Don Benigno García del Sopor es el hombre más dormilón que puede imaginarse. Baste decir que las marmotas son el prototipo del desvelo comparadas con don Benigno.
Siempre le costó Dios y ayuda (sobre todo ayuda) el levantarse temprano para ir a la oficina, y no pocas amonestaciones hubo de recibir por su escasa puntualidad
—¿Cómo no ha venido usted antes?—le preguntaba su jefe todos los días.
—Porque se me han pegado las sábanas—respondía don Benigno, un poco cínicamente.
—Pues lo del pegado le va a traer a usted cola.
¡Ni por esas! El señor García del Sopor reincidía en sus retrasos por culpa del maldito sueño, sin poder evitarlo, por más que lo procuraba.
Cierto día fue a casa de un acreditado relojero.
—¿Tiene usted despertadores fuertes?—le preguntó.
—Sí, señor; los tengo que no se rompen ni a tiros.
—Quiero decir de timbre que suene mucho
—Precisamente acabo de recibir unos relojes alemanes que a la hora que usted quiera despertarse le tocan la overtura de Tanhauser
—¿Y no los tiene usted con descargas de fusilería?
—Sí, señor; uno me queda.
—Pues ese es el que yo necesito.
El industrial sacó, envolvió y cobró a buen precio el relojito sonoro y don Benigno cargó con él más contento que unas pascuas.
Llegada la noche, don Benigno preparó su despertador, y a la mañana siguiente...
A la mañana siguiente se levantó más tarde que nunca.
El nuevo reloj no consiguió otra cosa que alarmar terriblemente a los vecinos, que creyeron que habían estallado diecisiete bombas en el portal. Para el dueño del reloj la descarga resultó un suspiro.
La contrariedad que sufrió con esto don Benigno fué tremenda. Temía un disgusto definitivo en el Ministerio y bajo esta impresión estuvo todo el día, hasta que de regreso en su domicilio se encontró a su antiguo amigo Pepito Rescoldo, quien pronto conoció en don Benigno la contrariedad que le dominaba.
—Ni puedo remediarlo—le dijo éste—. Para mí no hay despertadores posibles.
—¿Pero no te llama la portera?
—Sí, pero como si no; porque maquinalmente a tiro a la cabeza una zapatilla o el cacharro que tengo más a mano; la mujer se enfada y no me vuelve a llamar. Es decir, después me llama... No quiero decirte lo que me llama.
—¿Y un reloj?...
—No me hables de relojes. He comprado el que suena más en todo Madrid y me arrulla cuando repica, mientras despierta a los vecinos, que creen que entonces baja encima de su cabeza, sin ser las doce, una bola como la de Gobernación.
—Pues, mira. Benigno, a mí me estuvo sucediendo lo mismo que a tí por espacio de mucho tiempo hasta que adquirí un despertador de efecto rápido y seguro. Si tuvieras uno dotado de la máquina que el mío, antes de salir el sol ya estarías despierto.
—¡Caray! ¿Y cómo es ese artefacto?
—Verás. Tiene unas manos no muy blancas, pero sí muy bonitas. Y aunque dicen que vale más por fuera que por dentro, porque le falta un tornillo, el caso es que andando no he visto nada mejor. ¡Vaya un modo de andar!... En fin, chico, da la hora.
—¡Toma! Como que esa es su obligación. También dará las medias.
—No; las medias las doy yo.
—¿Y los cuartos?
—También yo.
—¡Qué raro!... ¿Y se atrasa?
—Bastante. Pero yo le adelanto lo que necesita.
—¿Tocándole al registro?
—¡Hombre, no seas bárbaro! Eso de tocarle...
—¿Acaso temes romperle algo?
—De eso no hay cuidado.
—¿De modo que es una alhaja?
—Estupenda.
—¿De repetición quizá?
—Chico, no me he enterado de si repite o no.
—¿Pues no lo tienes al lado toda la noche?
—No, hombre. No lo tengo en mi cuarto hasta las siete, que es cuando ha de llamarme.
—¿Con el timbre?
—Con el timbre... de su voz.
—Pero, Pepe, ¿de qué me estás hablando?
—De mi despertador; de Dolores, que es la doncella, ¡una sevillana capaz de volver loco al Señor del Gran Poder, cuanto ni más que despertarle a tiempo!... ¡Vaya una mujer!... ¡Vaya un reloj de buena máquina!... ¡Y hay que ver las esferas biconvexas que lo adornan!...
—¿Conque ese es tu relojito, bribón?
—Sí, Benigno. Y dudo de que lo haya más eficaz.
—¡Dichoso tú!... Y dime, ¿no podías prestármelo por una temporada? Tengo necesidad de ser madrugador.
Tú eres buen amigo mío y no querrás que me dejen cesante estando en tu mano mi puntualidad.
—Si es sólo por unos días...
—Únicamente mientras me congratulo con el jefe.
Al día siguiente pasaba Dolores a prestar su admirable servicio a casa de don Benigno en calidad de despertador.
El primer día llegó don Benigno a la oficina cuando todavía no habían acabado los ordenanzas la limpieza del despacho.
El segundo día llegó nuestro, hombre más tarde que nunca.
El tercero no fue a la oficina. No se encontraba con fuerzas para ello.
Extrañándole a la portera la tardanza del inquilino en salir, subió al cuarto, miró por la cerradura y vio que don Benigno besaba las manecillas del reloj despertador.
Al cuarto día el pobre señor devolvió el reloj a su amigo con una carta que así decía:
«Querido Pepe: Tu reloj espabila demasiado, tanto, que acaban de enviarme del Ministerio la cesantía. Está visto que para mí no hay relojes posibles. Te devuelvo el tuyo, que además de una mujer es una paradoja; porque lleva cuerda para rato... y eso que no tiene nada de cuerda... ¡Ya ves!...
Tu agradecido y adormilado amigo
Benigno García del Sopor.
Revista Flirt (Madrid), 25/5/1922