Joaquín se había casado con Soledad por agachapandar los cuartillos de la madre, que se daba tono de propietaria de una casa de paredes de piedra y barro con techo de alcatifa.
Además, la tía Frasca había sabido educar a la hija Soledad; trabajaba como costurera do ropa blanca y ganaba un buen jornal. Era tan juiciosita, que con ayuda de la influencia de las Señoras de la Doctrina el Ayuntamiento lo concedió las 300 pesetas de dote de una manda que había dejado para las chicas virtuosas un ricachón de la ciudad.
Pero no pasaron del primer mes las alegrías de la boda. Joaquín no solo no quería trabajar, sino quo maltrataba a la mujer y a la suegra.
La pobre tía Frasca, tan respetada y sensata, no pudo sufrir las palabrotas y los escándalos del yerno, que llegó a abofetearla, y se murió días antes de nacerle el primer nieto.
Los escándalos del matrimonio eran la comidilla de las vecinas. Se daban el gusto de compadecer a Soledad, que había sido tan señorita.
—Parecía una perita en tabaque—decían—; y luego mira con quién vino a dar.
Joaquín era cada vez más vicioso, más juerguista y más borracho. Los días que tenía dinero y se recogía tarde era escándalo seguro. La bebida lo convertía en una fiera.
—¡A quién quieres que le pegue, a ti o a tu madre?—dijo una madrugada, despertando brutalmente a la niña, de tres años, que dormía al lado de Soledad.
—¡A mamá, no!...—balbuceó con su media lengua infantil la criatura.
—Pues a ti...
Y sin que la madre pudiera defenderla, golpeó brutalmente a la niña.
***
Aquello acabó con la paciencia de la esposa; acudió al Juzgado y se separó del marido. Con la niña en el colegio, quedó libre para trabajar, y hasta se puso gorda y se compró un mantón de ocho puntas y unos zapatos nuevos.
El marido abandonado, cuando dio fin de todos los trastos, tuvo que agarrarse a trabajar en su oficio de sirviente de albañil, que ahora se le hacía más duro, acostumbrarlo a que lo cuidaran.
Comenzó entonces la conquista de su mujer. La esperaba en la calle, le andaba a las vueltas, le enviaba mensajes con las vecinas oficiosas, y al fin el matrimonio se juntó otra vez.
***
Fue el comienzo de aquella vida de gitanería que llevaban. Soledad so había vuelto ya un poco como él. Andaba siempre derrengada, llena de arañazos, apaleada en aquellas disputas. Ella ya se defendía echando por la boca los mayores insultos, porque, como decían las comadres:
—Toda la fuerza de la mujer está en la boca.
Poco a poco iba envalentonándose; y cuando lo cogía borracho era ella la que la emprendía con él a pellizcos y dentelladas. En ocasiones le tiraba a la cabeza todos los objetos que encontraba a mano: platos, cazuelas o tenazas,
Se separaban con frecuencia y ella se buscaba la vida trabajando y haciendo mandados; pero no sabía resistirse a los requerimientos del marido, que iba a buscarla cuando calculaba que ella tenía unos céntimos.
En cuanto se juntaban, él dejaba de trabajar; al poco tiempo comentaban los escándalos; pero ya nadie les hacía caso. Las vecinas estaban acostumbradas a escuchar los lamentos y las griterías; las Señoras de la Doctrina se habían ofendido de la flaqueza de Soledad para volver con el marido y tener cada año un chico, a pesar de los disgustos. En el Juzgado ya no les hacían caso, y solían decir:
—Tan linda es ella como él.
***
En verdad que Soledad iba echando valor. Joaquín le tenía ya cierto miedo. En ocasiones era él quien cedía, asustado de su lengua de víbora, que le amenazaba con que había de verlo en un presidio.
Soledad ora honrada, eso sí. No porque, a pesar de su insignificancia, le faltaran pretendientes, porque, según el refrán del país: «Nunca falta un roto para acompañar a un descosido»; pero ella estaba demasiado harta de trabajar y demasiado cansada de su marido para pensar en otro hombre. Bastante tenía que pensar para darles de comer a aquella gusanera de chicos. Eran cinco ya.
***
Joaquín, por no oír a su mujer, prefería ir a trabajar. Estaba de sirviente de albañil en una obra en un pueblecillo cercano a la población, en pleno campo. La brigada de hombres que allí trabajaban, cansados de la ciudad, encontraban un encanto en aquella vida primitiva.
Ellos se cocinaban su comida y se arreglaban sus cosas, sin ver a las mujeres más que en la noche del sábado, que iban a sus casas para llevarlos el jornal y cambiarse de ropa.
La mayoría había tomado el trabajo con alegría. Como iba a ser largo habían hecho una huertecilla, donde habían plantado coles, cebollas, patatas y rabanetes.
—A las cinco que deja uno el trabajo ahora—decía un vejete—, hay tiempo de todo.
—¿Es que te parece que trabajamos poco?— preguntaba Joaquín.
—No... Pero si no trabajara, ¿qué haría? Esto me entretiene. Yo me río cuando veo la gente que pasa por ahí y dice que somos esclavos. Estoy criado así desde pequeño y tengo menos cuidados y más alegrías que ellos, con tanto chófer y tantas galimatías.
El vejete tenía alma de niño. En cuanto tiraba la espuerta cogía la cuchara y se zampaba la cazuela de sopas de pan cocido con agua y con patatas, sin mas condimento que un poco de aceite y vinagre.
—Esto no es comer. Esto es engañar la barriga— decía Joaquín.
Tenía razón. En ninguna parte la miseria del obrero era tanta como en aquel rincón andaluz. Los albañiles de Madrid y Barcelona, con su pucherito dorado de azafrán, eran unos potentados al lado suyo.
Joaquín era el más mal trabaja. De momento en momento iba a encender el cigarrillo en aquel pedazo de cuerda vieja, quo tenían ardiendo y colgando de una escarpia, para encender los cigarros sin gastar fósforos, y so daba sebo en las manos agrietadas.
—Las piedras arañan a los que no las quieren— decía el viejo, que tenía una alta idea del trabajo.
—Todo lo que hay en el mundo es por el trabajo del hombre—decía con cierto orgullo de cumplir con su parte, cuando después de acabar sus ocho horas comenzaba a cuidar la huertecilla.
Joaquín era el quo tenía las manos más desgarradas, el pantalón más sucio y la camisa más rota. Iba de mala gana con la carga de piedras o de mezcla que le daba el maestro.
Aquel sábado, cuando llegó a la ciudad, en vez de irse a su casa entró en la taberna.
—Es justo que goce un poco el que trabaja— decía.
Allí encontró unos compañeros; y, quejándose de su triste suerte, bebieron primero vino; pero el vino era como un refresco: todo agua. Pasaron al aguardiente y al ajenjo, que les calentaba un poco más. Siquiera con aquello se tomaban fuerzas y .se sentía algo de calor al estómago.
***
Cuando salió de allí se dirigió a su casa. Iba chocando de una pared en otra en las estrechas callejuelas solitarias, como pelota que rebotase.
Sentía miedo de su mujer, miedo de oírla y miedo de que le pegara. Venía tan débil, que Soledad podría con él.
Llamó con la mano a la puerta; pero la puerta permaneció cerrada.
—¡Si no querrá abrir la indina!—pensó.
Sacó la faca que llevaba en la cintura y golpeó con el mango.
Soledad abrió, resguardándose del aire con la puerta misma, y dejando hueco para que pasara. Se la distinguía en camisa, como se había levantado para abrirle, entre la sombra obscura del antro, de donde salía una bocanada de tufo maloliente.
El volvió la faca, la clavó hasta el puño en el bulto blanco, y desandando el camino, regresó a la taberna.
***
Hasta el día siguiente, que se encontró preso, no se dio cuenta de que le había dado una puñalada a su mujer por no oírla.
Cuando supo que la había matado se apoderó de él una desesperación y una rabia inmensas. ¡La maldita se había dejado matar por perderlo! ¡Era mala hasta lo último! La increpaba llorando:
—¡Ya lo decía ella que por su causa me había de ver en la cárcel!
La Esfera (Madrid. 1914)
17/5/1924n.º 541