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José Francés

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Todavía se muere por amor

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ELLA y ÉL acaban de comer al aire libre en una mesa, escapada del restorán marítimo, que empenacha la roca copiada tantas veces para los carteles y las fotografías de turismo. Las olas bravas socavan cada siglo un poco más los profundos cimientos donde el agua clama o se duerme. Distante se abre la ancha herradura de la playa vacía. El aire es hostil y el cielo parece pasar a ras de las cabezas. La de ELLA, además, clava el mentón agudo en la uve de las manos, mientras los brazos forman con estas una eme de carne desnuda sobre el mantel manchado de café y de ceniza.

ÉL. — ¿ Por qué me mira usted así? ¿No me cree? 

ELLA sonríe con la boca pintada, con los ojos claros y las cejas diabólicas. Pero no contesta. Un ónice y una perla blanca averrugan monstruosos el dedo corazón de la mano izquierda. 

ÉL.—¡Conteste usted! 

ELLA.—¿Para qué? Todo eso, ya se lo he dicho, son residuos literarios, posos románticos, a pesar de que usted se cree tan de hoy y tan dueño de sí. 

ÉL—No. Por encima de todas las debilidades naturales del hombre, ha habido siempre algo sereno, firme, que fríamente me  a visto flaquear y ser cobarde ante los vicios y las lágrimas ajenas. Pero no en balde se ha vivido tanto y se ha viajado tanto como yo. He contemplado munchas veces la muerte cara a cara, y aprendí pronto a no tenerle miedo; pero he visto sufrir de amor a muchos hombres y sí le tengo miedo a ese amor. Mejor dicho, no es miedo solamente. Es, también, como vergüenza de comprenderme yo tan bajo, tan miserable, tan sin dignidad por culpa de una mujer que no me quiera. Por eso se lo repito a usted sencillamente, resueltamente: o me quiere usted, o mañana me mato. 

La cuña ovoide del rostro pintado se hunde un poco en el vértice de los dedos, que rozan sus uñas, barnizadas de sangre falsa. Pero los ojos claros, la boca obscura siguen sonriendo. 

ELLA.—Tiene usted mucha gracia. 

ÉL.—No. Razón nada más. Razón amarga. 

ELLA.—¿Pero a qué exigir ahora la mentira después de la verdad? ¿No me pidió usted que le hablara lealmente? ¿Por qué no había de haberse contentado con la apariencia del amor como se conforman otros hombres? Yo le hubiese fingido lo mejor posible, y usted habría fingido que lo creía. En paz. Pero usted no ha querido eso. 

ÉL. — No . Yo no podía querer eso. 

ELLA.—Usted me habló como nadie me habló nunca. Con palabras que imponían respeto y miradas que me desconciertan. Usted me ha exigido sinceridad por encima de todo, aun de su propia vida, y yo no he podido menos de obedecerle. Ya lo sabe. No puedo quererle a usted. 

ÉL. — ¿Por qué? 

ELLA.—Porque el corazón está cansado de no querer. Como usted, busqué lo que a lo largo de los años dejaba creer a los demás que habían encontrado. 

ÉL. — Pero en mí lo halla usted. Íntegro, limpio. Seguro. ¿No me cree usted? Hace mal. La única vez que ha llegado A usted el amor que está dispuesto a todo, incluso a la muerte, usted lo rechaza. 

ELLA.—Rechazarle, no, Soy leal con él.

ÉL.—Bien está.

Silencio un poco violento, para que en él suene como una lona de navío el viento. Debajo de la mesa y de la roca el agua asalta las oquedades milenarias, tumultuosamente. 

ÉL (tranquilo, pasa la mano por sus cabellos grises).—Cuando me sepa usted muerto, comprenderá que yo he sido el único hombre que le ha dicho la verdad. No me engaño ni la debo engañar. Va usted siendo vieja. 

ELLA (palidece un poco; pero no quiere dejar de sonreír para que no se le derrumbe la boca, y estira más los ojos hacia fas sienes para que se le vean las arruguitas nacientes).—¡Muy amable! 

ÉL.—No es hora de amabilidades. Usted va siendo vieja. En la vida de usted se envejece antes, y los hombres se alejan antes de la mujer. Dentro de seis, de ocho años, tendrá usted que comprar esa mentira de amor que ha vendido tantas veces. 

ELLA deshace la m desnuda de sus brazos y los cruza para dejar caer en ellos la cara, hurtándola a las miradas duras del hombre. Otro largo silencio. La mano de ÉL tiembla entre el cabello negro, demasiado corto, de la mujer. 

ÉL. — Por última vez. ¿Me quiere usted? (ELLA levanta la cabeza, va a decir que sí, por lástima a los dos).—No. La verdad. Tengo derecho a la verdad. ¿Me quiere usted? 

La cabeza de ELLA cae sobre los brazos y se mueve negativamente. 

Y ÉL, sin ruido, sin melodramatismo de palabra y de actitud, va despacio hasta el borde de la roca, adelanta un pie en el vacío, luego el otro...


La Esfera. Madrid 1914. 15-3-1930 n. 845


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