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Julia de Asensi

"La cigarra y la hormiga"

Biografía de Julia de Asensi en Wikipedia

 
 
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La cigarra y la hormiga
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Rita y Fernanda, que era un poco más o menos de la misma edad, habían sido durante los años de su infancia compañeras inseparables. Vivían en el mismo pueblo, siendo la primera la única hija del señor de él, y la segunda la de uno de sus colonos. La diferencia de clases no hubiera alejado a las jóvenes la una de la otra; pero el casarse Rita con un marqués que residía en la corte y Fernanda con un labrador que tenía sus tiaras en otro lugar que aquel en que naciera ella, fue la causa de que durante algunos años ni se vieran ni apenas se escribieran.

En aquel tiempo habían muerto los padres de las jóvenes, dejando el de Rita una buena fortuna en campos y en fincas, sin trabas ni hipotecas, y el de Fernanda una casita y un huerto. El marqués era pródigo y no entendía nada el marqués era pródigo y no entendía nada de labranza, y conocía los tesoros que se pueden sacar de un terreno fértil y bien cuidado.

Ya hacía once años que se habían realizado las dos bodas, cuando el marqués decidió que su mujer pasara una temporada en aquel lugar con su hija única, Regina, mientras él partía para el extranjero donde pensaba divertirse derrochando la fortuna de su mujer, que de la suya hacía tiempo que nada le quedaba.

Fernanda vivía por esta época en el mismo pueblo, en la casita que le dejó su padre con su marido y media docena de chiquillos, de la que era la mayor Esperanza. Para dejar un pedazo de pan el día que ellos faltasen a tan numerosa prole, Fernanda y el labrador vivían con economía y arreglo, teniendo la satisfacción de poder guardar en el otoño un buen saco de dinero y un montón no despreciable de billetes de Banco, producto de la cosecha y de la vendimia. El marido trabajaba bañando la tierra con el sudor de su frente; la mujer no gastaba más que lo indispensable; así, cuando fuesen viejos de nada carecerían, aunque todos los muchachos se casaran y pudieran hacer poco por ellos y si alguno no tomaba estado, compartiría con los buenos padres la vida tranquila que les proporcionarían los ahorros, y luego quedaría todo para repartirlo entre los seis.

En cambio Rita, como había sido rica siempre, apenas se vio en el pueblo, compró carruajes para ir de excursión todos los días, tomó numerosos criados, la mayor parte de ellos completamente inútiles, tuvo una mesa regia, gastó para vestir un lujo impropio de la vida de campo y dejó la administración de su casa en manos de mayordomo cuya probidad era más que dudosa. En el lugar llamaban a Rita "la cigarra" y a Fernanda "la hormiga", encontrando gran parecido entre ellas y las de la conocida fábula que lleva ese nombre.

Bien hubiese querido Esperanza ser amiga de Regina, pero esta era orgullosa y pensaba que tan humilde criatura no sería digna de tratar con ella. Vestía con elegancia, ostentaba ricas joyas, intentaba deslumbrar a la niña del labrador, que era buena y sencilla y cifraba su dicha todas en ayudar a Fernanda en los quehaceres de la casa y en ser una madre chiquita de aquellos hermanos menores que la adoraban y obedecían.

Un día llevó "la hormiga" a su hija mayor a casa de "la cigarra".

Rita, aunque quería bien a la que había sido su compañera de la infancia, la trataba con cierta superioridad con tanto desdeñosa y así no es de extrañar que Regina siguiese el ejemplo de su madre, empleando peores maneras porque era más soberbia. Mientras Rita y Fernanda hablaban evocando recuerdos de su adolescencia, Regina, aunque con algún disgusto, había consentido en acercarse a Esperanza. La niña permanecía de pie y la hija del marqués no le dijo siquiera que se sentara.

- ¡Qué aburrido es este pueblo! empezó Regina. ¡Qué deseos tengo de volver a Madrid! Aquí no hay con quien tratar, son inferiores a nosotros y no puedo ver a los paletos.

- Yo no me aburro, contestó Esperanza; en casa tengo mucho que hacer, ayudo a mi madre...

- Tú sí, porque eres una niña pobre, interrumpió Regina; pero yo... ¿Sabes siquiera leer?

- Y escribir, y contar y coser.

- Yo también leo y escribo, pero por lujo; lo demás no me hace falta. Para trabajar sería preciso que mis padres tuviesen poco dinero y son inmensamente ricos.

Y siguió hablando de las fincas de que ella sería dueña, de su título y de su nobleza, y de su nombre y de tantas majaderías que, habiendo oído algo Fernanda y temiendo que su angelical niña sufriera al verse tratada con desprecio, se despidió rápidamente de Rita, prometiendo en su interior que no volvería por allí en mucho tiempo.

Algunas semanas después, le dijo su marido:

- La villa Rita está en venta y la dan por poco dinero. ¿Quieres que la compremos?

Era una de las posesiones de la Marquesa.

- No, respondió Fernanda, no seré yo la que aproveche la ruina de esa pobre mujer, a la que tanto he querido y quiero, para enriquecerme.

Pero más tarde, como no se presentase ningún comprador y a Rita le hiciese falta aquel dinero, el marido de Fernanda la adquirió, quitándole el nombre, que sustituyo por el de su esposa.

Regina y su madre seguían viviendo con el mismo lujo y a la venta de aquella quinta siguió la de otra y llegó un día en que no pudieron vender más porque los acreedores del marqués se apoderaron de todo, dejando a la familia arruinada por completo. La orgullosa Regina no se conformaba con su triste suerte y la pobre Rita no encontraba en la niña ningún consuelo. "La cigarra" conoció, cuando ya no tenía remedio, que para nada servía, que no sabía cómo ganar un pedazo de pan, que había derrochado lo que debió ahorrar en el buen tiempo para aprovecharlo en el malo, como había hecho Fernanda siempre.

"La hormiga" fue la única que ofreció una habitación en su casa y un puesto en su mesa a la que había sido su compañera de la infancia, dispensando igual favor a la niña.

¡Cómo se reveló Regina contra aquella necesidad! ¡Con qué desdén creyó que la recibiría Esperanza! A viva fuerza tuvo su madre que llevarla a aquella Villa-Fernanda antes Villa-Rita, de la que habían sido dueñas y que iban ahora a habitar por caridad.

A su puerta las esperaban todos, el labrador, hombre honrado, aunque algo engreído por haber llegado a adquirir con su trabajo lo que un noble holgazán había malgastado: el pobre venciendo con leales armas al rico; su mujer, humilde y buena, como de costumbre; Esperanza, ansiosa de consolar a Regina, y los cinco hijos pequeños mirando con curiosidad a aquella señora y aquella niña, a las que habían visto hasta entonces de lejos y a gran altura y estaban en aquel momento a su nivel, al alcance de su mano.

Al principio siguió Regina queriendo tratar con su habitual despotismo a aquellas criaturas que juzgaba inferiores a ella; pero llegó un momento en que sus ropas se ajaron y tuvo que optar entre llevar aquellos restos de su riqueza, harapos más afrentosos que un humilde traje, o vestirse como Esperanza, con limpieza, con modestia, sin ostentación ninguna. Su soberbia tuvo que sufrir allí mucho, porque no sabía hacer nada y le parecía, y con razón, que el favor que no se recibe en pago de algún trabajo, es una limosna. Como en el fondo no era mala, aquella lección le sirvió de mucho, porque lo que más abate el orgullo es la pobreza y lo que más doma el carácter es una desgracia.

Allí, entre la familia del labrador, aprendió todo lo bueno de ella, vio que solo era más el que más valía, que el trabajo es superior a la riqueza ociosa, y que merecía más el que era útil a sus semejantes que el que solo vivía para sí.

Tres o cuatro años permanecieron en aquella morada Rita y Regina.

Al cabo de ese tiempo, el marqués logró un buen destino que, aunque no le daba ni mucho menos las cuantiosas rentas de otro tiempo, era suficiente para mantener el honor y el decoro de su casa. Pero ya Rita no era la cigarra de otras épocas, conocía el valor del dinero y sabía ahorrar. En cuanto a Regina era una criatura encantadora, dócil y sencilla, que no olvidó nunca Esperanza y a su familia, por lo que conservó en su corazón un cariño sincero y la más profunda gratitud

 

 

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