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Julia de Asensi

"El reloj del abuelo"

Auras de otoño

Biografía de Julia de Asensi en Wikipedia

 
 
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MÚsica: Bach. Minuet and Badinerie (from Orchestral Suite No. 2 in B Minor)
 
El reloj del abuelo
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Agustín Vázquez estaba gravemente enfermo, los médicos lo habían desahuciado, había recibido los últimos Sacramentos, y dictado su postrera voluntad firmando el testamento, en el que instituía por herederos de sus escasos bienes a sus nietos Raimundo, Mariana y Gabriel.

Huérfanos estos de padre y madre, quedaron al faltarles su abuelo sin amparo y sin guía; un tío de ellos se hizo cargo de los dos mayores, esperando que pudieran ayudarle el uno en su oficio que era el de ebanista, y la otra compartiendo con su mujer las faenas domésticas; pero del tercero no se ocupó, y el pobre chico fue llevado de un vecino, pintor de puertas, soltero, que había profesado sincero afecto a Agustín. Hízose entre los tres hermanos el reparto del dinero, que como es consiguiente, colocaron los protectores a cuenta de los alimentos que habían de darles, y después el de los muebles, en el que obtuvieron grandes ventajas Raimundo y Mariana. Como ni Gabriel ni el pintor reclamaron, resultó que la herencia del pequeño, se redujo a una cama, dos colchones, una mesa coja, algunas sillas de paja, una cómoda y un reloj de pared, que hacía más de dos años ni marcaba ni daba la hora.

El pintor colocó todo aquello en el cuarto del chico, mandó a este a una escuela gratuita, cuidándose por lo demás muy poco del muchacho. Sus ocupaciones le tenían constantemente fuera de su casa, y así Gabriel crecía sin oír un consejo, sin afecciones, sin ejemplos que seguir, ni malos ni buenos, y sin ver casi nunca a sus hermanos, a los que únicamente encontraba alguna vez en la calle, cuando Raimundo iba a entregar una obra terminada o Mariana a hacer cualquier compra para su tía. Pero Gabriel se acordaba de las últimas palabras de su abuelo.

—Sé honrado,—le había dicho,—que el beneficio será para tí. Sirve a Dios, y ama al prójimo, jamás codicies los bienes ajenos; si faltares a lo que el Señor te manda, no creas que no lo veré; aunque me halle eu un mundo mejor, permitirá que notes mi vigilancia sobre todas tus acciones, haciéndote advertir por cualquier medio mi presencia.

Y el muchacho que había amado al anciano cuando vivía, temblaba a la idea de que se le apareciese muerto, tal como lo había visto pálido y rígido, vestido de negro, dentro del ataúd y rodeado de velas, cuya luz al oscilar parecía imprimir extraños movimientos a su rostro. Muchas veces se le había ocurrido robar la cena a su bienhechor, acusando de ello al gato; pero el temor que le causaba el recuerdo de su abuelo, no el remordimiento de aquella premeditada falta, le hacía arrepentirse. Había cumplido doce años, cuando conoció a un niño de su misma edad que vivía en aquel barrio, y ese se encargó de pervertirlo haciéndole perder el miedo a las apariciones, único freno que Gabriel tenía.

—Nosotros hemos nacido para grandes hombres,—le decía;—tú no debes permanecer en casa de ese pintor que nada hace para tí, porque su oficio no le dá ni para comer él, ni yo en la de mi padre, pobre calderero, que se desayuna con pan negro y cena lo mismo, y eso cuando se desayuna y cena; es preciso que entremos a servir a un millonario, nos apoderaremos de una parte de sus bienes, y con ellos nos marchamos a América, donde nos haremos muy ricos.

—¿Qué diría mi abuelo si robase?

—Tu abuelo no te ve, simple.

—Sí me ve.

—¡A que no!

—¡A que sí!

—Haz una prueba. ¿No dices que al pintor le han regalado ayer un cesto de manzanas?...

—Sí, una hermana que tiene en Galicia.

—Vamos a cogerle una docena, apuesto lo que quieras a que tu abuelo no se opone.

Con invencible temor siguió Gabriel al chico; pero al comerla cuarta manzana y ver que el anciano no se le aparecía, empezó a tranquilizarse y comprendió que el otro tenía razón cuando le aseguraba que los muertos no volvían a la tierra.

Aquella misma tarde entró el pintor radiante de júbilo, abrazó al niño, y no encontrando otra persona a quien comunicar su alegría exclamó:

—¡No sabes lo que pasa, Gabrielillo! Pues es el caso que con mis ahorros de la semana, tres pesetas, compré un décimo de la lotería nacional, y me ha tocado el premio mayor.

—¿Cuánto es, maestro?

—Figúrate tú, treinta y dos mil reales, un capital. Voy a comprarte un traje, un sombrero y ropa blanca. Después iremos a mi pueblo, allí se venden casas por-muy poco dinero, seremos propietarios, y nos haremos labradores. Tendremos más adelante una vaca, gallinas... ¡Qué suerte-Gabrielillo! ¡Cuántas gracias tenemos que dar a Dios! ¡Ah! se me olvidaba advertirte que no hables a nadie de esto; hay muchos ladrones...

—Descuide V. maestro,—murmuró el niño.

El pintor contó su dinero, levantó un ladrillo de la alcoba de Gabriel bajo el que había un hoyo, lo señaló con una cruz y guardó bajo él su fortuna.

Aquella noche no salió; pero a la mañana siguiente tuvo que hacer varias compras, y abandonó temprano su vivienda. Apenas se alejó, Gabriel fue en busca de su compañero, dispuesto a callar el secreto de su protector; pero el muchacho lo encontró más alegre que de costumbre, le hizo con maña diversas preguntas, y no tardó en enterarse de la buena suerte del pintor.

Le aconsejó lo que era de esperar, dado su corazón pervertido, que robase aquel dinero, lo partiese con él, y huyeran ambos embarcándose para América, yendo allí a caza de aventuras.

Gabriel resistió mucho tiempo; pero su amigo tenía sobre él gran influencia, y vencidos al fin sus escrúpulos, el niño entró con paso inseguro en su morada para cometer tan vil acción.

El cuarto de Gabriel era bastante reducido y le daba luz una pequeña ventana que caía sobre el tejado de una casa vecina.

Lo amueblaban la cama, la cómoda y las sillas que heredó de Agustín, y cerca de la puerta estaba colgado de una escarpia el mudo reloj cuyas manecillas inmóviles marcaban las doce, hora en que murió el abuelo.

El niño se arrodilló junto al ladrillo que guardaba el tesoro, logró levantarlo, cogió el saquito que encerraba el dinero, y al ir a ponerse en pie sus cabellos se engancharon en las cuerdas que pendían del reloj; se oyó en estela vibración que precedía al dar la hora, y su campana sonora y clara lanzó dos tañidos, que parecieron a Gabriel lastimeras quejas.

— «Notarás mi vigilancia sobre todas tus acciones»—dijo repitiendo las palabras del abuelo,—haciéndote advertir por cualquier medio mi presencia. ¡Ah! tenía razón. ¡Miserable, de mí, que olvidando la honradez de mis padres iba a convertirme en un infame ladrón!

Lloró amargamente, pidió perdón a Dios desde el fondo de su alma, y cuando llegó su bienhechor, con entrecortadas frases le contó lo ocurrido. Podía habérselo callado para no perder su estimación, pero se impuso el deber de hablar para desagraviar a su difunto abuelo.

El pintor le riñó con severidad, mas al convencerse de que la culpa había sido principalmente del muchacho que indujo al mal a Gabriel, perdonó a este, y se propuso llevarlo consigo a Galicia. Vendieron a un prendero los escasos muebles que tenían, excepto el reloj que quiso conservar el niño como un recuerdo de Agustín.

En el pueblo prosperó más de lo que hubiera podido esperar el antiguo pintor, llegó a ser un rico labrador, compartiendo su fortuna con su protegido, que era un modelo de rectitud y de bondad.

Gabriel tenía en casa de su bienhechor habitaciones amuebladas con lujo. A los forasteros que le visitaban, les extrañaba ver cerca de su lecho aquel pobre reloj de pared, siempre mudo y siempre inmóvil, y cuando hacían notar al joven que contrastaba singularmente con la elegancia de su cuarto, y le preguntaban por qué lo conservaba, respondía:

—Es un recuerdo del que no me apartaré nunca, pertenecía a mi abuelo. ¡En ese reloj está la voz de mi conciencia!

 

 

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