Todos los días, al llegar a su casa después del rato pasado en el club entre la hora del Juzgado y la del almuerzo, Don Marcelino frotaba largamente sus zapatos sobre el felpudo áspero, para no ensuciar el corredor de mármol blanco y negra con la tierra colorada de las calles del pueblo. Pero ese día venía tan alborotado que olvidó hacerlo, y aunque a través de la puerta de la sala le llegaban las notas de los penosos ejercicios que hacía en el piano su hija menor, al no ver a nadie en el patio se puso a dar gritos.
—¿No hay nadie en esta casa, caramba?
Los ejercicios cesaron en el piano, y a Don Marcelino le dio un poco de vergüenza. En ese momento acudía desde la cocina la mayor de las muchachas, un poco lenta y como habituada a las explosiones del padre. Tras ella asomaba Doña Jacinta, la cocinera, siempre ávida de acontecimientos. A través de los naranjos del patio se oyó el chirrido de unas bisagras, porque Pepe —el último en la serie de ahijados que le traían a Don Marcelino para que los mantuviese, disfrazando la necesidad con un "se lo traemos para que usted, compadre, lo haga hombre”, y que él destinaba a mandados y otras vagas tareas mientras llegaba el momento de conseguirles empleo o verlos asentados en algún oficio— también había oído los gritos y se había venido desde los galpones.
—¿Qué le pasa, Tata? —dijo la mayor— ¿De nuevo hay revolución?
—¡Qué revolución ni que nada! Vengan aquí y escuchen.
Ya sentado en uno de los sillones de mimbre de la galería que daba al patio —sombra que se entibiaba con el olor de los azahares en ese mediodía cálido de una primavera del Norte— Don Marcelino miró en derredor para ver si estaban todos. La hija menor salía en ese momento de la sala, y esperó que ella se uniera al grupo que formaban, guardando algunas distancias entre ellos, la mayor, la cocinera y Pepe.
—Bueno. Esta noche damos fiesta.
Hizo una pausa calculando su efecto. El deleite se mostraba en la cara de ratón de Pepe, y cierta novelería alarmada en la de la cocinera. La menor empezó a decir algo, pero él la acalló golpeándole tiernamente la mano, que tenía a su alcance. La mayor, muy grandota y algo hombruna, muy decidida, quiso intervenir a todo costo.
—Usted siempre con sorpresas. Pero nos podía haber avisado antes. Y además, ¿cómo va a dar una fiesta hoy, si es el baile en lo de Florencio? ¿Se ha olvidado?
Al oír esas palabras Don Marcelino empezó a sacudirse de risa en el sillón. Se reía para adentro, con esa risa de los asmáticos que temen desencadenar una crisis con ella. Apenas un gemido rítmico acompañaba aquellos sacudones, hasta que sacó un pañuelo, se secó los ojos y con un "ay” suspirado recobró el aliento.
—Por eso, bobeta. Quiero aguarle la fiesta.
Hasta la menor, tan calladita, protestó. Hasta la cocinera meneó la cabeza, dio vuelta, y volvió a su cocina. Pepe, en cambio, reía tanto que Don Marcelino lo mandó callar.
Entre los argumentos de las muchachas se oían declaraciones de amistad por Florencio Fustiñana y su mujer: lamentos por pasadas bromas hechas por su padre, que según ellas, disminuían su autoridad judicial; verificaciones de los pocos motivos de diversión que había en el pueblo, y defensa apasionada —por lo mismo— de la reputación de los Fustiñana como anfitriones magníficos. Y sobre todo, razonamientos de la mayor sobre lo tarde que era para preparar las "cosas”.
—No va a haber que preparar mucha cosa. Como se trata de un velorio...
Ante esas palabras de Don Marcelino se hizo el silencio: un silencio asustado como si, de golpe, hubiera anochecido. Un temblor agitaba la mano de la menor, apoyada en el respaldo del sillón del padre. Pepe bajó la vista y se puso a frotar la punta de la alpargata en el piso, como si escarbase.
La mayor sólo dijo:
—Lo único que faltaba.
—No sean zonzas. ¿Se dan cuenta del chasco que le voy a dar a Florencio? Todos estos días lo vine pensando, pero hoy, en el club, viendo lo que hablaban todos de la fiesta, me decidí. Si ustedes lo hubieran sabido antes, habrían dejado traslucir algo, y tiene que ser sorpresa. A ver qué hora es: las doce y media. A las cinco van a traer el cajón. Vieran qué farra cuando fuimos con Alfonso a que me tomaran las medidas. Vos, Pepe, estate atento, porque lo van a traer con mucho disimulo por el lado del galpón. Ni siquiera lo van a mandar en el carro de las "pompas”. Vos, Marcela, con ésta y con Jacinta, van vaciando la sala despacito. Y no se olviden de hacer bastante café y un poco de chocolate. ¿Quedan bastantes licores?
—Claro que hay —dijo la mayor, mientras la pequeña le hacía señas negativas que ella, habiendo ya entrado en el juego del padre, fingía no ver tras sus gruesos lentes—. Pero diga, Tata: ¿Cómo va a hacer para estarse quieto?
—Mira. Vos sabés que tengo sueño pesado y tranquilo. Vos misma decís que muchas mañanas, cuando me traés el mate, te asustás porque parezco muerto.
—Y claro. Con esos bigotes ni se le ve respirar. Pero mejor quédese quieto y no se duerma. No vaya a ser que algún ruido lo haga recordarse y en eso se despierte largando ajos y cebollas, como a veces.
—¿Y entonces? ¿O te creés que la broma no va a terminar nunca? Cuando estén todos aquí, cuando ya sea bastante tarde, y ustedes a ver si lloran y dicen "pobre Tata” y todas esas cosas, ¿no?, me siento en el cajón y saco el revólver.
La mayor, totalmente conquistada por las perspectivas de la farra, se echó a reír a todo lo que daba. La menor, en cambio, puso su brazo en torno al cuello del padre, y con una vocecita lamentable le dijo que ni por broma quería verlo muerto. Él se enterneció un poco.
—No sea zonza, m’hija. No sea zonza...
Alfonso López, el médico —cómplice de la broma proyectada como de muchas otras ya legendarias hasta en pueblos distantes —se dio una vuelta por la casa algo después de las cinco, como habían convenido con Don Marcelino. No había dejado de alarmarle el propósito del Juez, y había tratado de disuadirlo cuando, a la salida del club, se lo había confiado. Don Marcelino era robusto, y nunca había estado enfermo, lo que se dice enfermo, a no ser por aquella bronquitis asmática que se le estaba haciendo crónica. Pero se había prodigado demasiado en las guerras civiles, en las luchas políticas, en su generosa intervención en cuanto lío ajeno él pudiera arreglar. Cuando los acontecimientos externos se remansaban un poco —y nunca era por mucho tiempo en aquel Uruguay donde las pasiones cívicas a cada rato estaban reluciendo en la punta de las tacuaras— parecía que Don Marcelino buscara dar salida a su potente vitalidad, a la agresividad con la cual revestía hasta su abundosa beneficencia, en aquellas bromas célebres que culminarían ahora en una que no era inédita, pero que siempre "daba resultado” por cuanto hasta el más curtido se abstenía de escepticismo frente a un cadáver. El médico descartó, ante la imposibilidad de convencer a Don Marcelino, toda alarma que hubiera sido inútil. Por otra parte, las causas de la misma eran muy vagas: haberlo visto un día demasiado ojeroso, haber notado una palidez azulada, en una ocasión, en torno a la boca. Y cuando dos meses antes le había dicho, con tacto, que le quería auscultar el corazón, Don Marcelino lo había sacado carpiendo.
Vio que todo estaba pronto: la sala grande con los muebles lustrosos arrimados a las paredes, las persianas cerradas, mucho olor a flores y en el medio, impresionante, el ataúd. Por la puerta entornada del comedor se oía un atareado ir y venir. Observó en Marcela la misma satisfacción del deber cumplido —que acentuaba su parecido con el padre—, notada en Don Marcelino la noche en que había terminado de envolver los paquetes de estiércol que iba a recibir, como regalos con moñas y todo, el jefe político el día de su cumpleaños.
—¿Y Polita? —preguntó.
—Ahí anda. Hecha una Magdalena.
—Mejor. Así tiene los ojos colorados. Y tú vete dejando esa cara de fandango.
—Dijo papá que usted se iba a encargar de dar la noticia...
—Claro. Porque tiene que parecer que fue de repente. Voy a decir que cuando ustedes me llamaron, el pobre ya había fallecido. Un ataque fulminante.
—Seguro. Le van a creer, porque aquí, cuando no se mueren en las guerras, todos se mueren del corazón o la cabeza. Lo malo es que va a ser largo el asunto. Como usted tiene que avisar por lo menos una hora antes del baile en lo de Florencio...
—Pero, m’hija: lo de Florencio es a las nueve. A las siete van a estar todos en el club, porque hasta las ocho no irán a cambiarse. Con que yo caiga por allí a las siete y media, ya está.
—Sí. Pero Florencio no va a estar.
—¿Y qué querés? ¿Que suspenda la fiesta a tiempo? No. Lo bueno es lo que dijo tu padre. Que todos se vengan para acá, y ellos esperando, esperando. Y a eso de las nueve y media o las diez menos cuarto, voy para allí como si me hubiera olvidado de avisarles antes, por el sofocón. Entonces, al mal tiempo buena cara. La fiesta suspendida, y se tendrán que venir con cara de compungidos.
Cuando, después de darse una vuelta por el galpón donde Don Marcelino se había encerrado, aprovechando aquella clausura para revisar sus gallos de riña, siempre rezongando a Pepe por esto o por aquello, el médico volvió a entrar a la casa para salir por la puerta principal, encontró a Marcela esperándolo.
—Y con el Padre Farnetto ¿cómo van a hacer?
—Y... mirá: si yo no pude llegar a tiempo, el cura tampoco. Después que pase la cosa le explicamos.
—Pero mentirle a él es un sacrilegio.
—Bueno. Lo voy a ver ahora, y lo meto en el asunto. No se va a escandalizar. Acordáte cuando se disfrazó de fantasma para asustar a tu tía Faustina en el cementerio...
La tarde había ido cayendo rápida, y el enfriamiento del aire parecía haber aumentado el olor del cedrón, de los primeros jazmines y azahares del patio. "Mayoral'’ andaba quieto, extrañado por el mal humor con que lo echaba Jacinta cada vez que se arrimaba a la cocina, y por los chistidos que le pegaba Pepe cada vez que se le acercaba moviendo la cola. La menor de las hermanas no quería salir del cuarto, y se habían renovado sus llantos cuando Marcela, ya vestida de negro de pies a cabeza, la hizo revestirse de aquella misma oscuridad.
Por fin, había llegado el momento más grave. Don Marcelino, con el traje negro que usaba para casar a la gente, se había instalado en el cajón. Había habido debate sobre si se debía colocar sobre la mortaja la banda con los colores patrios y los flecos dorados, pero Marcela, que era amiga del boato oficial, había conseguido volcar la opinión hacia el voto afirmativo.
Con todo cerrado, mientras Pepe cebaba, Marcela estaba sentada al lado del padre, incorporado todavía en el ataúd, mateando con él y hablando despacito de bueyes perdidos. Pepe mantenía el oído atento a la llegada de los primeros visitantes. A los primeros ecos de pasos por la vereda hizo una señal, desapareció con la pava y el mate, y Don Marcelino inició su estupenda caracterización de muerto. Solamente mantenían en él una inquietud tierna los sollozos de la hija menor, amortiguados por la pared. Se dijo que esa hija desesperada, encerrada en su alcoba, daría mucho realismo a la broma. Y se sumió en la quietud calculada.
Oyó, a medida que llegaban los visitantes, frases que había escuchado centenares de veces en otros velorios, pero que le gustaba creer más sinceras ahora que se aplicaban su Persona. Solamente el "está igualito” que profirió Doña María Passini hizo peligrar su inmovilidad. No se conmovió cuando Flores, el alcalde, empezó a discursear con un "era el padre de los pobres”, como ensayando para el cementerio. Pero se le apretó el corazón, cuando oyó el "ya lo creo”, sencillo e intenso, con que le contestó Julita Farías, a quien él varias veces, discretamente, había sacado de algún apuro porque, al fin y al cabo, la gente "gente” tiene que seguir siendo gente y disimular la pobreza nueva.
Le hizo gracia pensar por quién estaría rezando el cura mientras dirigía el rosario donde se mezclaban muchas voces. Entre algunos silencios escuchaba el piafar de los caballos junto a la vereda, y le llegaba, apagado, el rumor de la conversación de los cocheros, a ratos reducida por algún chistido respetuoso. Se alarmó cuando una señora —no pudo identificar aquella voz engolada según una moda vigente— dijo: "Parece que respirase”, y se sintió orgulloso por el aplomo de Marcela, quien, con tono adecuadamente desmayado, aclaró que era muy impresionante ese efecto de la luz de las velas.
Su novelería creció cuando, al rato largo, oyó llegar a Florencio y su mujer. Ante los comentarios sobre la fiesta suspendida se sintió satisfactoriamente culpable, y casi se avergonzó cuando Florencio, estoicamente y sin ninguna imaginación, declaró que así era la vida y que aquello nos iba a tocar a todos.
Las visitantes, por turno, iban al cuarto de la menor a abrazar a aquel mar de lágrimas y volvían comentando lo deshecha que estaba, elogiando, de paso, la entereza de Marcela.
Le hubiera gustado ver a su hija mayor, que se estaba portando que daba gusto. La sentía sentada a su cabecera, el grueso rosario, cuyas cuentas oía entrechocar, en las manos. Y algún susurro, algún suspiro hondo, algún rozar de las largas faldas de seda, le indicaban que el rito de los mudos apretones de mano, de las semisonrisas desoladas, se estaba cumpliendo a satisfacción.
Pronto llegaría el momento del chasco. Y pensando con fruición en ese instante de gloria en que conquistaría el cetro —largamente disputado— correspondiente al bromista más feroz del pueblo, se dejó invadir por un inesperado sopor.
No sabía cuánto tiempo había pasado, y quiso afirmar el revólver en la mano para sentarse de golpe asustando con él a los presentes. Su mano, bajo la mortaja, sólo palpaba una pesadez ubicua e inasible. Tuvo, vagamente, la sensación de estar pensando que el arma habría resbalado, pero era como si se lo oyera pensar a otro. Le parecía —y no le parecía— estar como rodeado de un agua espesa, helada, que no lo dejaba mover. No le llegaban rumores sino muy atenuados, como a una gran distancia. Se sintió hacer un gran esfuerzo para percibir algo más, y entonces vio.
Vio la sala como si estuviera mirando desde el techo del zaguán. Se vio en el ataúd, inmóvil, muy pálido, y, a su lado, a Marcela rígida en su silla, con los ojos muy fijos en su rostro. Vio a las mujeres que rezaban en torno al cura, a Pepe de pie, duro de miedo, junto a la puerta. Los demás proseguían sumisas conversaciones cuyas palabras, abofa que veía, no alcanzaba a distinguir. Ahora era como si los estuviera mirando desde el escritorio, porque veía al mismo tiempo el zaguán y la sala, y aunque percibía la pared del cuarto de la menor, la veía también a ésta en medio de unas amigas que la sostenían y alentaban. Después vio —sin dejar de ver todo aquello— el patio con los naranjos y los jazmineros más blancos por la luna, los galpones y el ombú que se reflejaba en la laguna de los patos. Vio toda la casa y todo el campo a su fondo: toda la calle a su frente. Todo igualmente claro, pero más chico a cada rato de aquel tiempo que ya no era el mismo. Cuando se incluyeron en la visión otras casas del pueblo, el club y el Juzgado, siguió viendo cosas en las cuales él se veía participar al mismo tiempo: con una guitarra junto a un balcón florido, joven y esbelto; galopando, lanza en mano, al frente de un tropel polvoriento, una divisa colorada encima de las cejas; jugando un truco bravo en el club; sosteniendo una linterna en alto, en un rancho donde Alfonso López asistía a una parturienta. Y alguna otra instancia dulce y secreta, mal recordada hasta aquel momento.
Ya todo estaba muy chico, allá abajo, pero seguía allí. Un frío total iba alejándolo de aquella visión en la noche estrellada.
Cuando oyó el largo aullido de "Mayoral” que llegaba hasta aquella inmensa altura, comprendió que había preparado con esmero la verdadera vigilia de su muerte.
Setiembre de 1956.