A los chicos traviesos que quieren cazar pájaros suelen aconsejarles, por burla, que "les pongan sal en la cola". ¿Nunca oíste decirlo? A Juan le ocurrió eso cierto día que se acercaba a una urraca.
— Ponle sal en la cola — le dijo un anciano que se le apareció de pronto — . No sólo la cazarás sino que el deseo que pidas se te cumplirá si lo piensas mientras la sal esté sobre la cola...
Al día siguiente salió llevando sal en el bolsillo y al ver a la urraca se le acercó. Sorprendido, oyó que el pájaro le hablaba, mirándolo fijamente:
— Si me traes un espejo en el que pueda mirarme dejaré que me pongas sal en la cola. Yo soy una princesa encantada.
Juan juntó en el bosque hongos comestibles y los vendió en el pueblo. Con el dinero obtenido compró el espejo. Al dárselo a la urraca, ésta le dijo:
— No es digno de una princesa como yo. No tiene mango de oro. Pero no te aflijas. Aún así no lo querría. Ahora quiero una carroza.
¡Pobre Juan! ¡Conseguir una carroza! ¡Era mucho! Pero no se descorazonó. Trabajó y trabajó fabricando cucharas de madera. Con el dinero pudo comprar, a plazos, la carroza. Era un poco chica, pero linda.
— No me gusta. No tiene caballo — la rechazó el pájaro — . Tendrás que regalarme un palacio...
Juan suspiró apenado, y hasta se sintió enojado. Necesitaría reunir una fortuna para comprar un palacio. Pero lo hizo. Vendió primero la carroza y con esa suma compró un coche de alquiler. Con el coche de alquiler trabajó tanto que compró un terreno, ¡hasta que consiguió el palacio! Sí, parecía algo imposible, pero lo logró.
— No esta mal — dijo la princesa encantada, es decir, la urraca—. Pero faltan muchas arcas llenas de oro para poder mantenerlo después.
Y he aquí de nuevo a Juan trabaja que te trabaja para juntar el oro. Al cabo de unos años se salió con la suya y tuvo todo el oro que necesitaba.
— ¿Qué es lo que deseas? — le preguntó la urraca dejándose poner sal en la cola.
¿Pero qué podía desear Juan? Había trabajado tanto para satisfacer los deseos de la urraca que había olvidado los suyos. —¡Apúrate, porque me voy! — volvió a hablar ella. —Pero él nada le pidió.
Juan se quedó muy triste sin comprender lo que le pasaba. Había perdido la oportunidad de que se le cumpliera un deseo por quedarse pensando. La urraca, que, en efecto, era una princesa encantada, tomó entonces la forma de un hada y le habló:
— No estés apenado, Juan, porque sin que te dieras cuenta te he ayudado a que se cumplieran todos tus deseos, y ya no te queda ninguno.
— Tienes razón — le contestó Juan — . Trabajé esperando que mis deseos se cumplieran sin saber de que bastaba con mi voluntad.
—Me alegro de que lo hayas comprendido — habló el hada por última vez, y desapareció.
Revista Billiken Nº 273512