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Alba

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Don Fells Azuz, el gato persa

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Don Fells Azuz había sido, hasta cumplir los quince años, un pacífico ciudadano del Imperio Gatuno. 

Poco aficionado a trabajar, pasaba el día durmiendo en el sofá. Su cuerpo musculoso y redondeado necesitaba descansar, recobrar las fuerzas perdidas en las batallas nocturnas que tenían lugar en los tejados de la ciudad. Estas batallas no eran cruentas como las de los humanos. No había luchas ni siquiera confrontaciones. Cuando la silueta majestuosa de don Fells Azuz aparecía los demás gatos, silenciosos, abandonaban el lugar o se apartaban respetuosos caminando hacia atrás, con la cabeza baja, como hacen los súbditos de un reino o imperio, ante su majestad el rey o el emperador. Las gatas, por el contrario, se erguían anhelantes después de haber atusado su pelaje con deleite. Todas esperaban ser la amiga elegida para los juegos nocturnos del aristocrático gato.

El señor Azuz era grande de tamaño, la cabeza redonda y el cráneo ancho. La cara redondeada. Los pómulos fuertes y prominentes. La nariz chata. El hocico corto y el mentón fuerte. Los ojos son grandes, redondos, bien abiertos y muy separados, de un color azul muy intenso y brillante. Las orejas pequeñas y redondeadas,  siempre atentas a lo que pudiera suceder. El pelo largo y espeso, de un blanco reluciente, largo y de tacto sedoso.​

Don gato no se alteraba con facilidad, solo cuando los niños de la casa le tiraban del pelo o de la cola sin respetar sus siestas. Esto sucedía raramente puesto que los niños habían crecido con él y ahora eran adolescentes que focalizaban su atención, siempre recostados en sus camas o en el sofá, en unos objetos que llamaban "móviles". 

Ahora nadie lo molestaba. Se sentía seguro de sí mismo. Su alcurnia le hacía poderoso. Su fuerza era su belleza. 

El tiempo transcurría apaciblemente hasta que una noche quiso su desgracia que apareciera en su tejado un gato desconocido que no le mostró el respeto al que estaba acostumbrado: No solo no se apartó de su camino sino que no alteró su trayectoria ni un milímetro. Ya frente a él no bajó la mirada y desafiante se irguió majestuosamente ante Don Fells Azuz y le dijo:

"Cuidado abuelo, apártese de mi camino. ¿no ve que puede caerse del tejado y hacerse daño?"

El señor Azuz miró al desconocido y entonces se estremeció. Se reconoció en esa imagen imponente, desafiante y orgullosa que lo miraba con desdén. Recordó entonces que él había hablado de la misma forma a un anciano gato que se cruzó en su camino. 

En ese mismo instante fue consciente del paso del tiempo. Ahora él era el anciano que debía ceder su posición a la juventud que se imponía. Ahora se avergonzaba de su insolencia y su egoísmo. Ahora sabía que el imperio gatuno no le pertenecía sino que había tenido la fortuna de disfrutar de él por un tiempo y que había llegado el momento de pasar el relevo a los jóvenes.

Se apartó desconsolado y se retiró a un rincón. De allí salieron unos maullidos lastimeros que parecían decir:

"¡Qué pena haber perdido el tiempo en tanto acicalamiento improductivo... ¡Qué tonto he sido! ¡Podía haber dedicado mi vida a aprender, a cuidar de los demás, a ayudar para dejar un mundo mejor!"

De pronto notó a su lado la presencia de una gata que se acercaba ronroneado. Era Anastasia, su compañera, que lo esperaba cada noche, con la paciencia y la sabiduría que conlleva la edad y la experiencia. 

"Azuzito, yo te esperaba, dijo cariñosa. Ahora es tiempo de vivir tranquilos, el uno para el otro, sin preocuparse de demostrar nada a los demás. Poco importa la fuerza y la belleza impostada. Sé el gato honrado que amo".

Acercaron sus cabecitas y se lavaron el uno al otro con sumo cuidado y deleitoso ronroneo.

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6 minutos 52 segundos

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