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Ortega Munilla

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El vals de Calixto

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Calixto era un viejo, auxiliar en la Biblioteca del arcaico lugarón de Muriedro. La edad le había quitado la esbeltez y la gracia que dicen que tuvo. Era delgado, con un rostro cetrino, comparable a una máscara de bronce, moldeada sobre las facciones del dolor. Ahora está en la sección de infolios y pergaminos arrugados, puesto siempre delante de un facistol movible, en el que se renuevan grandes pedazos de rugoso cuero amarillo llenos de letras rojas, que parecen heridas abiertas en la historia, por las cuales sangran aún los héroes muertos de que en ellas se habla. Calixto traduce al castellano aquellos cronicones antiquísimos, donde se elogian las más brutales carnicerías, y se ensalza a los más crueles carniceros. Calixto es un sabio de esos que sólo saben lo que pasó, y para quienes es el porvenir, algo brumoso y desconocido, una batalla de nubes sobre un abismo.

*

Cuando yo fui a verle, el sol se ponía, y era una tarde de Octubre. Caía lentamente la luz, volviendo naranjados los vidrios amarillos de los transparentes. El viento sonaba retorciéndose en la calleja inmediata. Calixto, envuelto en el postrero rayo del sol, tenía no sé qué extraña fisonomía de íntimo júbilo.

—¡Ah! —me dijo:—Hoy he vuelto a recordar aquellas notas... Un vals. Debe de ser el primero que se ha escrito... Es una carcajada que acaba en llanto... Nunca te he contado esta historia... Es la del único día alegre de mi vida, y el más horrible de ella al mismo tiempo... El amor se asomó a mi alma, y echó en ella una lluvia de jazmines que me perfumaron y murieron. La ilusión me prometió en un solo instante una dicha eterna... La ilusión es la hermana menor del desengaño. Ella nos enamora, nos sonríe, nos da una cita en su reja, y cuando hemos acudido, llega el hermano y nos mata.

*

Leocadia—continuó Calixto—era prima mía. Yo he sido primo de la hermosura. Sus ojos chispeaban con lumbre de amor, y su nariz recta tenía dos alillas trémulas, y en medio de la mejilla siniestra un lunar negro que parecía, sobre la blancura del cutis, una mata de juncos en un campo nevado.

*

—¡Horas dichosas las pasadas en el destartalado salón de la casa solariega de mi tío! Yo adoraba a Leocadia, y al verla vestida de blanco con las trenzas negras mal atadas rozando el cuello y el talle, tan endeble como una columnilla de marfil, me parecía una de aquellas princesas de mis libros viejos que, saliendo al mundo de la realidad de detrás de la más elocuente página, resumía en el breve cielo de sus ojos los premios prometidos a los vencedores de cien combates. Yo perdí el aplomo, la calma, el sosiego. Me encontraba tan feo, tan pobre, tan ruin, tan ridículo, que llegar a alcanzada lo tenía por un sueño, que me amase absurdo, y que yo la olvidase imposible.

*

Ella tocaba el fortepiano;  sus manos corrían semialadas sobre las teclas. Combinábanse la celeridad de sus dedos blancos y el concento de la música. Era un relámpago de blancura, sobre una carcajada de armonía.

*

Y estar allí, cerca de ella sentado junto al piano, viendo moverse sus ojos, estudiando las inflexiones que tomaba la curva de su garganta al levantarse el rostro y alentar el seno; y no obtener de aquella mujer ni una mirada, ni conmover un instante la fría, la helada impasibilidad de su espíritu era un paraíso complicado de infierno, una caricia y una puñalada.

*

Leocadia no podía amarme. ¿Pero amaba a otro? Esta pregunta me mataba. ¿Cómo resolverla? Espié de noche sus balcones esperando ver pendiente de ellos una escala de seda, y oscilando sobre el empedrado la capa del amante abandonada en el balaustre. Rondé la verja del jardín, y crispé mis puños más de una vez imaginando que los arbustos negros eran hombres. Yo veía en toda sombra un rival.

*

Una tarde me esperaba Leocadia; me dejó estrechar su mano; yo me estremecí de dicha.

—¡Pobre primo mío!—exclamó ella.

—¿Por qué dices eso?

—Tú me quieres bien. Tú lo sentirás.

Y una lágrima escurrió de sus pestañas largas y sedosas. Después sus manos pulsaron el teclado, y oí este vals, que he vuelto a recordar hoy al cabo de veinte años. Es una música endiablada de enamorados que se persiguen, de silfos que corren tras mariposas, de geniecillos y hadas jugando al escondite en los cálices de un bosque de azucenas. Ella lo ejecutaba mirándome como se mira a un niño antes de darle un pequeño disgusto... A la noche me marché.

*

Pero volví a espiar las verjas del jardín y entonces vi una cosa horrible. Vi un embozado que salía llevándose del brazo a Leocadia. La sombra los envolvía; pero no tanto que dejara yo de apercibirme de que al traspasar las lindes del huerto sus bocas se unían en un beso No fui dueño de mí. Corrí tras ellos. Mi mano se armó de un cuchillo... Herí a ciegas, con fuerza, brutalmente. Una ola de sangre salpicó mi rostro, y quedé sin vista. Caí al suelo, y me pareció que por el balcón salía ruido de música; que Leocadia estaba de nuevo sentada al piano, y que este maldito vals sonaba, sonaba burlando mi furia, porque yo había matado a su amante, y había hecho inmortal su amor, poniendo entre dos almas una tumba.

Abril, 1882

Relaciones contemporáneas

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