Me gusta el sol, el color, el ruido, la luz. Pero la noche me conmueve de una manera…
Siempre, antes de acostarme, abro el balcón de mi cuarto y me paso un rato largo mirando el cielo y la sombra.
Y es ésta, noche a noche, una hora de conmoción espiritual constantemente renovada.
Nunca me pasa nada de extraordinario y sin embargo me son familiares todas las emociones.
Basta un roce, un grito, un poco de luna, un trozo perdido de música, el canto áspero de un grillo, a veces nada, la emoción viene sola, para que vibre mi sensibilidad agudizada por mi vida solitaria y silenciosa.
Mi alma parece un hilo en continua tensión: se pone vibrante al menor roce.
Y frente al mundo, de noche, el fenómeno se hace más intenso.
¡Yo no sé qué tienen la sombra y la luna!