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Ortega Munilla

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Sueño de una noche de octubre

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Es que mueren las hojas, o es que recobran su libertad Presas en el alto chopo, han sido mecidas y columpiadas por el viento, teñidas de oro por el sol, lavadas y barnizadas por el agua. Bajo ellas se han escondido los gorriones, y bajo ellas también se han sentado los novios, porque el amor busca la sombra de los árboles. He aquí explicado por qué las manos de los novios se unen tantas veces, a través de una cortina de follaje, cogiendo un nido. Cupido tiene algo de pájaro.


Ellas caen, y secas, abarquilladas, guiñapos tristes del traje que Flora ostentó, corren arrastradas por los primeros huracanes. ¡Fúnebre concierto el que forman las hojas barridas por la escoba del viento, las tejas goteando sobre las losas de la calle, y el turbión empujando, agitando, queriendo apagar el farol de aceite encendido ante la imagen! Ahora empiezan los sueños inquietos. La imaginación dormida entrega su cetro, que es un rayo del sol, a las manos del remordimiento; y el que tiene en la conciencia algún peso, algún rinconcillo poco limpio, algún gatuperio social de ecos que el mundo perdona, que la ley perdona, que los jueces toleran... pero que el alma llora, ven surgir ante sus ojos furiosos emblemas de lo pasado...

¡Lo pasado... que es para unos un pedestal de mármol y para otros una estatua de cieno!


Dejadme revolver las alforjas de lo pasado y hallar en ellas esta historia.


Allá, allá lejos, donde las nubes bajan al río en busca de agua, donde se levanta aquel grupo de castaños, donde el terreno, siempre vestido de hojas, se encrespa, se irrita como mar detenido por dique poderoso, y produce ondulaciones, crestas, montañas, una epopeya de granito y musgo... allí hay una casa solariega que encierra entre sus pobres muros toda la vanidad hijodalga de aquellos ilustres guerreros que tenían un potro incansable, un mandoble invencible, un galgo cazador y un escudo sin mancha. Las rentas de sus moradores son escasas. Los nobles hidalgos han venido a menos. Su sangre es siempre azul, pero su bolsa sólo encierra cobre! El doblón se ha convertido en perro grande.


Murió el abuelo, murió el padre... queda sólo una mujer, último descendiente de lo que pudo ser dinastía y se convirtió en parentela. Su rostro expresa la tristeza; es bella, pero bella sin encanto. Su hermosura pertenece al orden gótico. Es un rayo de luna filtrado por un transparente de la catedral de Toledo... ¡Venus entre cirios funerales!


Las gentes del país la llaman la señorita de Albaladejo, porque Albaladejo se nombra el obscuro rincón en que finca un caserío donde hay más palomas que seres humanos, más hormigas que granos de trigo y más tejas rotas que pesetas para componerlas. Era una hidalga de gotera; mas no creía en su hidalguía. Consultaba más veces su corazón que su escudo, y sobre las diferencias de linaje asentaba la igualdad de sentimientos.


Iba aquella mañana camino de la iglesia, y como estos pueblos montañeses no están agrupados en aglomeración de casas, como los bollos de la tía Javiera, en un pelotón indescriptible, sino esparcidos por el bosque, no es posible salir a la puerta de la calle sin ver el campo. El hombre vive allí en amores con la selva. El ciudadano se complica de Fauno. En toda gruta se esconde un sátiro.

Marta Albaladejo pasó por el talud del prado embebida en sus ideas, pero no pudo menos de advertir que la primavera despertaba! Las madreselvas se desperezaban, columpiándose en sus colgajos verdes. Asomaban en el tronco verrugoso de las vides los primeros trajes del hombre, que fueron abuelos del frac... ¡las hojas de parra! El álamo se tornasolaba y las arañas tendían sus hamacas entre dos ramas. El junco chupaba al arroyo y al estanque su linfa sagrada, y el vilano—esa trell erra de pluma—flotaba en el viento y se paseaba por la atmósfera. La cigarra preludiaba su cántico, que es la música de la pereza, y en todo manojo de flores había el propósito de convertirse en ramo, y toda música de fuente en endecha de amor, y toda palpitación del aire en caricia dulce de las frentes enamoradas. Marta llegó a la iglesia pensando en que aquella mañana tenía que sufrir la más horrenda de las humillaciones y en que aquella tarde iba a gozar el más excelso de los placeres.

A las once, después de misa, iba a ver a don Nepomuceno, el avaro del pueblo, para pedirle un préstamo con que pagar la contribución. A las tres debía llegar en un coche, que hacía el servicio entre Albaladejo y Sisante, un hombre joven y hermoso, delicado y sublime... un Apolo con título de médico, de quien ella estaba enamorada. Para llegar a las tres había que pasar por las once.

¡Ah, si el reloj hubiese sabido hacer brincar sus agujas sobre la hora enojosa, Marta, la pobre Marta, hubiese sido completamente feliz!


El avaro dió el dinero y el médico llegó. Marta fué feliz veinticuatro horas... Luego el cobrador de contribuciones se llevó el dinero, y el ferrocarril se llevó al médico.


El médico se hizo célebre. Parece que le amputó medio cráneo a un sabio y se le puso nuevo, viniendo a resultar que luego el sabio se convirtió en ignorante. Le había arrancado el órgano de la erudición. Aquel hombre quedó incapacitado para ser académico, pero llegó a viejo. Además, el médico descubrió que el hombre se podía morir de un par de enfermedades nuevas. Esto era sublime; era hacerle dos agujeros más al puchero que encierra el licor de la vida; dar dos títulos más a la muerte e introducir agradables innovaciones en el arte de escribir epitafios... El médico se hizo popular, y Marta, escondida en su Albaladejo, cuidando sus gallinas, tejiendo sus calcetas, vivía en una santa frugalidad sensual y espiritual, de que sólo la sacaban los atracones de gloria que le producía el lejano resplandor de aquel sol de los flebotomos. Ella le amaba, por más que él no la escribía. Ella le esperaba, aun cuando él no le había dicho que iba a volver. Marta estaba a media correspondencia con la felicidad.


Y pasaron muchos otoños, y el valle de Albaladejo y los lejanos verdes picachos de Nidonegro se blanquearon de nieve, se pintaron de abigarrada floración, se llenaron de ganados de alba lana, y quedaron de nuevo tristes, solos, hechos panteón del idilio; y cuando la luna vino con luz en el primer creciente del mes de octubre, la sombra helada y rígida de aquel ciprés negro y escueto se marcó en el suelo desnudo como el mástil del falucho de la muerte encallado entre las peñas de la eternidad.


Marta había adelgazado mucho, se había espiritado y convertido en un ser casi transparente. Había cumplido los treinta años. Los treinta años son a la mujer lo que el mes de octubre al año. Viene la primera cana; hiela en el alma el primer filón de nieve; en la ideal y soñada canastilla de novia hace su primer nido la lechuza. Entonces es cuando Virginia sabe que Pablo ha muerto.


Pero, delgada y todo, esperaba siempre. Ella soñaba con que el médico, harto de gloria, iría a buscar el amor, y en que dejaría los lechos de los hospitales por el de Himeneo... Entonces supo que el médico había llegado al pueblo.

—¡Hoy ha llegado! ¡Hoy vendrá a verme!—pensaba Marta.

La coquetería despuntó bajo la tristeza como el resalvo del pino bajo la nieve... Marta se compuso; se ajustó el talle, enredó una flor de nardo en sus bucles, buscó el espejo, y en él una mirada complaciente y aduladora que la dijese: ¡Eres bonita! ¡Puedes ser amada, idolatrada, adorada con pasión, con frenesí! El espejo estaba roto, el nardo se cayó del bucle... y las ilusiones... de su alma. El médico no vino. Dígase la verdad: ni siquiera se acordó de que existía Marta. La embriaguez de su gloria le hizo olvidarse de aquel amor de niñería, de aquella primavera en que él y Marta se perseguían entre las moreras y buscaban cangrejos en la margen del arroyo... Y se volvió a Madrid, llamado por un hombre de Estado que se moría de dimisión, un mal desconocido de la patología de entonces.


La señorita de Albaladejo fue haciéndose más transparente. Llegó a ser un alma y unos ojos. El cuerpo se consumió y los treinta años le quitaron toda la gracia... No pudo, con todo, ser solterona, porque el día en que iba a empezar a serlo, se murió. Su primera arruga fué la que la muerte dibuja en los párpados.

Y decía el doctor anoche, cuando la luz del día se fué y la lluvia arreció, y se quedó solo en su despacho, a obscuras y aburrido:

—¡Qué es esto que me muerde en el alma? ¿Es un remordimiento? ¡Señor, si yo no he cometido ningún crimen!

Un árbol que delante del balcón de la estancia mecía su rígida copa, soplada por el viento, soltó un puñado de hojas, y éstas, en vez de caer al suelo, parecieron animarse, tomar vida y formar un cuerpo extraño, que atravesó, sin romperlos, los cristales que tenían las ventanas del despacho del doctor, y cruzar sobre las vidrieras de los estantes en que estaba aquel rico almacenaje de monstruosidades, de cráneos absurdos, de fetos conservados en alcohol, de esqueletos y culebras...

Y el doctor quiso sonreír, burlándose de sus pueriles temores, y agitó su cabeza, como queriendo alejar toda idea enojosa; pero la sombra se enderezaba en sus pies y crecía, y el doctor escuchaba un chasqueo espantable en los esqueletos del armario, y veía las culebras disecadas correr y retorcerse en las paredes, y escuchaba a los fetos pedir la palabra y maldecir a sus autores, y las botellas de Leyden, que estaban en un rincón de la más lejana mesa, se disparaban arrojando cabelleras de chispazos, y la momia egipcia, que estaba en un armario, salía brincando de su escondite.

—¡Marta!—balbuceó el doctor—. ¡Marta! Déjame... Aquello fué un absurdo... Aquel amor fué risible... Huye... no quiero que me atormentes... Tú has muerto tísica... Tú no has muerto por mí..por amarme y no ser amada de mí... Yo sé que enfermaste de un pulmón... Déjame tranquilo... Yo analicé tu aliento y sé que tu pecho estaba enfermo... Pero yo, ¿qué tengo de culpa en ello? Mi amor te hubiese curado... Esa es una receta imposible... Esto no puede ser remordimiento, porque mi culpa es leve... Se mata con una puñalada..no con un sentimiento...

Pero la alucinación creció, y a la mañana siguiente hallaron los criados del doctor a éste desmayado en el suelo, teniendo agarrada fuertemente entre sus brazos la momia egipcia.

Noviembre, 1880.

Relaciones contemporáneas.


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