Se sublevaba con loca furia, con estúpido enderezamiento, ante la miseria de aquel libertino demacrado que presentía la aproximación de la muerte y la esperaba deseando goces supremos en medio de sus ansiedades postrimeras...

Respondió con grosero sarcasmo:

–Si usted pretende suicidarse ignominiosamente creo que mis servicios saldrán sobrando.

–¡Doctor...!

–La profesión que ejercito me manda combatir hasta el heroísmo por los derechos de la vida de los pacientes...

–¡Doctor...!

–Cuando los enfermos no me ayudan con su obediencia a mis prescripciones padece mucho mi conciencia de hombre honrado al recaudar los honorarios...

–Doctor...

–Vuelvo a repetir a usted que si esta vez no acata mis prescripciones con la docilidad que, a mi juicio, requiere su estado, tendrá que llamar a su servicio a otro profesional menos escrupuloso que yo... Su poderosa voz de barítono tronaba broncamente en el salón.

–¡Perdóneme usted, se lo suplico...!

Avergonzado de su exaltación, ante la actitud humilde del tuberculoso, intentó enmendar su falta.

–Quedamos entendidos de que esta semana partirá usted...

–Perfectamente.

–Lo visitaré cada veinte días.

–Muy bien...

–A los tres meses estará completamente sano. Después no caerá mal un viajecito. Mientras más lejos, mejor: Nápoles, Zurich, Basilea. ¡Cualquier parte! ¡Quedará usted listo para recorrer el mundo...!

¡Recorrer el globo!

El joven sonreía dolorosamente.

En la brillante negrura de sus pupilas meridionales, agrandadas por la enfermedad, se retrataba empequeñecido hasta lo inverosímil el atlético cuerpo del cirujano, que accionaba con esa brusquedad de los hombres corpulentos que muy raras veces logra disimular la buena crianza.

–Me voy porque ya la noche se aproxima.

–Lo siento mucho...

–Tomará usted las cucharadas como está indicado en la receta, y si ocurre alguna novedad, favor de avisarme inmediatamente.

–Muy bien...

–Hasta mañana, amiguito...

–Buenas noches, doctor...

Rogelio Villamil abrió las vidrieras del balcón... Después de aproximar una cómoda silla mecedora al barandal de hierro, echose con abandono en el asiento.

Permaneció mucho tiempo pensando...

Los carruajes regresaban del paseo con sus farolas encendidas formando una procesión fantástica que se perdía entre los árboles de la calzada que conduce al bosque.

Hacia el poniente, en el cielo pavonado en tintes oscurísimos, fulguraban por una abertura ardiente, diseñada como la boca de un horno, las últimas llamas del sol, que muy despacio emigraba con toda su mirífica pomposidad...

La mansedumbre de la tarde pereciente echaba una emoción aletargadora sobre los tejados de la polvorienta ciudad.

Los huevos de cristal limado de los focos eléctricos se iluminaban bañando en lechosa claridad el cieno del asfalto.

Los burgueses, agitando sus paraguas, regresaban a sus casas con apresuramiento de personas preocupadas...

El enfermo, entrecerrando los párpados, contemplaba el panorama de la vida urbana que tenía delante, poseída su alma por sutiles contemplaciones.

Sintiendo oprimido su corazón por una necesidad de voluptuosidades misteriosas.

Exaltado su pensamiento en muchos arrobos de amores irrealizables.

Tenía la convicción, robustecida por la agresión de los presentimientos, de que su existencia estaba próxima a extinguirse como una lámpara con poco aceite.

La parca lo llamaba.

El sepulcro le ofrecía su hospitalidad inmunda.

La química reclamaba su materia para la obra de la transformación eterna.

A pesar de sus cansancios, de sus ateísmos, de sus desprecios por todo lo creado; a pesar de sus enérgicas protestas contra el dios desconocido que sanciona el chocante ilogismo de las cosas; a trueque de sus torvas rebeliones contra las maldades de los hombres, sentía un gran descontento de sí mismo, un acerbo dolor, al presentir la aproximación del momento terrible de la partida sin haber emborrachado antes su espíritu los espasmos de un amor superior a todo lo mezquino...

Un último hilo, una postrimera esperanza, un tímido anhelo de oblato, generado en una angustia sobrehumana, lo detenía a las podredumbres y a los lados y a los horrores de la existencia...

Somorgujaba en el pasado...

No había conocido el deleite.

No había sentido la pasión.

La monografía de sus aventuras hubiera hecho las delicias de un vulgar novelista de folletín.

Lo mismo que la mayor parte de los soñadores inquietos que buscan empresas poéticas, llevando resplandores de astros en la frente, había tropezado con las groserías de la realidad metiéndose en lances de menguado.

Ignoraba, como muchos, que la blonda Dulcinea será una entidad metafísica por los siglos de los siglos.

Lo había conocido todo...

Desafíos y seducciones y niños espurios...

Lo había conocido todo...

Nada faltaba en su historia byroniana.

En todas partes había quedado la huella fatal de su peregrinación.

A manera de un león homicida dejaba rastros de sangre en sus huidas.

Pasó como un huracán sobre los fértiles campos del ensueño.

En su ruta cintilaron las lágrimas con tremores elegiacos.

Bajo su planta expoliadora murieron las flores rojas del dolor...

Languidecieron los lirios de las inocencias...

Su trágica irreverencia exprimió los jugos en la pulpa de las uvas.

Absorbió las savias en el cáliz de las rosas.

Envenenó la miel de los panales del placer tranquilo...

A pesar de todo era un sediento de las aguas que crisman a los paladines de los ideales nobles...

Quería ser pío, ser compasivo, ser superior, poder hacer la diafonía de las estrofas que morosamente murmuraban un poema simbólico en su alma desacorde al ritmo del universo para tener el derecho de contemplar sin vergüenza las constelaciones, para tener el derecho de poseer el goce exclusivo de las afecciones integrales de lo creado que se traducen en el rosicler de las auroras y en los espejeamientos de los lagos aquietados y en los rubores de las gayas flores y en las flautas tiernas de los vientos y en el vuelo maravilloso de los colibríes...

Muchas veces, repantigado en un rincón de su carretela, ordenaba a su cochero que hiciese trotar a los caballos por las alamedas más solitarias para estudiar de cerca a los transeúntes, para imaginar en su interior la novela anodina de sus anónimas, de sus grasas, de sus estúpidas existencias...

Muchas ocasiones, él que era rico, él que era joven, él que era inteligente, él que era bello, envidió la dicha de la obrera que paseaba colgada del brazo del hortera. Envidió la toruna parsimonia del jefe de los contenciosos, que succionaba un mal tabaco contemplando el orto con idiota calma. Envidió la tranquilidad pasiva del marido embrutecido por veinte años de matrimonio, el aliño de la solterona cebada en una aceda doncellía, la pomposa satisfacción de todos los conformes, la gordura inmunda de todos los adiposos, la pollinesca animalidad de todos los resignados, ¡de todos los insignificantes que sin saberlo formaban parte importante del espectáculo de la naturaleza en el trágico festival de la vida...!

Él deseaba también amar.

Como un covachuelo.

Como un rufián.

Como un cura.

Como un viejo.

¡Como un cualquiera...!

¡Amar!

¿Acaso no tenía opción a una parte de la dicha que embriagaba a los demás...?

¿No era un hombre...?

¡Exigía demasiado su ambición...!

Soñaba con una beldad que no encontraría nunca...

Lo perturbaba el espectro de una prometida irreal que solía ser presentida por él cuando, decepcionado de lo que le rodeaba, se perdía su mente en un silencio impregnado de misterios...

Lo perturbaba el espectro de una prometida irreal que solía ser presentida por él cuando, en medio de las gloriosas elevaciones del corazón que se atribula en una aspiración suprema de la esperanza, el pensamiento sube como una importante paloma a las fulguraciones estelares del espacio...

Los acontecimientos de su pasada existencia desfilaban ante su vista como una caravana de payasos mal vestidos.

Una infancia llena de las taciturnidades del niño huérfano...

Recordaba compungido a su madre, una señora muy devota, enlutada, pálida, de voz atiplada, con peinado antiguo, con mantilla de blondas a la castiza española, que lo llevaba a misa todas las mañanas haciéndolo recitar, casi en voz alta, las oraciones que él no comprendía a pesar de haber llegado a aprenderlas de memoria.

Al evocar el recuerdo de la dama lo asociaba sin querer a las iglesias, pensando en un horrible santo yacente en lecho de exquisitas coberturas, con los ojos cerrados, con el rostro amoratado por muchas equimosis, ante el que la matrona se arrodillaba para después poner unas monedas en el cepillo cercano, ¡llorando, llorando, llorando...!

Aquel enfermo, herido, muerto, lo que fuese, fungía de ordinario como protagonista entre los extraños personajes que se le aparecían en sus pesadillas de párvulo escrofuloso.

Era muy buena la mojigata.

Le compraba todos los juguetes que quería.

Algunas noches la encontraba sollozando al borde de su lecho.

Al verlo corría a abrazarlo apasionadamente, preguntándole con ahínco:

–¿Serás muy bueno, hijo mío...? La sensible mujer murió de repente.

Desde entonces no hubo quien lo acariciara en aquella casa tan grande y tan callada y tan oscura...

Después...

Se veía paseando por los jardines públicos los días de fiesta, a las horas en que las músicas militares jubilaban el aire con los ecos marciales de sus marchas, alborozando a las niñeras, muy pequeñito, muy lívido, con la garganta manchada de tintura de yodo, vestido de luto, ahogándose en un cuello marino terriblemente almidonado, con las piernecillas al aire, rodando un aro de alambre de hierro, solo, triste, sin amigos, seguido de un criado adusto que colgado al brazo llevaba su abriguito con forros de seda...

Un sirviente cuya servil solicitud era un tormento para él.

Si brincaba:

–Niño, no corra usted porque se puede caer.

Si buscaba las caricias del sol con el ansia de un convaleciente:

–Niño, aquí está el paraguas...

Si empeñaba amistades con algún escolapio de su edad:

–Niño, no se junte usted con los muchachos de la calle porque le enseñarán groserías.

Si gritaba:

–Niño, las personas decentes no se portan de esa manera.

Si lo viera su papá de usted... ¿qué diría? ¡Su padre...!

Se acordaba de él perfectamente.

Un caballero empelucado, gordinflón, de longánimo continente, afeitado como un arzobispo, de sombrero alto, de chaleco blanco, atravesado de bolsillo a bolsillo por una gruesa cadena de oro con pesados colgajos, de pantalones bombachos, aplanados meticulosamente, con muchos diamantes en los dedos, con el pelo teñido, con los dientes postizos, con la nariz apoplética, muy erguido y muy correcto y muy bondadoso...

Lo veía a la hora de comer embaulando manjares indigestos con una voracidad que causara el espanto de Gargantúa...

Solía dignarse dirigirle la palabra con una voz un tanto atiplada que disfrazaba el bocado engullido en consorcio con la servilleta que el diligente criado había anudado fuertemente a su cuello de puerco cebón.

–Amiguito, estoy muy enojado, el señor Brown me ha dicho que no aprendió usted hoy el tema... ¿por qué?

–Es muy difícil, papá...

–Bien... bien... pero eso no es lo peor. La señora Ausencia se queja de que esta mañana en el templo estuvo usted muy desatento. Eso sí me desagrada mucho. ¡Que no vuelva a suceder...!

Fue más triste su adolescencia de doncel zangolotino.

Era precoz, nervioso, exaltado, imaginativo.

Su carácter se agrió a la hora de la transformación sexual.

Amó a las mujeres.

Deseolas brutalmente.

Las creyó muy malas.

Las creyó muy buenas.

Temiolas ingenuamente.

Se ruborizaba ante ellas.

Un pie, una mano enguantada, una garganta desnuda, tenían el privilegio de llenarle siempre el encéfalo de pensamientos obscenos y de alucinaciones nocturnas y de lujurias desconocidas...

¡Sufría mucho!

Cuando el vello comenzó a florecer en las diversas partes de su cuerpo se sintió conturbado por asombros intempestivos, por deseos masculinos, por los escrúpulos de sus ingenuidades, imaginando en su atortolamiento que los otros jóvenes no eran como él, que en los cuerpos de las hembras no se verificaría el fenómeno que hasta el pasmo lo espantaba en las nocturnas cavilaciones.

Eso era feo.

No se atrevía nunca a desnudarse ante una hermosa.

¿Cómo serían ellas...?

¿De qué manera se verificaría el acto fisiológico...?

¿Produciría un placer indescriptible...?

¿Era malo...?

¿Era bueno...?

¿Intriga del demonio como afirmaba enrojeciendo hasta las orejas el viejecito confesor...?

Cuando esas meditaciones le picoteaban el cerebro exasperándole el espíritu buscaba un lenitivo en las páginas de los piadosos libros de su inolvidable difunta.

Por aquellas fechas, trasegando en los cajones del secreter de la madre, tropezó con un libro que, a pesar de su índole piadosa, contribuyó poderosamente a aumentar sus inquietudes concupiscentes.

Era un volumen de tafilete rojo con incrustaciones doradas, en cuyas primeras hojas había un grabado de madera de estilo antiguo que ostentaba en el centro de un óvalo circuido de laureles el busto de un monje calvatrueno de bronca cogulla, de palidez espectral, de extática mirada, que –enclavijando las manos ante una cruz de tosca madera apoyada sobre el parietal izquierdo de una calavera que mordía las correas de una disciplina colocada en forma serpentina– parecía meditar en todas las miserias de aqueste despreciable mundo.

Aquel siervo de Dios era el autor de la obra.

Un misionero capuchino que según las católicas crónicas murió en estado de santidad después de haber llevado ejemplar vida entre los pecadores.

Hojeando el tomo encontró el adolescente algunas páginas que le hicieron mucho daño por la crudeza casi obscena con que el escrupuloso escritor anatematizaba los extravíos de la carne.

Poseído de verdadera satiriasis devoró los más pecaminosos capítulos consignados en el índice.

Desde entonces sus insomnios fueron más frecuentes.

Tuvo la suerte de que una piadosa camarera lo salvase de las atrocidades del onanismo dándole, con rara sabiduría, la primera lección.

Eran las once de la noche...

Todos los habitantes de la casa dormían.

El doncel velaba pensando en mujeres desnudas.

Escuchando zumbidos de besos.

Secos los labios...

A pesar de haber ingerido una gran cantidad de cloral no había logrado conciliar el sueño.

La fiebre sexual le dilaceraba las carnes con crueldad infinita.

Las sábanas arrugadas por sus continuos movimientos le irritaban la piel.

Su virgíneo lecho era un verdadero zarzal...

Quería rezar...

Invocaba a los santos...

¿Tendría los demonios en el cuerpo?

Un milagro de magnetismo lo hacía comprender, le revelaba –testimoniándola indubitablemente– la proximidad de la mujer haciendo oscilar sus azoramientos, sus cavilaciones, sus curiosidades, entre los miedos y entre los deseos y entre las cóleras indisciplinables...

Hería su olfato un perfume corrosivo que atacaba su médula.

Sentía aproximarse toda la inmundicia bíblica de la varona condenada que ofrece siempre al idealismo sideral del hombre enamorado la llaga incurable que sangra, la llaga que apesta, la llaga que pudre, que contamina, que mata, la llaga maldita, ¡la llaga...!

La joven sirvienta allanó intrépidamente la alcoba de su amo.

Era una ninfómana.

Una vez introducida al aposento insufló a la vela esteárica un aliento un tanto pestífero que después de hacer crepitar la llama hizo que ella se extinguiese.

Estaba en camisa.

Llena de ansias.

Llena de curiosidades.

Llena de provocaciones.

Rogelio la contemplaba horrorizado, cual si la impulsiva tuviese adherida una tarántula dañina en la confluencia de sus muslos...

La denodada mujerzuela, como un alevoso asesino, apuñaleó a besos el rostro descompuesto del muchacho, a la vez que, con elocuente mímica, encaraba para la consumación de la obra sexual la masculinidad bisoña de él con la aguerrida fogosidad de su poco hermético sexo...

Al despertar al nuevo día, consumado el cataclismo carnal, el iniciado se levantó orgulloso, altivo, satisfecho, feliz...

¡Era hombre ya!

Tenía conocimiento ético de su carácter físico...

Amaba a su profesora con ternuras de catecúmeno.

Adoraba a todas las damas.

Las bendecía devotamente.

Concebía las sutilezas de la caballería andante.

Se sentía lírico como un héroe wagneriano.

Para las hembras debían ser los homenajes más caballerescos.

¡Eran las emperatrices del deleite...!

Sucumbió en absoluto a la inmundicia bíblica de la varona condenada que ofrece siempre al idealismo sideral del hombre enamorado la llaga incurable que sangra, la llaga que apesta, la llaga que pudre, que contamina, que mata, la llaga maldita, ¡la llaga...!

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