Capítulo I
De cómo fui lanzado sin consulta a las Nubes en persecución de unas enaguas
El origen de mi rápido viaje al país de las Nubes es completamente fortuito. Nada más ajeno a mi voluntad que esta momentánea elevación de mi persona para luego descender nuevamente. Confieso, pues, no sin rubor, que este viaje, como tantos otros, sólo se debe a que un día vi unas hermosas enaguas que subían majestuosamente en el aire a pesar de los esfuerzos que su dueña hacía por retenerlas en la tierra. Fui siempre muy sensible a la vista de enaguas en los aires, y apenas veo unas en la atmósfera tengo la costumbre de acudir en auxilio y prestar gratuitamente mis socorros. Me lancé aquel día, sombrero en mano, para atraparlas como si fueran simples mariposas, y fui yo mismo arrebatado por el torbellino que provocaba esos estragos y empujado por el viento hacia las Nubes. De este modo salí de la existencia terrestre y fui lanzado sin consulta a las peligrosas aventuras del espacio. Las enaguas estaban ahora infladas por el aire y se me acercaron contoneándose con gracia. Su desenvoltura en semejantes circunstancias me reconfortó singularmente. Por su conducto recibí lecciones de energía. Las tomé en mis manos y les prodigué mil caricias. «¡Ah —exclamé—, qué gran daño os hace el viento al separaros de vuestra dueña!» «¡De ninguna manera! —exclamaron— El viento, que suele levantar los techos, es incapaz de levantamos a nosotras, enaguas, sin nuestro previo asentimiento. ¡Estábamos ansiosas de respirar el aire puro!» Momentos después se deslizaron de entre mis manos, con habilidad seguramente aprendida de su reciente posesora. Las vi ondular en el aire hasta caer, y supongo que no tardaron en persuadirse de su error y de cómo el género de vida que habían abandonado era, sin embargo, uno de los más dichosos y envidiables que pueden darse sobre la faz de la tierra.
Capítulo II
De la conquista de las Nubes y de la destrucción de un grande y poderoso Imperio por las corrientes de aire
Apenas tocaban el suelo las enaguas, que yo, por mi parte, tocaba la región donde se encuentran las primeras nubecillas; e ignoro si me hallaba aún sometido a su influencia estimulante o si era presa del vértigo de las alturas. Es lo cierto que no bien logré poner el pie en las Nubes, empecé a subir con ardor increíble y una fuerza incontrastable. ¡Me animaba la pasión de ascender! Me deslicé por angostos desfiladeros, al borde de espantosos precipicios. Vencí cuanto se oponía como obstáculo a mi paso. Nada pudo evitar mi ascenso y hollé la cúspide de las Nubes, a las que me dirigía en esta forma: «¡Oh, Nubes! He aquí que me he puesto heroicamente a la cabeza de todas vosotras...», cuando he aquí también que, a un soplo de viento inesperado, la inmensa montaña comenzó inopinadamente a desgajarse y la nube más alta de todas (aquella desde donde yo arengaba a las demás) huyó conmigo en la dirección que el viento le marcaba...
Capítulo III
De cómo por una cuestión de fronteras se desata la guerra en las Nubes
Oí resonar grandes truenos. Los estampidos se sucedieron con violencia a través de las Nubes encendidas por cárdenos fulgores. Aturdido, apenas podía darme cuenta de cómo manaba la sangre de las Nubes, en forma de lluvia. En aquella escena de muerte comprendí todo el horror de la guerra, y la ruina y la desolación que traen consigo los odios despiadados. Tocadas por el rayo, las Nubes lanzaban rugidos atronadores, tambaleábanse un instante y se licuaban... La guerra las tragaba sin piedad en su vorágine; y yo, pobre víctima de las calamidades, también estuve a punto de perecer, aunque nada me iba ni me venía en la contienda de la que era testigo y en la cual parece ser que se zanjaba una enconada cuestión de límites entre unas y otras Nubes, que infladas estas últimas por un aire favorable habían invadido los dominios de aquellas, en contra de los usos establecidos desde antaño. Pero mi vida estaba en riesgo. Hice acto de contrición y se me anegaron en lágrimas los ojos al recuerdo de mis innumerables pecados. Imploré a Dios que me perdonara el deseo de bienes temporales (en gracia a que estaba en las Nubes) que momentos antes había concebido. Asimismo le rogué que me dispensara, en vista de la flaca naturaleza humana, los pensamientos de otra índole que hubieran podido inspirarme las enaguas. Abrigaba el propósito de no pecar más en la vida (caso que pudiera seguir viviendo) ni apartarme otra vez de la conducta que nos hace agradables a los ojos divinos; y sin duda hubiera cumplido estos propósitos con entera fidelidad y rectitud, si extraños acontecimientos ulteriores no me hubieran puesto en presencia de tentaciones verdaderamente irresistibles para aquella misma flaca naturaleza humana de que ya antes he hablado.
Capítulo IV
De cómo perdí el mayor bien que puede concedernos la Fortuna
No sólo me fueron perdonadas mis iniquidades, sino que me fue dado conocer la misericordia celeste en su máximo esplendor. No puedo atribuir a otra causa el hecho que presencié en seguida, cuando, en tanto que el tiempo se calmaba rápidamente y que yo daba gracias a Dios por los beneficios derramados sobre mi cabeza durante la lluvia, la Nube, siempre cambiante, dibujó los contornos de una mujer que andaba con levedad (aunque iba ciega) y en quien inmediatamente reconocí sin trabajo la atrayente hermosura de la diosa de la Fortuna. Fue sonrosándose, iluminada por un rayo de sol (que reapareció después de la tormenta) y de ella fueron víctimas al punto mis mejores ideas de enmienda. Me eché a sus pies y me puse a contemplar sus formas con deleite. ¿A dónde me conducía? Pensé que me llevaba hacia algún paraje oculto, sólo de ella conocido, detrás de algún denso nubarrón, y que allí se proponía concederme el mayor bien que puede concedemos la Fortuna. Tuve deseos sacrilegos, lo confieso con vergüenza. Ambicioné con locura los dones más preciados de la diosa y la estreché entre mis brazos en un instante de turbación. Olvidaba por mi mal que era de substancia etérea. En aquel brusco movimiento se le desprendieron las ligeras vestiduras, y al retirar mis brazos de su cuerpo la vi desvanecerse y desaparecer como un sueño...
Capítulo V
De cómo, al subir por una escalera, abarqué el panorama del vasto mundo vaporoso y, ya sin Fortuna, no tuve inconveniente en persuadirme de la vaporosidad de todo en las Nubes
No vacilé en subir por una escala de tenues nubecillas que descubrí entre los restos de la Fortuna; y a medida que lo hacía iba descubriendo un vasto panorama que abarcaba el conjunto de los países que demoran en las Nubes. Desde allí vi cuán variadas nieblas pueblan esos grandes espacios y cómo aquellas por entre las cuales había pasado sólo constituyen pequeñas porciones de un mundo sin límites visibles. Allí sucédense numerosas variaciones, ocurren catástrofes insignes. Todo se agita con movimiento incomprensible, nada subsiste de ningún hecho grande o pequeño, y una vez que las cosas suceden es como si no hubieran sucedido. En el vasto mundo de las Nubes, el soplo del viento pasajero modifica incesantemente el curso de los acontecimientos más graves. Llegando a lo más alto de la escalera, entreví en el horizonte lejano una luz dorada, las apariencias de una ciudad hacia donde se dirigían todas las Nubes. Hacia ella iba también yo, empujado por la brisa bonancible. Atrás quedaban los sombríos guiñapos, restos de recientes desastres, jirones de luchas desgarradoras. Todo un mundo poblado de imágenes apesadumbradas o descomunales cedía el sitio a aquel nuevo mundo poblado de sonrientes apariciones llenas de dulzura, de esperanza y de gracia. Según mis cálculos, fundados en la velocidad del viento y en la distancia, no tardaría mucho en llegar. Allí proponíame ya pasar el resto de mis días, en el olvido de viejos infortunios y al resguardo de otros contratiempos, dichoso en mi país de blancas Nubes: pronto hube de observar que la misma ráfaga que me llevaba en dirección de ella iba a la vez alejándola delante de mí, y no precisamente a igual velocidad, sino con mucha mayor rapidez, puesto que ella era de substancia brumosa en toda su inmensa construcción, en tanto que mi poco volumen era hecho de pesados materiales...
Capítulo VI
De cómo nací otra vez en las Nubes y de cómo vine nuevamente a la Tierra porque, estando recién nacido, había perdido el uso de la razón
Me senté a llorar mi dolor. Los codos apoyados en las rodillas y la cabeza colocada entre las manos, me abismé profundamente en la meditación de mi infortunio. Ignoro si esa posición determinó el fenómeno que paso a describir (término de mi estado en los aires), pero es lo cierto que cuando, pasados algunos instantes, quise levantarme para continuar mi camino al través de las nieblas, observé con angustia que me hallaba sumido en el vientre de una Nube que avanzaba lentamente. Sin atreverme a producir el menor movimiento, dada la delicada situación en que me veía, me di a mil reflexiones acerca de esta sorpresa que me deparaba la suerte. Volvería a nacer y vería por segunda vez la luz, tendría parentela en las Nubes y, cuando quisiera, me sería posible producir truenos terribles para distraer agradablemente mis ocios. Aquel fue uno de los momentos de mayor expectativa que he conocido en mi vida. Me aguijoneaba el deseo de ver las condiciones de existencia en que sería echado al mundo: «Apenas nacido —decíame a mí mismo poniéndome un dedo sobre los labios— descubriré al primer golpe de vista la alcurnia de mi nacimiento y la posición social de mis nuevos progenitores.» En efecto, vine por segunda vez al mundo aquel mismo día. Por desgracia, al nacer había perdido toda curiosidad por averiguar la condición de mi cuna y la calidad de mis padres, así como el dinero de que pudieran disponer. Hallándome recién nacido, ignoraba la importancia de estas cosas. También, por la misma causa, me hallaba privado de todo asomo de reflexión, experiencia y cordura, a tal extremo que me dejé arrastrar por una corriente de aire que me trajo de nuevo hasta la Tierra, donde actualmente estoy y donde he compuesto esta historia.