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Andrenio

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El disfraz

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—Venga esa historia de Carnaval,

—Pues allá va. Advierto de antemano, en descargo de mi conciencia de narrador, que no es picante ni divertida. No les contaré a ustedes esa eterna aventura de Carnaval, que se ha contado tantas veces y puede que no haya sucedido nunca, del que va a un baile de máscaras a pasar el rato y encuentra allí nada menos que al amor en forma de una bella desconocida, a quien después de la aventura inolvidable no vuelve a ver en la vida. Tampoco les contaré el lance burlesco del que va en busca de aventuras, bromea con una máscara, se apasiona o encapricha por ella y en el momento crítico resulta que es su suegra. Confieso que en mis Carnavales, que no son pocos, no he conocido ni una ni otra aventura, ni la sentimental ni la cómica. Mi historia es sosa, gris, no tiene nada de particular. Si la cuento es porque encierra una pequeña elegía de la gloria, Además, el recuerdo retoca sabiamente los sucesos y les da una importancia que acaso no tuvieron cuando eran simples realidades, El tiempo es un excelente anticuario, que hace valer los trastos viejos que tenemos recogidos en el desván de la memoria como los chamarileros hacen valer las antigüedades que amontonan en sus tiendas. 

Verán cómo fue el caso. Era yo un rapaz de pocos años. Tenía pasión por las máscaras. Salir a la calle disfrazado en los días de Carnaval me parecía uno de los más exquisitos placeres que puede gustar el ser humano. Excusado es decir que carecía de toda experiencia sobre el particular. Las máscaras me parecían seres superiores y me inspiraban una ingenua admiración, No es que creyera yo que las máscaras eran otra cosa que personas disfrazadas. Hoy diría que a algunas se les hace mucho favor al graduarlas de personas.

Confusamente sentía, más que pensaba, que el traje debía de comunicarles cierta secreta virtud que las trocaba pasajeramente en una especie de genios o superhombres, en genios de la risa y de la alegría, y que la persona que se echaba encima un disfraz adquiría un desparpajo y una disposición para el placer y la diversión a que no podía llegar nunca con el traje de todos los días. En resumen: tenía una fe firmísima en que las máscaras se divertían mucho y adquirían una notable superioridad sobre las gentes que no se disfrazaban. No se me ocurría siquiera que podía darse el:caso de que divirtieran a los demá; más que se divertían ellas, y que el fuero de burlas que parece anejo a la careta se volviera en vejamen del enmascarado.

Calculen ustedes lo que desearía yo vestirme máscara. Me parecía asomarme a un mundo encantador y maravilloso. Hice los imposibles para que en mi casa me diesen licencia y me hicieran el traje, y al cabo me salí con la mía. La víspera del domingo de Carnaval no dormí pensando en mañana, la palabra mágica de las promesas y a veces de los temores, el hada del tiempo. Por algo se ha dicho que lo mejor de las cosas es la víspera. En la infancia y en la adolescencia, en que caen, naturalmente, las vísperas de muchas cosas, tenemos una idea exagerada y poética de los placeres. Nos los figuramos mucho más sabrosos y deleitables de lo fue después resultan.

He de confesar que mi traje no había satisfecho por completo mis aspiraciones; pero la perspectiva del placer desconocido y exquisito que esperaba me hacía ser indulgente. Yo hubiera querido vestir algún arrogante y lujoso disfraz de época, por ejemplo, un traje de mosquetero de Luis XIII, corno los de Dumas a quien había leído a escondidas, o una vistosa armadura de guerrero; pero todo esto era caro, y mi madre, que tenía ideas firmísimas de economía doméstica, decidió irrevocablemente que el traje se hiciera en casa. Hube, pues, de elegir disfraz con que pudiese atreverse la confección casera. Después de pensarlo, quise ser, ya que no podía mosquetero o paladín de la Edad Media, diablo, que es al cabo un personaje mucho más importante, aunque menos vistoso.

El traje tenía excelente apariencia, Era de seda barata, mitad verde, mitad amarillo: un diablo arlequinado con abundosa cola. Lo vestí ufano, sin acordarme ya de mosqueteros, y me lancé a la calle muy poseído de mi papel. Me sentía alguien; no era ya un chica de segundo de latín: era un personaje, era una máscara. Algo me sorprendía no sentir la transformación interior que me había prometido, aque! atrevimiento y aquel don de burlas que me figuraba ser naturales en las máscaras. Era un diablo tímido. Pero al oír a los chiquillos y aun a algunas personas mayores: «Mira, ahí va una máscara», experimentaba por vez primera la deleitosa sensación de la gloria y la popularidad. Todavía más arrogante y satisfecho me sentí después de habe: tenido el alto honor de ofrecer un caramelo a Jesusita y de decirla, disfrazando la voz: «¿A que no me conoces, Jesusita?» Esta interesante persona era una amiga de casa, una linda morena que figuraba en mis sueños precoces de colegial, aunque de seguro yo no ocupaba lugar alguno en los suyos, en razón a que tenía ella diez y ocho años y yo tan sólo doce. Pero el haber bromeado con Jesusita me ponía en aquella pasajera exaltación de mis sentimientos, al nivel del teniente de Caballería que la hacía el amor y casi en condiciones de disputársela. 

De esta pasajera embriaguez me eb una sensación desagradable, Sentí un fuerte y descomedido tirón de la cola correspondiente a mi disfraz de demonio carnavalesco. Me volví y topé con los autores de la hazaña: dos golfillos callejeros, a mí me parecieron tales, que, lejos de cortarse, empezaron a hacerme muecas y a lanzarme pullas. «¡Que se te cae la cola!» «¿Me la prestas para un.zurriago?» «Verás si te doy con ellas, rezongué yo, amostazado, y seguí mi camino, recogiendo cuanto pude el que ya se me antojaba enojoso apéndice. Fué en vano. A poco sentí un nuevo tirón y más risas y burlas. Airado por el ultraje, me lancé contra los agresores, me enredé con uno de ellos a cachetes, rodamos por el suelo enzarzados y, al fin, nos separaron, Pero mi pobre traje, causa del combate, había sido también su víctima. La calle, recién regada, lo dejó en un estado lamentable. ¿Cómo presentarme lleno de lodo? Mi aventura de Carnaval había terminado. Sentía ira, desilusión y al mismo tiempo la embriaguez del combatiente, Yo era un niño modoso, criado entre faldas, que no me había pegado nunca en la calle con otros chicos. A no estar poseído de mi dignidad de máscara, creo que hubiera esquivado prudentemente la pelea. En una hora había conocido la gloria, la rechifla, el peligro, el valor. Todo un anticipo de las emociones intensas de la vida, Creo que desde entonces mi anhelo es no llamar la atención, contemplar la vida desde un balcón tranquilo y apacible; pero también comprendo que el hábito hace a] monje, y que el disfraz que llevamos, el papel de que estamos poseídos, es lo que nos da fuerza y resolución para afrontar las circunstancias...

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