Había una vez un jardín donde las flores hablaban y se contaban sus aventuras. Algunas eran un poco traviesas y no solo hablaban entre ellas, sino que se dirigían también a los que pasaban:
La margarita, siempre curiosa, preguntaba a todos los que se acercaban:
—¿Me quieres? ¿No me quieres?
Pero no esperaba respuesta: se reía sola, como si supiera un secreto que nadie más podía entender.
El clavel, orgulloso y rojo, cuando pasaban las abejas, les ordenaba como un general:
—¡Atención señoritas, todas en fila! —decía el clavel.
Y las abejas se reían con carcajadas zumbantes que hacían temblar sus pétalos, mientras bailaban en zigzag..
Cuando llegaba la noche el jardín parecía dormir pero en realidad seguía despierto siempre. Cuando unas flores se dormían otras despertaban.
La señora Dama de Noche no quería que el sol estropeara con arrugas sus pétalos, de modo que sólo los abría por la noche y los mantenía cerrados por el día para conservar su energía y su belleza.
Lo mismo hacía Dondiego de Noche, que, aunque no le preocupaban las arrugas, prefería abrir sus flores al atardecer y cerrarlas con el sol, no sin antes perfumar la noche con sus efluvios.
Ambos conversaban en susurros y decían a los polinizadores nocturnos como las polillas y murciélagos:
—Amigos, ¡qué placer compartir con vosotros este silencio! Venid, venid, sentaos a conversar…
Ellos se acercaban y entonces hablaban muy seriamente de lo que habían escuchado durante el día:
—¿Habéis escuchado las noticias?, decía Dondiego. Parece que las raíces jóvenes están organizando un viaje para las más ancianas porque no quieren que se queden sin conocer mundo.
La señora Dama de Noche respondía:
—Sí, algo he oído. Sería una locura a esas edades…
—No crea, no crea…— Respondía Dondiego.
—¿Y qué decir de las semillas que han decidido convertirse en preciosas mariposas para volar libres por el mundo?, decía la señora Dama de Noche
—¡Ahí sí que le doy la razón! En una idea loca, ¡querer volar, con lo mal que está el mundo!— suspiraba Dondiego.
Mientras tanto, las polillas y los murciélagos seguían con la polinización, trabajando afanosamente sin prestar demasiada atención a las conversaciones.
Las estrellas escuchaban fascinadas, y a veces titilaban de risa.
Cuando se despertaba el sol todos se iban a dormir, y entonces comenzaba el murmullo alegre de las flores diurnas que despertaban alegres y bulliciosas.