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Alba

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Caperucita

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Había una vez una niña muy simpática llamada Chloe, aunque todos la llamaban Caperucita Roja porque siempre llevaba una chaqueta roja con capucha, que le había regalado su abuelita, y  que nunca se quitaba porque le gustaba mucho.

Un día, su mamá le dijo:

—Chloe, acaba de llamar la abuelita por teléfono; dice que está un poco acatarrada  y que no tiene kiwis que le hacen falta. Como no puede salir a comprar ha dicho que si tú puedes llevarle la fruta.

—¡Claro, mamá! —respondió Caperucita, iré encantada.

— ¿Puedes llevarle esta cestita con frutas y su cargador del móvil? Ayer se lo dejó aquí, y probablemente lo necesite. 

— Sí mamá —respondió Chloe.

No olvides ir por el camino del parque y ya sabes, ¡no debes hablar con extraños!— le dijo su mamá.

—¡Claro, mamá, ya lo sé! —respondió Caperucita, poniéndose su chaqueta roja.

Cogió la cestita con las frutas y el cargador. Salió de la casa, cruzó la calle con mucho cuidado, y entró en el parque. La abuelita vivía justo al otro lado por lo que era un camino muy fácil de recorrer y prácticamente sin peligro.

¿Sin peligro? Niños, siempre hay peligro, sobre todo, si no obedecéis  a vuestra mamá.

Hacía un día precioso. Mientras caminaba por el parque, Caperucita se detuvo a observar las flores y a escuchar los pajaritos, que cantaban felices. 

En ese momento se cruzó en su camino un señor muy alto, y un poquito raro. Llevaba gafas de sol y un patinete eléctrico. Se apeó del patinete y dijo a Caperucita:

—¡Hola, pequeña! ¿A dónde vas tan contenta? —preguntó el señor raro, fingiendo ser amable y poniendo una voz demasiado melosa para su apariencia ruda.

—Voy a casa de mi abuela. Vive al final del parque, en la casita rodeada de árboles.—respondió Caperucita, sin recordar el consejo de su mamá.

El hombre, que era muy astuto, pensó que era una presa muy fácil. 

Tomó un atajo con su patinete y llegó a casa de la abuelita antes que Caperucita. Llamó a  la puerta y, fingiendo una voz de niña, dijo:

—¡Abuelita, soy yo, Chloe! ¡Abre!

La abuelita, que estaba tumbada en el sofá viendo una serie en la tele, no se dió cuenta del engaño y abrió la puerta.  

El señor del patinete la agarró con fuerza, y la metió en el armario (sin hacerle daño, claro). Luego se puso su bata, sus gafas y se tendió en el sofá, tapadito con la manta..

Cuando Caperucita llegó, y vió a la supuesta abuelita, notó algo raro, y le dijo:

—Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!

—¡Es para verte mejor! —dijo el señor.

—Y qué orejas tan grandes...

—¡Para escucharte mejor!

—Y qué boca tan grande ...

—Para... Y se abalanzó sobre Caperucita.

Pero antes de que pudiera morder a la niña, entró un policía que había visto al hombre sospechoso en su patinete. Se había dado cuenta de que no era “trigo limpio” y lo había seguido.  

—¡Alto ahí, delincuente! —gritó el policía.

El hombre, asustado, salió corriendo y prometió no volver a molestar a las niñas. 

La abuelita salió del armario, sana y salva, abrazó con ternura a su nietecita, y dió las gracias al policía.

Desde ese día, Caperucita aprendió a no hablar con extraños, y a obedecer siempre a su mamá.

El delincuente fue castigado por la ley, como merecía…

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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6 minutos 17 segundos

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