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Jane Taylor

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El péndulo descontento

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Un viejo reloj que llevaba cincuenta años en la cocina de un granjero sin dar a su dueño motivo de queja, una mañana de verano, antes de que la familia se levantara, se paró repentinamente.

Al oír esto, la esfera (si damos crédito a la fábula) cambió de aspecto alarmada: las manecillas hicieron un esfuerzo inútil por seguir su marcha; las ruedas permanecieron inmóviles por la sorpresa; las pesas colgaban mudas; cada miembro se sintió dispuesto a culpar a los demás. Finalmente, la esfera inició una investigación formal sobre la causa del estancamiento; cuando las manecillas, las ruedas y los pesos, todos a la vez, proclamaron que eran inocentes. Entonces se oyó un leve ‘tic’ abajo, del péndulo, que dijo lo siguiente:

"Confieso ser la única causa de la presente parada; y estoy dispuesto, para satisfacción general, a exponer mis razones. La verdad es que estoy cansado del tictac." Al oír esto, el viejo reloj se enfureció tanto que estuvo a punto de dar la hora.

"¡Alambre perezoso!", exclamó la esfera, levantando las manecillas.

"¡Muy bien!", respondió el péndulo, "es facilísimo para usted, señora Esfera, que siempre, como todo el mundo sabe, se ha puesto por encima de mí; es facilísimo para usted, digo, acusar a los demás de pereza. ¡Usted, que no ha tenido nada que hacer en toda su vida más que mirar a la gente a la cara y entretenerse observando todo lo que ocurre en la cocina! Piense, le suplico, cuánto le gustaría estar encerrada de por vida en este armario oscuro y menearse de un lado a otro, año tras año, como yo".

"En cuanto a eso", dijo la esfera, "¿no hay una ventana en su casa a propósito para que pueda mirar por ella?" 

"Aun así —continuó el péndulo—, aquí dentro está muy oscuro; y aunque hay una ventana, no me atrevo a detenerme ni un instante para mirar afuera. Además, estoy realmente cansado de esta vida; y, si les parece, les contaré cómo llegué a hartarme de mi trabajo. Esta mañana me puse a calcular cuántas veces tendría que hacer ‘tic’ solo en las próximas veinticuatro horas; quizá alguno de ustedes, ahí arriba, pueda darme la cifra exacta".

El minutero, rápido para las cifras, respondió al instante: "Ochenta y seis mil cuatrocientas veces".

"Exactamente", respondió el péndulo: "Bueno, díganme ustedes: ¿no cansa solo de pensarlo? “Y cuando empecé a multiplicar los golpes de un solo día por los de meses y años, no es raro que me desanimara solo de pensarlo; así que, después de darle muchas vueltas y dudar bastante, me dije: "Voy a parar"

El reloj apenas pudo mantener la compostura durante esta arenga; pero, recuperando su gravedad, respondió así:

"Estimado Sr. Péndulo, me sorprende de verdad que una persona tan útil y trabajadora como usted se haya dejado llevar por esta repentina sugerencia. Es cierto que ha trabajado mucho en su vida. Todos lo hemos hecho, y probablemente seguiremos haciéndolo; y aunque pensarlo nos canse, la cuestión es si nos cansaría hacerlo. ¿Me haría el favor de darme media docena de golpes para ilustrar mi argumento?"

El péndulo obedeció y marcó seis veces a su ritmo habitual. "Ahora", continuó el reloj, "¿puedo preguntar si ese esfuerzo le resultó fatigante o desagradable?"

"En absoluto", respondió el péndulo; "No me quejo de seis golpes, ni de sesenta, sino de millones". 

"Muy bien", respondió el reloj, "pero recuerde que, aunque pueda pensar en un millón de golpes al instante, solo se le exige ejecutar uno; y que, por muchas veces que tenga que balancearse de ahora en adelante, siempre tendrá un momento para hacerlo".

"Esa consideración me desconcierta, lo confieso", dijo el péndulo.

"Entonces espero", continuó el la esfera, "que todos volvamos inmediatamente a nuestras tareas; porque las criadas se quedarán en la cama hasta el mediodía si nos quedamos así sin hacer nada".

Ante esto, las pesas, que nunca habían sido acusadas de conducta ligera, usaron toda su influencia para instarlo a continuar; cuando, como de común acuerdo, las ruedas empezaron a girar, las manecillas a moverse, el péndulo empezó a mecerse y, para su crédito, sonó tan fuerte como siempre; mientras un rayo del sol naciente, que entraba por un agujero de la contraventana de la cocina, iluminó de lleno la esfera del reloj, que volvió a brillar como si no hubiera pasado nada.

Cuando el granjero bajó a desayunar esa mañana, al mirar el reloj declaró que su reloj se había adelantado media hora durante la noche.

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