G. Gómez de la Mata
El amor y la estimación no suelen ir unidos. Resulta doloroso que la persona a quien se ama no sea estimable, por lo general, y más doloroso todavía, no poder amar a la persona que merece la mayor estimación. Sin embargo, acaso sea mejor esta casi incompatibilidad de los dos sentimientos, porque merced a ella el amor se torna más picante y la estimación más pura.
La mujer se reduce a un sexo, estilizado y aun sublimizado a veces. El hombre, cuando más, es todo un animal presuntuoso.
Los amores entre mujeres, aunque censurables, no repugnan como los amores entre hombres. Hay en la mujer no sé qué delicadeza que la salva siempre de la fealdad y del ridículo.
El matrimonio es una institución establecida contra el amor, no para el amor. Dos amantes pueden amarse con la misma intensidad durante muchos años; en cambio dos esposos dejarán de amarse a los pocos meses de serlo, y en el caso más favorable, su amor se trocará en amistad o en comunidad de afecto por el hijo.
¿A qué obedece esa atracción morbosa que sienten todas las mujeres hacia los hombres afeminados? Nadie sabría explicarlo, ni ellas mismas.
Aprovechemos nuestra juventud, efímera como las rosas», y hasta el principio de nuestra madurez, rosa de Octubre vagamente impregnada de melancolía, para poder al fin detenernos a tiempo. No hay nada tan triste como el espectáculo de esas personas que no han vivido una juventud y ostentan una grotesca vejez llena de quiméricas esperanzas y de ensueños abortados. La única vejez digna es la que se nutre de jocundos recuerdos juveniles sin pretender continuarlos a deshora.
De los grandes orgullosos salen para el amor los grandes tímidos.
Flirt (Madrid). 21/9/1922, n.º 33