Los dos españoles protestaban:
—¡En este dichoso París, todo el mundo se apresura para comer temprano!
Echaban de menos esa vida de Madrid que tiene algo de la sesión continua de los cinematógrafos y permite entrar en ella a toda hora.
La costumbre de comenzar todos los espectáculos antes de las nueve, obligaba a buscar con tiempo el restaurant para encontrar mesa y agotar la paciencia esperando el servicio.
No sabían ya en qué restaurant entrar; después de un mes de ir a todos, los rusos, chinos, españoles e italianos; y de agotar los entremeses de la Braserie Universal, los mariscos de Prounie y los recursos de los Duval, no sabían ya que elegir. Quizá la misma diversidad les hacía ver mejor la monotonía que existe en el fondo de todo.
A veces les parecía París entero un gran restaurant.
Continuamente hallaban las listas de precios colgadas a la altura de sus ojos, con la nomenclatura de los mismos manjares. En las mesas de todas las terrazas había pirámides de huevos duros, de un tamaño enorme, cerca de las botellas de cerveza y los grandes papelones que dejan ver al través de su grasa las patatas fritas.
Una propaganda que anulaba el apetito en vez de excitarlo.
Hacía una tarde nebulosa, un chispear menudillo semejante a rocío lavaba el pavimento y las capotas de los coches. Se habían abierto como hongos, por generación espontánea, los miles de paraguas que caracterizan los días de lluvia en París y formaban contraste con los vestidos de verano.
De pronto, al doblar la esquina de una de las calles que desembotan en el Boulevard, salió de la pared un leve airecillo que parecía escaparse de las junturas de los sillares del muro. Un vientecillo tenue, ligeramente templado, acariciador, con un exquisito perfume a carne asada y a pastel recién cocido que despertó su apetito.
Estaban al lado de un restaurant y la fuerza de aquel olorcillo les obligó a mirar la lista, colgada cerca de la vitrina.
Les pareció que un hombre que la leía también, los miraba con aire burlón.
Era un hombre de aspecto vulgar, traje vulgar y expresión vulgar. La moda de no llevar sombrero le impedía distinguir si pertenecía al establecimiento y se quedaron un poco desconcertados cuando les dijo:
—No van a encontrar mesa. Tal vez en ese otro de enfrente le sea más fácil.
Dudaron un momento, pero el menú que leían les interesaba demasiado para renunciar a él. Aquel tufillo excitante que parecía salir de la hoja de papel exigía imperiosamente satisfacer el apetito. Era, una cosa rara el valor que tomaba aquel menú aderezado por el perfume tibio que se desprendía de él.
— Veo allí una mesa al fondo—dijo Manuel, con deseo de prescindir del intruso, pero él no se dio por vencido.
—No encontrarán ustedes ahí dentro ninguno de esos platos que les agradan-—insistió.
Sacó de su bolsillo un largo lápiz y comenzó a señalar con el lado que no tenía punta, pasándolo sobre el menú con aire de maestro que muestra el mapa a los discípulos.
Iba señalando de alto a abajo y dando su explicación:
—Los entremeses son aquí extraordinariamente malos... Pero son mejor que la sopa y el consomé, hechos con caldo de los huesos de chuletas roídas que quedan en los platos.
Los dos amigos se miraron indecisos sin saber si se trataba de un ingenuo confianzudo o si aquel hombre encerraba una segunda intención. El continuó señalando con el puntero:
—La carne que dan aquí es toda manida ó de caballo; se corre el riesgo de una intoxicación... ¿El pescado? Urticaria segura. Compran el menos fresco de todo el mercado...
El lápiz de aquel fiscal mal intencionado pasaba sobre la nomenclatura de tortillas y de platos de huevos:
—No los podrán ustedes comer—decía—; huevos pochos y aceite de cacahuetes... Y que no se les ocurra pedir ensalada... En cuanto a estos postres: Fresa del Bosque o crema de chocolate, no los han de encontrar...
—Entonces, ¿qué se puede comer aquí?—preguntó Manuel, con el mal humor que le producía el contraste de la información con el olor delicioso del suave airecillo, que hacía que el menú ofreciese ya los platos en vez de letras y se masticaran de ante mano los manjares.
— Realmente, nada —dijo el hombre imperturbable—. La comida es mala, la bebida de lo peor... y la limpieza... Apenas friegan los platos.
Emilio y Manuel se miraron indecisos. El añadió:
—Entren ustedes si gustan; pero ya están advertidos. Verán cómo están borrados de la lista todos los platos que les agradan.
—Vamos a verlo— dijeron, ya interesados, ambos.
El desconocido se inclinó y cruzó entre las filas de automóviles para instalarse en una mesa cercana a la puerta del restaurant de enfrente, como si los esperase.
Los dos amigos penetraron en la sala larga y estrecha, donde las mesas se acercaban tanto unas a otras que las sillas se daban espalda con espalda. El olorcillo de la calle se había desvanecido y lo sustituía el olor a restaurant barato, con grasas de fritura y salsas de cebolla.
Había un público heterogéneo y pintoresco: mujeres solas... hombres solos... parejitas amarteladas... buenos burgueses gordos con sus esposas... al lado de vestidos coquetones y cuidados vestidos desaliñados y raídos. Tipos elegantes y tipos ridículos. Una mezcla de razas: Mulatos que siempre parecían desconfiados y serios..., japoneses con cara de ratitas, como muñecos de trapo..., ingleses luciendo la rigidez de sus figuras de palo..., italianos reidores y gesticulantes.
—Y pensar que cada una de estas figuras no tiene solo la misión de estar aquí para comer, sino que cada uno lleva una novela y una vida —dijo Emilio.
Manuel estaba distraído mirando a las mujeres que ofrecían esa gran variedad que hace que entre todos los miliares que pasaban al día ante sus ojos, no hubiesen dos sombreros ni dos trajes iguales.
Unas encendían los cigarrillos y otras se pasaban la borla de los polvos o se empurpuraban los labios. Al lado suyo, una jovencita, con aspecto de niña tímida, se dejaba abrazar paciente por su acompañante, el cual parecía complacerse en ese alarde de amorosos que suelen tener los que al llegar a casa apenas se ocupan de su pareja.
—Es lo mejor que ese podría hacer—respondió Emilio, a la observación de Manuel—. Esa muchachita tiene tal aspecto de niña doliente y resignada, que busca sólo su cena, que yo se la pagaría y la dejaría marchar.
En aquel momento el mozo les ofreció el menú y la carta de los vinos. Una rápida ojeada les hizo ver que todos los platos marcados por el puntero del desconocido estaban efectivamente tachados de aquella lista.
—¿No hay ya sopa de tortuga?
—Se ha terminado.
—¿Ni langosta a la americana?
—No queda.
—¿Chateaubriand ?
—Se acabaron.
Los dos amigos reconocieron la verdad de las afirmaciones que les había hecho el hombre y tomaron sus sombreros, sin hacer caso de la serie de platos que les ofrecía el mozo:
—Rosbif... Contra filete... Ragú con patatas...
Al llegar a la calle volvió a acariciarlos el olor delicioso, con aquel airecillo que parecía salir de la pared. El apetito amortiguado se hizo tan imperioso de nuevo que corrieron hacia el restaurant de enfrente y fueron a sentarse al lado del desconocido, al que saludaron amistosamente como si les hubiese salvado del peligro de un tifus, de unas gástricas o, por lo menos, de una indigestión.
—¿Cómo sabía usted tan bien los secretos de ese restaurant?—preguntó Manuel.
—He sido su fundador—respondió e! hombre.— La idea fue mía y no de ese señor que pone su nombre en letras tan grandes en la muestra...
Él era el socio capitalista, pero como no teníamos contrato, un día me puso en la calle, sin considerar que yo había labrado su fortuna con el invento que atrae a la gente y hace que esté completamente lleno siempre, a despecho de lo mal que sirven.
—No comprendo—dijo Emilio,
—¿Es que no han notado ustedes el olorcillo apetitoso que se siente al volver la esquina de! Boulevard?
—Sí.
—Pues eso es debido a un fuelle de mi invención que va desde el fogón a la calle para que los transeúntes perciban el olor a comidas, que luego no encuentran, porque sale de un caldo inventado por mí.
Los dos amigos soltaron un franca carcajada.
—Yo he puesto este restaurant frente al suyo—añadió el hombre—y aunque el fuelle no me daría el mismo resultado, porque la situación del otro es privilegiada, en una de las esquinas más concurridas de París, la influencia del olor es tanta que basta para que se llenen los dos establecimientos.
—Es maravilloso—comentaron los dos amigos.
—Nunca he sentido tan gran apetito— confesó Manuel.
—Mi invento tiene una base científica— continuó contento del aplauso el inventor—. El perfume de los ingredientes, cuidadosamente escogidos, que forman mi caldo, hiere los nervios olfativos, y la idea que recibe el cerebro ejerce su influencia sobre la secreción de la insulina, y de los jugos psíquicos del estómago. Esto provoca un apetito irresistible, imperioso; no hay más remedio que entrar y comer.
La Esfera (Madrid. 1914) 15/3/1930 n.º 845