Cierta noche, con latigazos de zozobra hería el viento los árboles del huerto y empujaba las puertas mal juntas de la pieza donde mi madre, enferma del corazón tiempo hacía, distrajera sus tristes veladas jugando a las cartas con una fiel amiga a quien nosotros llamábamos tía Pilar.
Perdíase de vista el techo de la enorme habitación toda color gris; aparecía envuelta en el soplo helado que penetraba por los intersticios, haciéndome buscar el rincón tibio de la cama materna, y sepultarme allí, más propensa, en el silencio, a la meditación precozmente seria que al ensueño.
La vela que alumbraba el juego sobre el velador, reflejábase en el próximo armario, y éste a su vez en el tocador y en el chifonier formando el todo un triángulo luminoso en la media luz del enorme cuarto gris, de techo que se perdía de vista y de paredes grises como el humo o la niebla.
Serían las nueve; todo estaba en silencio; el viento parecía ya dormido a fuerza de cansado. Por el tranquilo y suave rostro de las dos señoras, cruzó vaga e indefinible expresión; maquinalmente dejaron caer las cartas, reprimieron los alientos.
De pronto, como a impulso ajeno, levanté la cabeza y vi ... con la seguridad que experimenta quien al espejo se mira, vi flotar una cosa vaga en forma de corazón, un corazón alargado de niebla o de humo que parecía prisionero en el triángulo, de tenue luminosidad, formado por las tres llamas en los tres espejos reflejadas.
¿Sería lo presentido? ¿Era algo no humano aquello?
—¡Ay!—dijo mi madre, y al exclamar así, coloca su mano diáfana en forma de visera sobre los ojos.—¡ El P. García! Adelante, señor. (A mi tía, en voz baja: ¿Cómo habría entrado, si dimos orden de cerrar el zaguán?... ¡Ah! Desaparece...)
Las dos damas y yo sentimos aquel calofrío del infinito misterioso y terrorífico. No osamos hablar; entre las mías estreché las temblorosas y frías manos de mi madre; por su frente resbalaban dos gotas de sudor con densidad de sangre...
Al cabo de un largo y solemne e inolvidable silencio, silencio de corazones palpitantes, con ojos dilatados en un rumoroso secreto pronunció mi madre:
—Rosa, ¿lo has visto?
—¿El corazón de humo?—cuchicheé—¡Pues!...
—No, era el P. García; su rostro enflaquecido como no lo estuvo nunca; sus pupilas en mi pensamiento, con la mano apergaminada hizo una señal de despedida, y... se desvaneció como se desvanece el humo que sube de tres llamas leves, y esas llamas brillaron con angustiosa expresión antes de apagarse... ¡qué sé yo! Pilar, al P. García le ha ocurrido algo trágico.
—Mujer, ¡qué le ha de ocurrir a ese santo! ¡Pura imaginación!
—Es que tú estás de espaldas a la puerta... ¡Rosa sí vio!
Mi tía cruza conmigo una mirada que ordena desimpresionar a su interlocutora; pero tía Pilar está pálida, pálida.
No hablamos más. Cerca de mi inquieta madrecita pasé la noche; muchas veces despertáronme sus ansiosos suspiros; contristada ponía yo mis besos cariñosos en sus heladas manos.
A la mañana siguiente, en tanto que tomábamos el desayuno, preguntole mi madre a mi padre:
—¿Murió anoche el P. García?
Sobresaltose al punto papá, y deteniendo su mecedora, ansioso, intenta hablar.
—No me lo niegues—insiste ella.—Ha muerto el P. García, anoche, a las nueve. ¡Confiésalo!
—Pero... pero... ¿cómo puedes saberlo tú? —tartamudea tembloroso.—Jamás te habría dado tal noticia por evitarte una gran pena, porque estás delicaducha. Tres días ha se agravó; anoche, a las nueve, como lo dices, expiró pronunciando tu nombre. ¡Qué bueno era y cuánto te quería! Como a una hija: por algo fue tu confesor, testigo y admirador de tu alma bella desde que tenías siete años.
Nada hubiera causado en mi espíritu impresión más honda: era un velo descorrido ante mis ojos. Ligera e inconsciente fui en busca de las cartas con las que habían jugado las señoras; absorta y muda contémplelas: habíanse desvanecido en ellas las brillantes figuras; en lejanía de perspectiva como la del techo gris de la vetusta habitación grande, grande, un poco de humo fingía en ellas algo que a mí me pareció un corazón; un corazón vago, vaporoso, que más de una vez desde el fondo aterciopelado de la vitrina elegante en que tan misteriosas cartas conservo como reliquia, atrae mis ojos como atrae y emociona al humano entendimiento un símbolo viviente del más allá...