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Alba

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Soni, el ratoncito que quería volar

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En lo más profundo de un bosque lleno de sonidos susurrantes y hojas traviesas y bailarinas, vivía un pequeño ratón llamado Soni. Su hogar estaba escondido bajo las raíces de un gran roble, donde vivía con su mamá, su papá y sus tres hermanitos. Aunque Soni era feliz jugando entre las setas y recolectando migas de pan, tenía un sueño que le hacía suspirar cada día: ¡quería volar!

Cada mañana, Soni salía al claro del bosque y miraba al cielo. Veía a los gorriones haciendo piruetas, a las golondrinas cruzando las nubes, y a las mariposas flotando como pétalos en el viento.  

"¿Cómo será sentir el aire bajo las patas", se preguntaba con los ojos brillantes.

Sus amigos del bosque no entendían su deseo.  

"¡Pero Soni, los ratones no vuelan!", decía la ardilla Pipa, mientras saltaba de rama en rama.  

"¡Tienes patas, no alas!", añadía el topo Umbro, que prefería los túneles a las alturas.

Pero Soni no se rendía. Con paciencia y creatividad, construyó unas alas con hojas secas, ramitas y plumas que encontraba en el suelo. Las ató con hilos de telaraña y se subió a la colina más alta.  

"¡Ahora sí!", gritó, y saltó con todas sus fuerzas…  Pero en vez de volar, rodó cuesta abajo como una pelota, aterrizando en un charco de barro.

Triste y cubierto de lodo, Soni se sentó bajo un arbusto. Fue entonces cuando escuchó una voz profunda y amable:  

"¿Por qué estás tan cabizbajo, pequeño?"  Era Óscar, el búho sabio del bosque, que lo observaba desde una rama alta.

Soni le contó su sueño y su fracaso. Óscar lo miró con ternura y dijo:  

"Tal vez no puedas volar como un pájaro, pero puedes volar con tu mente. ¿Has probado a escribir tus aventuras?"

Los ojos de Soni se iluminaron. Era un ratoncito muy inteligente, y desde muy pequeño había puesto mucho interés en aprender a escribir. Esa misma noche, con una ramita como lápiz y robustas hojas como papel, comenzó a escribir. Inventó historias de ratones que volaban en globos fabricados con flores de diente de león, que surcaban el cielo en aviones de papel, y que viajaban por las estrellas en cometas luminosos y mágicos. 

Pronto, todos los animales del bosque, sabedores del conocimiento de Soni, comenzaron a reunirse alrededor del roble para escuchar sus cuentos. Incluso la ardilla Pipa, el topo Umbro y el búho Óscar se emocionaban con cada nueva historia.

Y aunque Soni nunca tuvo alas, descubrió que volar no siempre significa elevarse y moverse de un punto a otro en el aire, sino abrir la mente e imaginar extraordinarias aventuras que se puedan compartir con los demás. Porque a veces, volar no significa despegar del suelo… sino elevarse con la imaginación. El poder de la mente es más fuerte que el de las alas.

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