Había una vez un rey que era tan bueno, tan bueno, que se dejaba guiar ciegamente por sus consejeros. Siempre se hacía lo que ellos decían. La reina no se quedaba atrás; nunca discutía su decisión.
Una noche, cuando ya estaban solos en la alcoba dijo el rey Timorato, que así se llamaba, a su esposa la reina Medora:
"¿Sabes querida, estoy pensando que quizás no hacemos bien en dejar que los consejeros dirijan nuestro reino así como así, sin que nosotros tomemos parte ello".
"No sé marido mío. ¿Por qué lo dices?"
"Escucha amada esposa: Esta mañana paseaba tranquilamente por los jardines del palacio. Me sentí cansado y decidí sentarme a la sombra de un pino, detrás del gran seto. Cerré los ojos para protegerlos de la luz brillante que quemaba mis pupilas. Escuché un murmullo de voces que se acercaba en mi dirección al otro lado del seto. Tenían un acento extraño, por lo que deduje que se trataba de extranjeros que iban de paso. Pronto llegaron a mi altura y me di cuenta de que se sentaban buscando la sombra del enorme pino que llegaba hasta el otro lado".
"¿No te vieron?", dijo la reina Medora.
"No. No se dieron cuenta de mi presencia. Iba a llamarlos cuando escuché que hablaban de mí. Sentí curiosidad y decidí mantenerme en silencio y prestar atención a la conversación. Escuché que decían":
"Este rey un bonachón".
"Más que bonachón yo diría un poco débil, indolente, incluso quizás hasta un poco corto y cobarde".
"Sí, prefiere callarse, no hacer nada, y no enfrentarse con el consejero Vivillas. Este si que sabe mandar y salirse siempre con la suya", decía otro.
"LLevas razón. Él ordena y dispone. Incluso se inventa políticas que vende como democráticas y progresistas cuando no son más que órdenes que solo él dispone y que nadie se atreve a criticar. ¡Ni siquiera el rey!"
"¡Bah! ¡Ese es un blandenge!"
"Eso mismo digo yo. Además, como Vivillas ha establecido que, por ley, en este reino de Jauja se come, se bebe, se disfruta y no se trabaja, todos los súbditos, incluidos los reyes, se han hecho unos flojos blandengues que no pueden ni pensar".
"¡No solo eso! No es que no piensen, ¡es que ya no saben hacerlo!"
"Llevas razón. En cuanto a lo del disfrute... son tan flojos, tan flojos, que por no cocinar se comen los alimentos crudos".
"¡Qué agobio me está entrando! Solo pensar en vivir aquí un solo día me pone de los nervios".
"¿A que sí? Me pasa igual que a ti".
"Pues ¡hala, abrevia, que se hace tarde y quiero llegar a mi casa!"
"¡Eso es! Emprendamos de nuevo la marcha a nuestro querido Reino de Fortaleza en donde se come, se bebe y se disfruta de verdad porque se trabaja, se estudia y cada uno elige su destino".
"Exacto. No como aquí que no son sino borregos tontos y vagos a los que les convencen de que son felices".
"¡Ja,ja! Corre, corre, no vaya a ser contagiosa la tontería".
"Y salieron corriendo", dijo el rey.
La reina escuchaba a su esposo en silencio, los ojos muy abiertos y la barbilla temblona. Cuando el rey dijo la última frase, y hubo una pausa, se decidió a intervenir:
"Querido, ¿no te parece que llevan razón esos extranjeros?"
"¡Absolutamente! He estado pensando y, como tú, creo que los extranjeros decían verdades como puños. Sin embargo, nunca es tarde para enmendar los errores. Desde mañana, el consejero Vivillas será destituido y se reunirá de urgencia el Consejo, cuya misión será convocar a los súbditos a una votación para nombrar un grupo de sabios que nos educarán a todos en la convivencia, el trabajo y el esfuerzo".
Mientras el rey así hablaba, la reina, que se había sentado en el borde de la cama expectante, tenía que contenerse para no aplaudir antes de que acabara el discurso. Sus ojos reían, sus mejillas redonditas tiraban hacia arriba de sus labios, teñidos de rojo pasión, dibujando una maravillosa sonrisa. Un estremecimiento de alegría recorría su cuerpo y la hacía brincar ligeramente. Al fin dijo:
"Querido, siento como si ahora fueras el rey de verdad. Un rey fuerte, valiente, seguro de sí mismo y resolutivo. ¡Este es el hombre que amo! Creo que desde ahora te llamaré Resoluto. ¡Ya no eres pusilánime!"
El rey, conmovido, dijo:
"Amada mía, a tu lado soy un hombre feliz y capaz de afrontar cualquier dificultad. Yo, querida, te llamaré Valeria, porque eres una mujer valiente".
Se fundieron en un abrazo. Esa noche durmieron apaciblemente.
Al día siguiente el rey mandó llamar a los principales consejeros. A Vivillas le informó de que quedaba relevado de su cargo. Informó al resto de las decisiones que había tomado y les pidió que dieran las órdenes oportunas para organizar los comicios.
Así se hizo. Desde aquel día la vida en el reino de Jauja cambió: No solo se bebía y comía, sino que se disfrutaba trabajando y estudiando. La comida y la bebida era mejor. Los momentos de placer se diversificaban y cada uno elegía su futuro de acuerdo con sus capacidades. Es verdad que los mandones y los vagos no desaparecieron del todo pero, desgraciadamente..., ¡eso es algo que no se puede evitar!
Moraleja
Quien deja de ser pusilánime y actúa con valor demuestra que la verdadera fuerza no es imponerse, sino cumplir con responsabilidad y ayudar a los demás a crecer. La valentía cotidiana, esa que nace del trabajo honesto, del orden y del respeto, aporta seguridad y bienestar para todos.