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Franz Kafka

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Alzarse en contra de una circunstancia miserable debe ser fácil, aunque sea a punta de pura fuerza de voluntad. Me obligo a levantarme de la silla, rodeo la mesa, muevo la cabeza estirando bien el cuello, acojo los destellos del fuego en mis ojos, para esto separo los párpados tensamente. En contra de mis propios deseos, doy la bienvenida efusivamente a A en caso de que venga a verme; tolero cordialmente a B en mi habitación; me trago a grandes bocados, a pesar del dolor y la pena que me puedan causar, todo lo que se dice en casa de C. 

Pero aun actuando de esa forma, con un simple descuido, y un descuido es imposible de evitar, se interrumpirá todo el proceso, lo leve y lo complicado por igual, y tendré que encerrarme de nuevo en mis propios confines. Así, tal vez el mejor consejo sea aceptar todo con calma; convertirse en una masa inerte y, aunque uno se sienta como empujado por el viento, no dejarse convencer de dar un solo paso en vano; mirar a los demás con ojos de animal; no sentir remordimiento alguno; en resumen, sofocar con las propias manos el residuo espectral de la vida que aún persista, es decir, prolongar en lo posible la paz final de la tumba y no dejar existir nada por fuera de ella. 

Un movimiento característico de tal estado consiste en pasarse el dedo meñique por las cejas.

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