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Jovellanos

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La encina y la caña

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(Fábula de Lafontaine)

Dijo un día la encina,
hablando con la caña:

-Con sobrada razón, oh pobrecita,
te pudieras quejar de la fortuna.
Cualquiera pajarito
es para ti una carga muy pesada,
y el soplo más ligero,
que puede apenas encrespar la tersa
superficie del agua,
te obliga a dar de hocicos en el polvo.
Al contrario, mi copa,
cual eminente Cáucaso elevada,
del sol se opone a los ardientes rayos,
e insulta y desafía
al ímpetu ruidoso de los vientos.
Al menos si te hubieses
criado aquí al abrigo de los ramos
con que cubro este monte,
vivieras más segura,
guarecida por mí de las tormentas;
pero tú, desdichada,
creces sobre esa descubierta playa,
a ser débil juguete de los cierzos.
Por cierto que contigo
anduvo bien cruel naturaleza.

-Amiga, yo agradezco
tu compasión, le respondió la caña;
mas no tengas cuidado,
pues yo, doblando el cuello a los embates
del viento, más segura
estoy que tú, por más que hayas altiva
resistido hasta ahora. Vamos viendo.

Mientras la caña hablaba,
del opuesto horizonte
un recio vendaval se precipita
con furia tempestuosa.

Al punto se encorvó la débil caña,
mas la robusta encina
resiste a los embates,
hasta que al fin, doblando sus esfuerzos
el viento asolador, descuaja y troncha
al árbol que escondía
su alta copa en las nubes
y su raíz en el profundo abismo.

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