¡Por qué se casó Godofredo? Arcanos insondables presenta el alma de los hombres corridos que, cuando menos se lo piensan, pónense en peligro de que los corran a ellos. El caso es que Gutiérrez dobló la cerviz al yugo sacrosanto, y desde la noche de sus bodas acostábase a las nueve y veinticinco minutos cuando más tarde, y no consiguió salir de día, si no era acompañado de su dulce y amante esposa.
Una noche, mejor dicho, una tarde que se presentó en su casa a las ocho y diez, en vez de presentarse a las ocho menos cinco, que era la hora prefijada por la cónyuge, vióse castigado con privación de postre, sin que le sirviera de pretexto la razón de haber estado tomando un vermouth al que fue galantemente invitado por un amigo.
—Si llego yo a saber que voy a comer menos—decía el infeliz—no hubiera tomado el aperitivo.
—La culpa la tengo yo—replicaba la mujer—porque he cometido la imprudencia de dejarte salir solo. Pero no volverá a ocurrir. ¡Vaya usted a la cama inmediatamente!
Y Gutiérrez, con la cabeza baja, partía silencioso a recogerse en el misterio de la alcoba. Allí meditaría sobre su situación y acerca de un plan maravilloso que su amigo Fernández, el del vermouth, le había propuesto Para redimirse.
El sistema ideado era completamente primitivo. Consistía en una disposición facultativa que mostrase la necesidad de suprimir el tálamo, y que Godofredo y su mujer durmiesen en habitaciones separadas.
Una vez cumplida esta primera parte del programa, Gutiérrez podía salir de su casa cuando todo estuviese en silencio. Y como necesaria precaución, por si la mirada inquisitiva de la esposa llegaba en plena noche al ojo de la cerradura de su cuarto, hacíase menester un maniquí que dando la sensación de un bulto humano bajo las sábanas del lecho, tranquilizase a la consorte.
Cumplióse todo como se pretendía. El médico determinó la separación de dormitorios y Gutiérrez proveyose del monigote de alambre con cabeza de cartón que había de suplantarle por las noches.
Gutiérrez no quería confesarlo, pero se aburrió mucho cuando consiguió irse subrepticiamente de orgía, y se encontraba descentrado en lo que en otro tiempo era su elemento. El vino le sabía mal, las mujeres le parecieron sucias y los amigos inaguantables. Además al cabo de una hora de encontrarse de jarana, ya se estaba cayendo de sueño. Pero porque lo dijeran estuvo haciendo como que se divertía mucho, y ya era de día cuando Godofredo llegó a su casa. De puntillas llegó a su habitación y antes de abrir miró por la cerradura. Allí estaba el muñeco. Entró Gutiérrez, ocultó el maniquí en un guardarropa y se acostó aunque por poco tiempo. Al levantarse para ir a la oficina halló a su mujer alegre y decidora. Por lo visto no sospechaba nada.
Cuando a la tarde volvió a su casa quiso extremar sus amabilidades con ella, y se dirigió resueltamente a sus habitaciones.
—La señora está acostada—dijo la doméstica saliéndole al paso.
Gutiérrez, haciendo uso de su autoridad de marido, abrió violentamente la puerta del cuarto de su mujer.
—¡No se puede pasar!—gritó ella, lanzándose al encuentro del esposo, quien pudo ver como en el lecho se destacaba una silueta probablemente masculina.
—¿Quién es ese miserable?
—¡Perdón para los dos! —exclamó ella.
Gutiérrez llegóse hasta la cama, descorrió las ropas y encontróse con su rival, mientras su mujer reía grandemente. Porque el rival de Godofredo... era su propio maniquí.
—Sí, hijo mío, sí—le dijo su mujer—. Anoche me acerqué a tu alcoba y vi este monigote al que tomé por tí. Pero se me ocurrió llamarte y al ver que no contestabas, entré por si te ocurría alguna cosa. Entonces me encontré con el muñeco. No quise quitarlo para que no supieras que habías sido descubierto. Luego cuando te fuiste a la oficina, lo encontré en el guardarropa y te preparé este mal rato.
Godofredo sonrió satisfecho de haber escapado del peligro temido y merecido. Y el matrimonio se abrazó.
—He sido déspota contigo—dijo ella—, lo comprendo. Y desde ahora puedes salir de noche como de día, siempre que te parezca bien.
Gutiérrez aceptó con alegría la licencia, y la aprovechó frecuentemente. Por cierto que algunas madrugadas al regresar a su domicilio, se acercaba a la puerta del cuarto de su mujer, y al mirar por el ojo de la cerradura, veía clara y distintamente la silueta de otro cuerpo al lado del de su mujer.
Y se retiraba tranquilo diciendo:
—¡Qué cosas tiene! Para recordarme mi engaño de aquella noche, cada vez que sabe que he salido se acuesta con el maniquí.
Pero la historia sabe que a partir de aquella noche célebre, la mujer de Gutiérrez había sustituido el maniquí de alambre por otros más perfectos y animados.
Flirt (Madrid). 21/9/1922, n.º 33