Mi hijo ha cazado un grillo y viene a traérmelo porque alguien le ha dicho que, guardándolo bajo una copa de cristal, recibiremos una alegría.
¿Una alegría? Entonces, pequeño mago chillón y negro, llévame con mi niño a aquel sendero que yo cruzaba todas las tardecitas cuando volvía de la escuela a mi casa.
Muchos grillos cantaban entre los pastos del ribazo y yo hacía el camino abstraída y encantada, con una inconsciente y honda poesía en el corazón.
Siempre he amado a los grillos y siempre, desde entonces, cuando en las noches de Enero los oigo cantar, siento una tristeza, una tristeza.