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Carmen de Burgos

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Viudas de novios

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Eran amigas de mi madre aquellas tres señoras, que recuerdo haber visto en mi niñez, invitadas siempre que se celebraba un día de días o una comida de Pascuas.

Dos de ellas eran hermanas y la otra una amiga, que al convivir tanto tiempo con ellas se había tornado en hermana también. Las tres vivían juntas, y juntas aparecían siempre en visitas y paseos. Había en ellas un sello de distinción melancólica, dulce y triste, que las hacía siempre de una corrección impecable. Diríase que miraban la vida colocadas ya al margen de ella, como esos nadadores que, sentados en la orilla de un río y cansados del esfuerzo, ven pasar a los que los seguían.

Su sonrisa afable, que no llegaba a la risa; su melancolía, que no llegaba a la tristeza; su complacencia, que no llegaba al regocijo; sus trajes obscuros, que no llegaban al luto, todo les formaba un conjunto tan ponderado, tan agradable, que despertaba en mí la simpatía; y la fiesta era más fiesta en mi casa por la presencia de las tres señoras. 

Mi madre debía concederles también gran importancia, porque para cuando ellas venían mandaba limpiar la plata, se usaba la mejor vajilla , y los manteles y las servilletas de damasco salían del fondo del arcón el día antes, a fin de orearlos para que perdiesen el olorcillo a alcanfor y a manzanas. 

No eran muy jóvenes ya las tres señoras. La hermana mayor y la amiga contarían ya en esta época unos cuarenta y cinco años,  y la hermana menor tenía diez menos, seguramente

Eran bellas las tres, sin ser hermosas, y si no hubiesen prescindido de toda coquetería, aun hubiesen podido tener galanteos y disimular los años; pero las tres ponían un cuidado especial en apartar de si toda pretensión amorosa, y aunque se vestían de moda—con extraordinario buen gusto —, su atavío era sencillo, algo severo, dentro de la elegancia, cuidada en todos los detalles; pero ni sobre sus cutis frescos aun aparecían polvos ni afeites, ni sus labios rojos usaban barra, ni se cuidaban de ocultar los cabellos blancos que aparecían en su cabellera. Esto mismo les daba esa naturalidad que constituía su mayor encanto, que entonces me conmovía, hiriendo mi sentimiento, y que he podido apreciar después.

Recuerdo que la mayor de las dos hermanas se llamaba Matilde, la menor se llamaba Angustias y Mercedes la amiga.

También nosotras íbamos de visita a su casa, aunque ellas no daban grandes comidas jamás.

A mi me invitaban algunas veces a pasar el día con ellas, lo que era para mí un placer extraordinario.

Su casa tenía algo de una paz de beguinaje. Estaba todo en orden, todo en su sitio, con ese orden que existe en las casas donde no hay hombres ni niños pequeños. La cocinera y la doncella  llevaban delantalitos blancos y hablaban con un tono de voz muy bajo. Las señoras, vestidas con trajes de seda muy sencillos, sin la amplitud de las batas, muy peinadas y muy limpias, se sentaban cerca de la ventana a trabajar en aquellos trabajos que me encantaba contemplar. Unas veces eran flores artifíciales las que parecían abrirse entre sus dedos, en aquella mesa cargada de trapos pintados, hojas verdes cortadas, alambres y pinceles. Otras, era Angustias que hacia frutas de cera o vestía figuras para hacer cuadros de relieve, en los que había palmeras y señoras con tirabuzones rizados. Mercedes bordaba una complicada tapicería con pastoras Watteau y caballeros de peluca empolvoreada, y Matilde tejía encajes de crochet, de tricot y de malla, cuando no cambiaba ese trabajo por el delicado plumetis en telas blancas, sacando hilos imperceptibles, en una deliciosa mezcla de pelitre que imitaba la litografía.

Todas aquellas labores embellecían la casa. Había cuadros copiando la Purisima de Muriilo, con su manto bardado de felpilla azul; había chalets y paisajes estilizados en pelitre, y los floreros de la cómoda y el canastillo de frutas de la mesa estaban hechos por ellas, así como los visillos de encaje inglés, los flecos de macramé de las toallas, los cojines bordados y todas las delicadezas que hacían de la casita un museo de labores, muy cursi, muy lindo y muy femenino.

Nunca trabajaban más que dos, mientras otra leía. Allí oí yo leer Carina, Pablo y Virginia, Graziela y Oscar y Amanda, sin pensar en quiénes fueran sus autores. Los versos los leía Angustias, que era la que mejor leía, aunque necesitaba ya usar gafas, por la vista estropeada en sus labores. Se leían los versos de El museo de las familias, la colección Violeta, en donde había muchas de Grilo y de José de Selgas.

En la comida encontraba yo también algo especial, que era sólo propio de allí. No era la comida pesante, de grandes platos de carne y de pescados enormes que se daba en casa. Era más ligera. Podía decirse que se componía de una cabeza pequeña y mucha cola. Muchos postres, dulces, frutas, pastelillos, comida golosa, que me disgustaba durante unos días de la comida más humana de nuestra casa.

Aquellas señoras influían sobre mí. Dejaba de ser la muchachuela inquieta y desordenaba que era entre la multitud de hermanos y servidores que se rumian en mi familia, y procuraba copiar aquellas dulces aptitudes que eran por naturaleza cuidadas y distinguidas en todo momento.

Allí aprendía yo a no cruzar las piernas y a mantener recto el busto cuando estaba sentada.

No había preguntado jamás lo que eran. Yo las creía viudas a las tres, y hasta pensaba conocer a sus maridos.

Debían ser los que representaban aquellos tres retratos que había sobre la consola, con espléndidos marcos dorados, cubiertos por tenue gas a negra, y adornados de flores mortuorias, grupitos de amarantos amarillos y de siemprevivas color magenta, con esa cosa de papel quebradizo que los fosiliza.

Todos tenían lacitos de seda negra, en los que se había bordado en oro la palabra Recuerdo, la triste palabra...

Yo sabía cual era el marido de cada cual, porque en los guardapelos de los medallones que llevaban al pecho estaban reproducidas sus figuras. Eran jóvenes los tres. Esto me disgustaba un poco. Ellos seguían jóvenes y ellas envejecían; hay en eso algo de traición, que empezaba a sentir ya. El de Matilde tenía barba; los otros dos sólo un bigotillo naciente. El de Angustias era rubio, y morenos los otros dos.

Me afirmaba en mi creencia el culto que recibía la memoria de aquellos muertos. Había días y temporadas en que las tres desaparecían por completo de la sociedad, para hacer los siete domingos como sufragio a sus difuntos; y era frecuente encontrarlas camino del cementerio, con sus ramos de flores amarillas o de violetas y pensamientos; las otras flores parece que molesta a los muertos, que deben agradecer una rosa de té, un clavel reventón, color de sangre de toro, oliendo a clavillo, o una rama de jazmines.

Pasó el tiempo cuando volví a ver a las tres señoras; las encontré en la misma casita...; tenían las mismas criadas; las rodeaban los mismos objetos; ellas estaban casi lo mismo. Se diría que todo estaba inmovilizado, fosilizado allí.

Volvieron a convidarme a comer, aquella comida golosa, y volví a verlas trabajar lentamente y a oír la voz de Angustias, más cascada y opaca, leyendo versos del Semanario Pintoresco. Se me ocurrió una pregunta:

—¿No han tenido ninguna de ustedes hijos?

Hubo un momento de desconcierto... Las vi mirarse unas a otras con una emoción que no me podía explicar... Matilde, enrojecida bajo lo amarillento de su tez arrugada, me respondió:

Somos solteras las tres.

Y como mis ojos se volviesen hacia la consola donde estaban las tres fotografías, ella comprendió mi mirada, y añadió:

—Son nuestros novios... Somos viudas de novios.

Sencillamente me contó tres vulgares historias de amor. Sus novios habían muerto en vísperas de sus bodas. Mercedes ya tenía hecho el vestido blanco y comprado el azahar... y ellas habían renunciado a todo otro amor para conservar siempre el culto de aquellos recuerdos, de aquellos amores únicos, con su aroma de azucena.

Entonces se me revelaba el por qué de aquella cosa poética que había en ellas, aquella cosa de beguinaje que había en la casa... y comprendí cómo debía de haber turbado mi pregunta a esas  tres admirables mujeres, que encendían y avivaban en su alma el culto del recuerdo en que se consumía su vida estéril...

Después no he vuelto a ver más a esas admirables viudas de novios. 


La Esfera (Madrid. 1914)

29/5/1920 n.º 334

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