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J. Manuela Gorriti

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Una hora de coquetería

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A la señorita Leonor P…

I

—¡Y!

—¡Ya!

Así se abordaron, al encontrarse una noche en el portal de escribanos, dos lindas y elegantes jóvenes.

La una resplandecía con todas las galas de la hermosura y de la felicidad; la otra, más joven aún, tenía en su bello rostro una expresión de tristeza y de resignación que la hacía en extremo interesante.

Embozado sobre el paletó en un chal escocés, seguíalas de cerca y furtivamente un apuesto caballero.

—¿Comenzaste ya —continuó lo primera— a cumplir el terrible voto?

—Sí, hace dos días sirvo en Santa Ana, y mañana tomo el hábito de hermana de la caridad.

—Pero ¿has pensado, desdichada Amalia, en el horror de encerrar tu linda cara en ese espantoso sombrerote?

—¡Qué me importa mi cara! No hay ya quién la mire.

—¿No te arredra lo chupado de esa túnica?

—¡Bah!

—Y sobre todo, hija, cinco años de esa vida de perros acabarían con tu belleza y desvanecerán el amor de…

—¡Oh, Elena! En nombre del cielo, ¡no desvanezcas tú mi ilusión! Tengo fe: déjame creer que lo severo de este voto hallará gracia ante Dios y me devolverá el amor de Luis. Además, conozco que soy culpable: lo ofendí cruelmente en ese baile fatal que motivó su partida; cuando proponiéndome parodiar por una hora el

manejo de una coqueta, rehusé su brazo para aceptar el de Belmonte, su enemigo. Soy culpable, y me impongo con placer esta rigurosa penitencia.

—Rigurosa, horrible en efecto, y que antes de mucho dará fin a tu delicada existencia.

—Y, sin embargo, lo ves, desde que hice ese voto, hace nueve días, me siento más tranquila; mi dolor se ha adormecido, y vivo bajo una extraña influencia. Paréceme que todo lo que ha pasado es un sueño; que Luis no ha partido; que está cerca de mí y que me ama. ¿Qué te diré? Ahora mismo, que venía al Tigre para comprar agua de Colonia y una crucecita de la joyería de Meyers, para llevar al convento, caminando así, sola entre la multitud, deslumbrada por la doble luz del gas y de las preciosidades que se ostentan por todas partes, he visto cruzar por mi mente un delicioso desvarío. Figurome que al tomar en el Tigre mi frasco de agua de Colonia, lo vi trasformarse entre mis manos en un lindo perfumero lleno de los más ricos extractos ingleses.

—¡Magnífico!

—Espera. Mi humilde crucecita sufrió también un portentoso cambio: volviose el espléndido aderezo de una desposada.

—¡Estupendo! ¡Qué mundana está la monja!

—Y al entrar a casa, en fin, llevando a mi madre estos bellos presentes…

—¿Hallaste a Luis?

—Has adivinado. Pero ¡ay!, en ese momento te encontré a ti.

—Y muy a tiempo para decirte: Reverenda madre de la caridad, desechad hasta de aquí a cinco años esos ensueños; y para refrescar la imaginación, venid a recorrer conmigo el salón óptico. Dicen que hay vista de París. Así, tendrás el placer de llegar allí antes que tu fugitivo.

Y, en efecto, ambas se hicieron paso entre la multitud agrupada ante la puerta del salón.

II

—¡Cómo! ¿Tú aquí? —exclamó de pronto un hombre que salía del salón

óptico, deteniéndose ante aquel que seguía a las jóvenes.

—Ya lo ves, querido Santiago.

—Pues ¿no partiste para Europa en el último vapor?

—Partí fastidiado; temí que el invierno europeo convirtiese el fastidio en tedio, y el tedio en un pistoletazo; volví de Panamá para absorber un rayo de nuestro sol que me sirviera de talismán, y heme aquí de regreso esta tarde. Pero… déjame ahora, te ruego; mañana te referiré esto y muchas cosas más. ¡Adiós!

Y el joven, separándose de su amigo, se alejó presuroso, perdiéndose luego entre las arcadas del portal.

III

La futura hermana de la caridad y su alegre compañera ojeaban entretanto las vistas parisienses expuestas aquella noche a la curiosidad de los paseantes. Eran magníficas, y mostraban los más suntuosos monumentos de la gran metrópoli.

—Amalia, acércate aquí y mira.

—El Arco de Triunfo y los Campos Elíseos. ¡Qué sitio tan bello! Mira a esas hermosas mujeres: se diría que pasan a nuestro lado.

—¡Hum! Muy luego Luis, pasando al suyo no pensará más en ti, ni se le dará un bledo de tu cándido voto.

—¡Todavía, Elena! ¿Hallas placer en destrozar mi corazón? Vámonos, que tengo prisa de separarme de ti.

—¡Vaya!¿ Olvida su reverencia que debemos efectuar en el Tigre y en la joyería esas fantásticas transformaciones? Vamos, que yo también tengo prisa de ver ese milagro.

Mas muy luego la risa de la burlona se cambió en admiración, cuando en el Tigre presentaron a Amalia, en vez del frasco de Colonia que pedía, un lindo perfumero chino cargado de esencias exquisitas. Pero cuál fue su asombro cuando en la joyería, a la demanda de la modesta crucecita, el joyero, sonriendo tudescamente, puso en las manos de la novicia una caja de marroquí en cuyo fondo

de terciopelo negro brillaba un deslumbrante aderezo. Formado de perlas y diamantes, coronábalo la diadema de una desposada. Del broche de la cerradura pendía una tarjeta con el nombre de Luis.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Este es un sueño! Elena, no te alejes, ¡tengo miedo!

—¡Hola! ¿Ahora mismo no querías separarte de mí? ¡Ea! Estamos en tu casa. La mampara está cerrada. No sería extraño que quien la abriese fuese…

—¡Ay! Partió por el último vapor, ¡¡¡no hay esperanza!!!… ¡¡Ah!!…

La puerta se abrió, y Amalia dio un grito, cayendo desmayada en los brazos de Luis.

IV

—¡Mi voto! —exclamó ella al volver a la vida.

—Sé mi esposa, amada mía —dijo Luis con voz grave, posando un beso en la frente de su novia—, y después que el sacerdote nos haya unido, cumple a Dios el voto que le hiciste, mientras yo, cumpliendo también con lo que debo a mi orgullo, desempeño en Europa la misión que acepté por alejarme de ti.

Bella Leonor, ¿has visto alguna vez bajo los anchos aleros de ese armatoste que usan las santas hijas de Vicente una frente blanca y pura, dos rasgados ojos negros, una boca formada con perlas y corales, una joven, en fin, casi tan linda como tú? Es Amalia, que expía con cinco años de tinieblas una hora de coquetería.

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