En la llanura castellana, en un lugar apartado, vivía una manada de perros liderada por un viejo mastín llamado Atila. Era fuerte, imponente y temido por todos. Gobernaba con puño de hierro, imponiendo castigos severos por cualquier falta, real o imaginaria. Los otros perros le obedecían ciegamente y no se atrevían ni a mirarle a los ojos, por si se enfadaba.
Los cachorros crecían con miedo, sin atreverse a jugar ni a soñar. Entre ellos estaba Milo, un pequeño cachorrito de pelaje negro como el chocolate y ojos curiosos. A diferencia de los demás, Milo no entendía por qué debían temer tanto a Atila.
“¿No deberíamos ayudarnos y cuidarnos unos a otros?”, preguntaba.
Pero los otros cachorros solo bajaban la mirada, temerosos de ser escuchados.
Un día, mientras jugaban a exploradores, Milo y sus amigos encontraron a un zorro atrapado en una trampa.
“¡No lo toques!”, gritó uno. “Atila dice que los zorros son traicioneros.”
Pero Milo, movido por la compasión, liberó al zorro, quien lo miró agradecido y desapareció rápidamente entre los árboles.
Esa noche, Atila se enteró de lo ocurrido, pues según decían "tenía oídos en todas partes".
Furioso, llamó a Milo ante toda la manada.
“¡Has desobedecido mis órdenes! ¡Los zorros son enemigos y está terminantemente prohibido ayudarlos! ¡Eres un traidor!” rugió.
Pero Milo, temblando, levantó la cabeza y dijo:
“No podía dejarlo sufrir. Ayudar a quien lo necesita no es traición.”
Atila se lanzó sobre él, para darle su castigo. Pero, antes de que pudiera morderle, una jauría de zorros surgió del bosque. El zorro salvado era su líder.
Los zorros no atacaron, pero su presencia bastó para que Atila retrocediera, humillado.
Desde ese día, los perros del llano eligieron al pequeño Milo como nuevo líder. Gobernó con bondad y honradez, y los cachorros aprendieron que el valor no está en el tamaño ni en la fuerza, sino en el corazón.
Moraleja: El miedo impone silencio, pero la bondad y la honradez despiertan el valor para gobernar el mundo.