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PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

"Si yo tuviera cien millones"

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Biografía de Pedro Antonio de Alarcón en Wikipedia

 
 
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SI YO TUVIERA CIEN MILLONES
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Biografía:
Biografía breve
Novelas cortas y cuentos:
El amigo de la muerte
El ángel de la guarda
El año en Spitzberg
El asistente
El extranjero
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La buena ventura
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Si yo tuviera cien millones
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III

— Pepe... (dije un día a cierto José que tiene mucho talento, pero que necesita otros cien millones de reales): Pepe, ¡eureka!

— ¿Cómo? ¿Qué has encontrado?

— ¡Los cien millones de reales!

— ¡Son partibles! — exclamó Pepe.

— No es necesario... (repliqué yo.) Te regalo otros ciento.

— ¡Esto es serio! (repuso Pepe, acercando su silla a la mía.) Explícame tu idea.

— ¡Es una idea de primer orden!...

— Veámosla enseguida.

— Atiende y la sabrás. — ¿Cuántos habitantes tendrá la Tierra?

— Yo creo que tendrá de novecientos a mil millones...

— Me contento con que la habiten ochocientos cincuenta millones de seres humanos. — Yo necesito buscar el modo de que cada uno de ellos me dé un cuarto. Conseguido esto, heme ya poseedor de cien millones de reales.

— Exactamente... (respondió mi amigo.) Has echado bien la cuenta.

— Nadie me llamará ambicioso, ¡No hay pobre tan pobre que no tire diariamente un cuarto, ni hay padre que no lo dé hasta por su niño recién nacido, si se trata de procurarle alguna cosa muy precisa! — Ahora bien; para que esta cosa muy precisa, vendida a cuarto, me deje un cuarto de ganancia, yo necesito: 1, que no me cueste nada: 2, poder llevarla a todos los puntos de la Tierra sin gastos de conducción o de trasporte; y 3, cobrar todos y cada uno de esos cuartos sin descuento ni quebranto alguno. — Por consiguiente, mi mercancía no ha de ser física; ha de ser moral. — Siendo moral, no me cuesta nada el adquirirla, ni el trasportarla, y logro al mismo tiempo simplificar la cobranza de tal manera, que con hacer cuatro grandes viajes (cosa que deseo muchísimo) a las cuatro Partes del Mundo que aún no conozco, habré cobrado los cien millones. — Me explicaré.

Supongamos que digo a los habitantes del Planeta: — «Señores: yo soy adivino. Yo sé qué día va a acabarse el mundo; y la prueba de que lo sé, es esta, y esta, y la otra... Sin embargo, yo no se lo diré a nadie, a menos que cada habitante de la Tierra me page cuatro maravedís adelantados. ¿Quién, por un cuarto, no querrá saber con anticipación la terrible fecha del día del Juicio? — Pues bien: vosotros, europeos, mandaréis ese cuarto a Madrid, calle de tal, número tantos, para lo cual podéis reuniros por Municipios, enviar vuestra contingente a las Capitales de provincia, de las Capitales de Provincia a las Metrópolis, y de las Metrópolis a mi casa; o bien podrá partir la iniciativa de los Gobiernos, adelantándome cada uno la cantidad que corresponda a su Nación, con arreglo a los habitantes que ésta cuente, imponiendo luego una capitación de a cuarto por persona, o inventando un arbitrio nuevo sobre cualquier operación inocente e imprescindible de la vida. — Vosotros, africanos, haréis lo mismo en Ceuta: vosotros, asiáticos, podréis reunir vuestra cuota en Bombay: vosotros, americanos, en la Habana; y vosotros, habitantes de la Oceanía, girad sobre Manila, que es ciudad española.»

Esto diría yo a los habitantes de la Tierra.

Con el contingente de Europa, que, según te he indicado, podría cobrar en mi casa, emprendería el viaje a Ceuta, a Cuba, a Filipinas y a la India, y al cabo de un par de años me encontraría poseedor de todo mi dinero y autor de un viaje de circunvalación. — Entonces, o ya se les habría olvidado a todos que me habían dado la despreciable cantidad de un cuarto, o diría yo para cumplir: «El mundo se acaba dentro de dos siglos.» ¡Y que fueran a buscarme al terminar el plazo! — Queda, pues, reducida la dificultad a probar y hacer creer que soy adivino.

— Eso es fácil... — murmuró Pepe con acento filosófico.

— ¡Y tan fácil! — repliqué yo.

— La dificultad... (prosiguió mi amigo aún más filosóficamente): la dificultad consiste en otras muchas cosas.

— ¿En qué cosas?

— Primeramente, en la concurrencia, o sea en la competencia. — Tan luego como tú echases a volar el anuncio o reclamo, y viesen tus prójimos que el negocio prometía, en cada ciudad del mundo aparecería un prospecto ofreciendo una edición económica de tu noticia: es decir, que los kurdos, los mongoles, los japoneses, los hotentotes, los franceses, los italianos, todos y cada uno de los pueblos a quienes pidieras el cuarto, darían de sí un industrial que ofreciese revelar el día del fin del mundo por un ochavo, o sea con un 50 por 100 de rebaja. En segundo lugar, muchos pueblos del globo no tienen todavía moneda. En tercer lugar, carecen de periódicos y demás medios de publicidad, de modo que tu proyecto tardaría cuarenta 0 cincuenta años en llegar a conocimiento de todos los hombres. En cuarto lugar, para entenderte con el género humano entero, necesitarías poseer todos los idiomas del mundo, o buscar personas que los poseyeran, lo cual es prácticamente imposible. En quinto lugar, como tú no tendrías medios de declarar la guerra a la Nación que te estafase, resultaría que muchos Gobiernos, sobre todo en los pueblos incultos, harían la cobranza y se comerían tu sangre, como el otro que dice. En sexto lugar...

— ¡No te canses, Pepe! (interrumpí yo). Estoy convencido. ¡Ni el hombre ni la humanidad me darán los cien millones! ¡El hombre, o sea el inglés, será sordo a mis argumentos! ¡La humanidad, hostil a mis intereses! — ¡Oh! ¿Dónde está la familia humana? Si todos los pueblos de la Tierra hablasen una misma lengua y tuviesen tratados aduaneros mancomunes, o (lo que sería mejor) no tuviesen aduanas; si en todas partes fuesen iguales los pesos, las medidas, la moneda, las costumbres, la forma de gobierno, las modas y las creencias, ¡qué especulaciones tan grandes, qué negocios tan gigantescos podrían hacerse! ¡Desde luego, yo les sacaría sin sentir a los hijos de Adán esos cien millones de reales! 

 

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