I
Las notas graves y patéticas del miserere resonaban en las bóvedas de la Merced.
Era la noche del Viernes Santo.
Profunda oscuridad reinaba en el templo y la luz de la sola lámpara que ardía en el santuario perdíase entre la inmensa masa de tinieblas.
Cerca del cuadro de la Oración del huerto, aislada de la multitud, de rodillas y como una expresión fiel de las palabras del sagrado canto, hallábase una mujer en angustiosa plegaria.
—Señor —decía, y sus hermosos ojos alzábanse al rostro de Cristo, tristes y suplicantes—. Señor, yo también con todas estas voces te pido que tengas piedad de mí. En vano he combatido con la doble fuerza del deber y del orgullo el sentimiento culpable que es necesario desterrar del corazón. En vano he abismado el pensamiento en la amargura de esta terrible verdad. ¡Nunca me amó! ¡Ama a otra! La voz del corazón responde siempre: ¡lo amo!, ¡lo amo! Ahora mismo, en estas sagradas melodías que invocan tu santo nombre, creo oír el eco de su voz, veo resplandecer su mirada y en cada una de esas notas hay un gemido del alma que lo llama... ¡Señor! ¡Señor! Arranca de mi corazón esa imagen que vive en él a pesar mío y que encuentro en todas partes hasta en tu divino semblante.
El templo se iluminó de repente, y los murmullos tumultuosos de la multitud ahogaron en los labios de aquella mujer su doliente plegaria.
El miserere había acabado.
Al profundo recogimiento sucedió una inmensa algazara y ese fuego graneado de galanterías, accesorio obligado de toda fiesta piadosa.
—Rosita —decía un elegante—, ¡qué bella es usted! Sus ojos brillan en la sombra como dos estrellas.
— ¿Mis ojos? ¡Oh, Dios me libre de ello...! Así son los de los gatos.
— ¡Carmen! —suplicaba otro—. ¿Me permite usted acompañarla?
—Al contrario, se lo prohíbo expresamente... He encontrado aquí a Elisa... No la he visto desde que se fue a Chorrillos y tiene que hacerme muchas confidencias. ¡Ah! Hela allí... ¿Elisa?
La bella joven a quien así llamaban tomó el brazo de Carmen y continuó con ella una conversación ya comenzada.
II
—Tres horas a su lado, tres horas solos los dos, perdidos como en un desierto en el vasto silencio de la noche, sus ojos fijos en mis ojos, que absorbían su mirada enviándola al corazón en ondas de delicias. ¿De qué hablábamos? No lo sé. Con frecuencia olvidaba sus palabras por escuchar el acento de su voz, como una música melodiosa cuya letra se descuida por atender a su mágica armonía.
— ¡Qué romántica estás esta noche!
—Quiero ser franca... Nada de esto es mío... Lo sorprendí en el libro misterioso de María y lo digo para que oigan estos cándidos que nos siguen.
—A propósito... ¿Viste a María? Estaba cerca de la Oración del huerto.
—Sí... Tiene un amor nebuloso, no sé por qué.
—Yo sí lo sé.
— ¿Y no me lo decías?
—Tú no debes saberlo.
—Carmen... ¡En nombre del cielo...!
—¿Te empeñas en ello? Bien... María ama a Fernando.
—Ella... ¡Oh! Si ella lo ama tanto, peor para la desdichada; porque Fernando no amará ya a nadie sino a mí.
— ¿Y por qué esa presuntuosa seguridad? ¡Perdón por el desacato!
— ¿Por qué? —replicó Elisa inclinándose al oído de Carmen—. ¡Porque soy coqueta!
— ¡Ya! Pero sabes que si el amor de María es nebuloso, también es fama que el tuyo está a punto de eclipsarse.
—Amo siempre a Fernando, pero al fin es necesario que todo eso acabe. ¡Ay! Suya es la culpa... No quiso consolidarse... Por otra parte yo he nacido en el lujo... Lo aspiro como un elemento de vida... Licedo pone a mis pies inmensas riquezas... ¿Qué quieres, hija? Lo he preferido; mas yo he sido leal con Fernando. Dadme un lecho nupcial como este, le he dicho, mostrándole mi suntuosa alcoba, dádmelo y seré vuestra...
— ¡Al diablo con tu lealtad! ¿Y él qué dijo?
—Sonrió de una manera extraña que nunca había visto en él y respondió con un ademán de despedida: "¡Está bien, os lo daré!".
—Desconfía de esa sonrisa.
—No hay ya tiempo para temer. Ahora parto para Chorrillos con Licedo, que pidió permiso a mamá para traerme a que oyera el miserere y el domingo dejaré de ser Elisa Román para ser la señora de Licedo... ¿Vendrás a verme?
III
Pocos momentos después, en un lujoso carruaje, dos personas sentadas la una al lado de la otra y con las manos entrelazadas salían por la portada de Guadalupe. Ambas callaban. ¿Cuál pensamiento las absorbía? La una tenía sueños de amor, la otra de ambición, sentimientos antípodas cuando no se confunden en uno solo; pero que les preocupaba de tal manera que habían marchado dos leguas sin cambiar una palabra.
De repente, saltando detrás de una de las tapias que estrechan el camino al frente de Miraflores, un jinete montado en un brioso caballo negro alcanzó de un bote al cochero, cogiolo por el cuello, lo arrojó a tierra y mientras un hombre furioso bajaba del coche armado de una pistola, el misterioso jinete dando una vuelta rápida abrió la portezuela opuesta, entró por ella la mitad del cuerpo y tomando en sus brazos a una mujer que yacía desmayada en el fondo del carruaje, se alejó con ella a toda la carrera de su corcel.
En la cima de la colina de arena y en el borde del barranco, el caballo espantado se detuvo de pronto con un movimiento brusco que sacó de su letargo a
la mujer desmayada.
— ¡Dios mío! —gritó ella con acento de extremo terror—. ¡Un precipicio y el mar en su fondo! ¡Piedad...! ¡Piedad...! ¿Queréis asesinarme?
—Dadme un suntuoso lecho nupcial —dijo con lúgubre ironía aquel que la tenía en sus brazos—. Dádmelo y seré vuestra... ¡Hele ahí, Elisa! Ningún monarca de la tierra ofreció jamás un lecho nupcial tan suntuoso como este a su desposada... He cumplido mi palabra: hora es de que cumpláis la vuestra.
Dijo y arrancando el velo de Elisa vendó con él los ojos a su caballo, aplicole las espuelas y el fúnebre grupo rodó en el abismo.