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Kate Chopin

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Una reflexión

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Algunas personas nacen con una energía vital y receptiva. No solo les permite mantenerse al día con los tiempos; también las capacita para aportar, con su propia personalidad, una buena parte de la fuerza motriz al ritmo frenético. Son seres afortunados. No necesitan comprender el significado profundo de las cosas. No se cansan ni pierden el paso, ni se salen de la fila para quedar a un lado del camino contemplando la procesión en movimiento

¡Ah! ¡Esa procesión en movimiento que me ha dejado al borde del camino! Sus fantásticos colores son más brillantes y hermosos que el sol sobre las aguas ondulantes. ¡Qué importa si almas y cuerpos caen bajo los pies de la multitud que siempre aprieta! Se mueve al ritmo majestuoso de las esferas. Sus discordantes choques se elevan en un tono armonioso que se funde con la música de otros mundos, para completar la orquesta de Dios.

Esa procesión en movimiento de energía humana es más grande que las estrellas; más grande que la tierra palpitante y las cosas que crecen en ella. ¡Ay! Podría llorar al quedarme al borde del camino; con la hierba, las nubes y algunos animales mudos. Es cierto que me siento a gusto en compañía de estos símbolos de la inmutabilidad de la vida. En la procesión sentiría los pies aplastantes, las disonancias que chocan, las manos despiadadas y la respiración sofocante. No podría oír el ritmo de la marcha.

¡Salve! Corazones mudos. Quedémonos quietos y esperemos junto al camino.

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