En un pequeño pueblo blanco de la Alpujarra granadina vivía una niña que se llamaba Estrella. Su madre le había puesto ese nombre porque decía que al nacer ya irradiaba una luz especial que inundaba de felicidad no solo a toda la familia, sino al pueblo entero.
Efectivamente, Aljama, que así se llamaba el pueblo, estaba situado en un pequeño valle rodeado de montañas. Había perdido muchos habitantes en las décadas anteriores y la llegada de un bebé era un signo de prosperidad y sobre todo de esperanza. Cada nacimiento era festejado con verbenas e incluso con fuegos artificiales. Hay que aclarar, sin embargo, que en el último lustro sólo habían nacido cinco niños, por lo que el dispendio no resultaba difícil de asumir para los aljamaneños.
De los cinco, solo tres permanecían en el pueblo: Estrella, Luz y Martín. Tenían la misma edad; los tres habían nacido en la primavera del mismo año. Hay quien dice en el pueblo que esa coincidencia no era casual y que se debía al buen tiempo que había hecho en el verano y a las cosechas que habían sido muy buenas.
Sea como fuere, el hecho es que los tres amigos se habían criado juntos en completa libertad, jugando en el campo con los animales, saltando acequias, recolectando moras, y volviendo a casa con rapidez cada vez que escuchaban la llamada de sus madres.
Eran felices incluso cuando iban al colegio. La profesora, Rosa, les enseñaba cosas muy interesantes y les dejaba jugar para que experimentaran.
Pronto se acercaba la navidad, y la señorita Rosa adornaba siempre la clase con guirnaldas y flores de papel que los niños habían cortado y ensartado con mucho cuidado. Como lo hacían todos los años, y la señorita era muy cuidadosa, los guardaba siempre al acabar la navidad; este año, al sacar la caja de navidad, se dieron cuenta de que tenían una gran cantidad de guirnaldas de todos los colores, de modo que la señorita decidió fabricar algo especial: dibujarían las figuras de un belén, las colorearían, las recortarían, y las pondrían en la pared.
Así lo hicieron. Dibujaron, colorearon, recortaron y colocaron en la pared las figuras de José, la Virgen y el Niño Jesús. ¡Había quedado tan bonita!¡Era una familia tan feliz!
Todos estaban muy contentos, todos excepto Martín. Parecía un poco triste. Estrella y Luz le preguntaron qué le pasaba. Él contestó apesadumbrado:
-No sé si mi papá podrá venir esta navidad. Está en Alemania trabajando y, como está muy lejos y el avión cuesta mucho dinero, ha dicho que quizás este año no pueda venir.
-Pero eso es muy triste... ¡La navidad sin tu papá..!, dijo Luz
-¡Eso no puede ser, de ninguna manera!, dijo Estrella. ¡Es necesario que hagamos algo para que tu papá pueda venir! Y se quedó muy pensativa.
Esa noche, cuando la niña se acostó en la cama, no se durmió sino que se quedó despierta buscando una solución. Al fin la encontró. Saltó de la cama y fue corriendo a la habitación de sus padres. Llamó a la puerta y dijo:
"Mamá, papá, ¿puedo pasar?"
"Pero hijita, ¿qué te sucede, estás enferma, te duele algo?", respondió su mamá con preocupación.
"No mamá. Veréis. El papá de Martín no puede venir esta navidad porque no tiene dinero para el viaje. He pensado... que si te ayudo a hacer un bizcocho y lo vendemos a los vecinos, podemos ganar dinero y dárselo al papá de Martín".
"Pero hija, dijo su papá, has tenido una magnífica idea. ¡Claro que el papá debe venir a pasar la navidad con la familia! Debemos hacer lo que esté en nuestras manos para buscar una solución y... esa que dices no es una mala idea. No, no lo es".
"Tenéis razón", dijo la mamá. "Mañana temprano compraremos los huevos y la harina para hacer el bizcocho. Cuando vuelvas de la escuela lo haremos".
"Mientras tanto, yo, dijo el padre, invitaré a los vecinos a que vengan a merendar a casa y les ofreceremos el bizcocho".
Así lo hicieron.
Al día siguiente, a la hora de la merienda, estaban todos los vecinos reunidos en torno a una mesa, humildemente dispuesta, con trocitos de bizcocho en cada plato y una taza de chocolate caliente para acompañar.
Todos dijeron que estaba buenísimo, y agradecieron la invitación.
Entonces, la mamá de Estrella le dijo:
"Cariño, explícales a nuestros amigos el problema que tiene Martín y la solución que has encontrado".
Así lo hizo Estrella.
Los vecinos, después de escuchar a la niña con atención, la observaron con cariño y dulzura. Se miraron unos a otros y, al fin, uno de ellos, que tenía fama de ser adusto, dijo:
"Estrella, haces honor a tu nombre. Eres una niña buena, cariñosa y, además de inteligente, muy resolutiva. Por supuesto que no podemos consentir que la familia de Martín no se reúna esta navidad. Pero no tenéis que vender nada, todos aportaremos lo que buenamente podamos para comprar el billete. ¡El papá de Martín estará aquí, cueste lo que cueste!"
Así lo hicieron. Cada familia contribuyó con lo que podía, poco o mucho, y el billete se compró.
El papá de Martín pudo volver a casa por navidad. Martín estaba tan feliz que no paraba de dar besos a todo el mundo: a sus papás, a sus amigos y a todo el que se encontraba por la calle.
Esa navidad no faltó nadie a la mesa. Todo el pueblo fue invitado a la casa de Martín para la cena de nochebuena. Allí se reunieron todos para cenar y celebrar que todos formaban una gran familia. Cada cual cocinó su especialidad. Esa noche se comió, se cantó y se bailó. Incluso se jugó a la cartas en la madrugada, después de la misa del gallo.
Desde aquel día, cuando llega la navidad, todos los vecinos se reúnen para celebrarla y los niños cantan:
“Cuando un pueblo comparte con generosidad,
la unión trae esperanza y calor de verdad.
La Navidad florece con fuerza y ternura,
cuando juntos vencemos la ausencia y la duda.”