Las dos se balanceaban con suavidad, silenciosas, en la mecedora situada frente a la lumbre del hogar. La pequeña, acurrucaba en los brazos de la anciana, sentía la calidez de su cuerpo y el latir de su corazón, un latir que tantas veces le había servido de nana para dormir plácidamente. No abandonaría nunca ese lugar seguro y calentito.
"¡Abuelita, abuelita, cuéntame un cuento!"
La mecedora detenía su balanceo por un momento. La abuela miraba a la niña, besaba su frente y apretaba con ternura infinita el cuerpecito contra el suyo. Una ola de calor agradable, de paz, las inundaba. Cerró los ojos, carraspeó como para aclararse la voz y dijo:
"Bueno, voy contarte un cuento que, aunque no es muy alegre, muestra a las niñas y los niños los peligros de la vida y la importancia de confiar en sus padres".
Había una vez una niña que se llamaba Gloria y que era muy linda y obediente.
"¿Se llamaba como yo?"
"Si hija, y como tú era cariñosa y buena. Era hija única y sus padres la querían mucho y deseaban lo mejor para ella. Aunque no eran ricos, habían conseguido ahorrar, con mucho esfuerzo, una considerable suma de dinero con el único propósito de dar a la niña la mejor educación posible".
Su vida transcurría apaciblemente, sin prisas, sin discusiones, pero con mucho amor.
Sebastián, que así se llamaba el padre, era el zapatero del pequeño pueblo. Había hecho los zapatos de todos y los había hecho tan bien que duraban casi toda la vida. Solo, de vez en cuando, venían los vecinos para que les hiciera algunas reparaciones, como por ejemplo ponerles medias suelas o tapas nuevas a los tacones que se habían desgastado por el uso.
Cobraba poco, tarde y mal. En muchas ocasiones ni siquiera cobraba porque el cliente se quejaba de su mala fortuna. Sebastián decía entonces: No te preocupes hombre. Págame cuando puedas.
Era tan bueno que nunca reclamaba las deudas y a veces nunca llegaban a saldarse.
La mamá, Luisa, era una mujer de carácter amable; cariñosa y prudente, solo a veces, y en contadas ocasiones, urgía a su esposo para que reclamara los pagos. Confiaba en su marido y le dejaba hacer. Ahorraba todo lo que podía del pequeño sueldo y hacía maravillas con él. Su prioridad era ahorrar todo lo posible para poder enviar a su hija a la capital con el fin de que estudiara y adquiriera una buena formación que hiciera de ella una mujer independiente y fuerte.
"Cariño", le decía mientras la peinaba y le hacía las trenzas, "tienes que estudiar mucho para ser lo que quieras ser en la vida y no depender de nada ni de nadie. ¿Me prometes que lo harás?"
La niña asentía pero sin saber exactamente lo que su madre quería decir.
Así pasaron los años dulcemente para los tres, hasta que llegó el momento, temido y deseado al mismo tiempo, en que la niña, ya una muchachita, fue enviada a la capital para estudiar en el instituto. Como no tenían dinero suficiente para un internado pidieron a una pariente el favor de alojarla en su casa durante el curso. Esta accedió de buen grado, siempre y cuando los padres pagaran una pequeña cantidad en concepto de alojamiento y manutención. Todo fue acordado.
LLegó el día de la despedida. Los padres acompañaron a la niña para asegurarse de que todo estaba en orden. Fueron al instituto para hablar con la directora y presentar a la niña. Dieron el dinero acordado a la pariente y, con ansiedad y pena reprimidas, se despidieron de la hija con muchos abrazos, muchas recomendaciones y no pocas lágrimas.
Los padres se volvieron al pueblo y la niña se quedó nerviosa pero ilusionada por la nueva vida que se ofrecía a sus cándidos ojos.
La tía Gertrudis era una prima lejana de Luisa que había ido a la capital a trabajar de interna en una casa. Con el tiempo se había casado, había enviudado y ahora vivía sola en una casa bastante acomodada.
Al principio todo marchó bien, según lo acordado. La niña asistía a las clases y hacía los deberes cuando volvía a casa. Como niña educada y obediente que era, ayudaba a la tía en las tareas y escuchaba con atención todo lo que esta le decía.
Un día, Gertrudis, que era muy suya, le dijo:
"Gloria, ¿por qué vas al colegio todos los días? ¿No te cansas?"
"No tía, además, es lo que me dijo mi mamá que debía hacer".
"¿No te gustaría ver la ciudad, divertirte un poco?"
"Entonces perdería las clases, y tengo que estudiar..."
"No importaría mucho. ¿Sabes? Yo no opino como tus padres. Creo que lo mejor sería que aprovecharas el tiempo para buscar un novio. Así no trabajarías. El dinero de tus padres lo podríamos gastar en vestidos, joyas... cosas prácticas para embellecerte y poder así atrapar un buen partido que te sacara de la pobreza a tí y a tus padres".
"¿Y qué dirían ellos si hiciera eso? ¡Se enfadarían mucho conmigo!"
"No querida, no. Eso sería al principio, pero luego, cuando vieran que te casabas con un hombre rico se alegrarían mucho. ¡No lo dudes!"
La niña no estaba muy segura de lo que decía la tía, pero esta, a fuerza de ser machacona, acabó por convencerla. Así, dejó de ir al colegio y el dinero que debía de pagar por las clases lo dedicaban a ir de compras.
Raro era el día que la tía no se comprara cosas para ella. Casi nunca, por no decir nunca, llegaba a casa con algo para la niña. ¡Qué casualidad que en los comercios que visitaban no había nada adecuado para la pequeña Gloria!
La niña, ingenua, no sospechaba nada. Los padres, buenas personas e incapaces de imaginar lo que realmente sucedía, enviaban el dinero regularmente.
La anciana hizo una pausa y suspiró profundamente.
"¿Y qué pasó después abuelita?"
"Pues pasó que Gertrudis, la tía, consiguió un nuevo marido. Gloria se quedó sin aprender, sin formación alguna y sin los vestidos y el marido rico que la tía le había prometido. Los padres, apenados por el comportamiento de la hija enfermaron gravemente y, como no tenían dinero para el tratamiento, murieron con un mes de diferencia".
"¿Qué fue de Gloria cuando los papás murieron?"
"La tía ya no quiso saber más de ella. Le molestaba en la convivencia con el marido rico. Se avergonzaba de ella. Le buscó una casa en la que la colocó como sirvienta y no quiso volver a verla nunca más".
"¡Qué triste abuelita! Yo siempre haré lo que me digan mis papás".
"Eso espero cariño... Y no olvides que la muchacha que camina por el mundo con la frente demasiado altanera, se expone a dar con ella en el suelo. Haz caso a los que te quieren y no escuches las voces aduladoras que te perturban y te desvían de tu camino".
La mecedora emprendió de nuevo el balanceo, y la anciana abrazó con ternura el cuerpecito que se unía a ella buscando protección.