La espera se hacía larga un el salón de la peluquería. Dos señoras que habían ido juntas conversaban entre si en voz baja, y por las palabras sueltas que se escuchaban de vez en cuando, podía afirmarse que se entretenían en torpedear, según última frase de moda, a alguna amiga.
Entretanto, las otras cuatro damas se observaban sin mirarse, con esa especie de hostilidad que se establece siempre entre los que tienen que guardar turno.
Todos los tocadores, especie de celdas o de confesonarios, tenían corridos los biombos, que les servían de puertas. Se oía dentro el chocar de los aceros, de tenacillas y tijeras; el rumor del agua en las jofainas y el ruido causado por el aire de los duchadores que secaban el cabello recién lavado.
De tiempo en tiempo, se plegaba un biombo y se veía una dama, ya con el tocado hecho, que aún se esforzaba para verse bien la nuca a favor del espejo que colocaba hábilmente el peluquero detrás de ella, y frente a la luna del tocador, mientras la despojaba del peinador blanco como si levantase los apósitos de una herida reciente.
A veces se entreveía una cabeza colgada, como muñeco de sala cursi, de esa especie de lámpara de la ondulación permanente. Aquella corona de rudos sujetos al aparato eléctrico parecían las serpientes de una cabeza de Medusa, enroscadas y prisioneras, que sufrían la condena de un suplicio inquisitorial.
Allí se hacia todo lo que constituye la industria de la peluquería, bajo la dirección de madame Ford, que vigilaba a las oficialas activamente. Se cortaba, se decoloraba o se teñía el cabello; pero el ondular era tarea reservada al dueño. M. Ford no confiaba a nadie ese cuidado.
Era él quien siempre despedía a las clientes.
Algunas reclamaban un último retoque:
—Parece que esta patilla queda un poco desrizada.
—Acentúe un poco más el piquito de la nuca. Tengo el cuello un poco grueso, y eso disimula la línea.
Unas aplaudían:
—Está muy bien.
Otras se quejaban:
—Me ha hecho la ondulación demasiado estrecha.
Y M. Ford atendía a todas con una sonrisa complaciente, silencioso y atento; pero sin perder su corrección algo fría y desdeñosa, que no daba lugar a la confianza y a la familiaridad. Sólo en el momento de recibir el importe de su trabajo hacía una especie de ceremoniosa reverencia de Corte, y acompañaba a las clientes hasta el biombo, cerca del cual quedaba con aire de magnate que espera al que va a gozar de su audiencia. No le faltaba ni siquiera esa mirada alta, que acostumbran a tener los personajes que no quieren ver a los que los rodean.
Dominaba en todo el salón, sobre los olores de la brillantina, el vaho del hené caliente, las esencias de las damas y la peste de fijadores y decolorantes; un fuerte perfume a mujer, que parecía desprenderse de los rimeros de pelo que cogían del suelo las oficialas, como si el pelo cortado tuviese algo de savia que agudizase el olor, como sucede con las ramas arrancarlas de las plantas.
Siempre, la dama a quien le tocaba entrar experimentaba un momento de satisfacción, al pasar delante de las que estaban esperando, y se cruzaba, en su apresuramiento, con la dama que salía, sonriente y satisfecha de su embellecimiento. Aquellos dos momentos de alegría valían bien las molestias de la espera y el tormento de las manipulaciones.
No quedábamos ya más que las dos torpedeadoras y yo.
El silencio me hacía oír, más claramente de lo que deseaba, su conversación.
—Parece que ahora viene menos gente.
—Si; desde que M. Ford hizo la tontería de vender productos de belleza. Muchas se los llevaron fiados y no han vuelto.
—Pero si aquí sólo viene gente bien.
Una risita y un tono menor en la voz me privaron de escuchar la respuesta; pero las palabras oídas be hicieron notar que efectivamente la clientela de M. Ford parecía haber disminuido. Esto me disgustó. Yo estimaba a mi peluquero porque durante muchos años lo había visto luchar valientemente en país extraño con la suerte y vencerla al fin, a fuerza de trabajo y economía. Allí se podía decir sin paradoja que la había agarrado por los cabellos.
Como fui una de sus primeras clientes, sabía algunos detalles de su vida. Cuando yo lo conocí era checoeslovaco; pero ahora se había convertido en francés. No sé por qué le había parecido mal continuar siendo checo, si por creer que no honraba bastante a su patria con su profesión o sí por pensar que su nacionalidad era poco brillante para atraer la clientela, a la que comenzaba por tornar el pelo con su engaño.
Pero, aparte de esto, era un hombre serio, trabajador, y tanto él como su esposa —una robusta checa con rostro de Pepona, al que sus rizadas guedejas daban aire dulce y bondadoso— no se permitían el más ligero descanso. Quizás la sinceridad de M. Ford y su falta de saber adular perjudicaban su fama, y por eso no alcanzaba toda la que merecía.
Era un virtuoso de las tenacillas. Su especialidad consistía en ondular. Había aprendido el oficio directamente de ese Napoleón de los peluqueros que se llamaba M. Marcel, al que había acompañado, como ayudante, en alguno de los viajes que el ilustre inventor del ondulado hacía de París a Londres para ondular a la Reina de Inglaterra. Así es que M. Ford, orgulloso de su historial, desdeñaba el charlatanismo y estaba siempre atento a mantener la gran dignidad de su trato y de su compostura. Cuando alguna señora le preguntaba por un remedio para la calvicie o para detener la caída del cabello, contestaba sin vacilar que no existía ninguno. Él sólo creía en la siembra de cabellos, introduciendo esquejes en el cuero cabelludo, por un procedimiento que se prometía encontrar, y mostraba un pelo largo y ondulado que se había clavado en su calva y se desarrollaba en ella magníficamente.
La corta temporada en que vendió productos de belleza, solía ofrecerlos, diciendo:
-Esto no sirve para nada.
Al fin me tocó entrar.
M. Ford estaba pálido, preocupado, con aspecto de cansancio, y no tardé en observar que lo dominaba alguna idea desagradable. Como era preciso hablar algo mientras me ondulaba, le pregunté qué tenía.
—Estoy muy triste—me dijo articulando su difícil español entre un largo suspiro —: he perdido...
Se detuvo como si dudara —él, tan reservado siempre —en hacerme su confidencia, y yo pensé que tal vez lo afligía la pérdida de algún individuo de su familia o de alguna persona querida.
—¿A quién: — pregunté, sin saber qué decirle.
—A una de mis mejores clientes.
-¿Muerta?
-Para mí... la he perdido por una indiscreción. Estoy seguro. Es una gran pérdida, porque se trata de una de las señoras más bellas y elegantes de Madrid, poseedora de una gran fortuna, que sabe gastar sin regateos y que siempre me ha protegido, enviándome a sus amigas. ¡Lo más florido de mi clientela!
—¿Y qué le ha sucedido a usted con ella?
—Precisamente con ella, nada... Verá usted. Esta mañana me llamaron para ir a ondular a una señora, también de la buena sociedad y que era otra de mis mejores clientes. Me apresuré a complacerla, y llegué a su casa a la hora en que me había citado. Una de las doncellas me hizo pasar al gabinete contiguo a la alcoba y me dijo que esperase un momento; pero pasaban los minutos y la señora no venía. Yo estaba inquieto, nervioso; tenía tomadas todas las horas, y me afligía la idea de faltarle a alguna de mis clientes. Lleno de impaciencia comencé a pasearme con esa cosa inconsciente que nos hace creer que moviéndonos o asomándonos a algún sitio aceleramos la llegada de los que esperamos. Al pasar frente a la puerta de la alcoba, abierta de par en par, miré distraído. Un gran espejo retrataba toda la habitación, y en él pude ver a la señora que despedía amorosamente al esposo de mi otra cliente. Nunca lo hubiera creído. Es el hombre que pasa por modelo de fidelidad. En ese momento yo deseaba que me tragase la tierra, avergonzado de mi indiscreción.
—Tal vez ellos no lo verían - dije
—Estoy seguro de que me vieron, por pronto que quise retirarme. ¡Esta desdichada casualidad me hace perder lo mejor de mi clientela! La esposa no vendrá más.
—Pero, ¿por qué? Ella no sabe nada.
—Ni yo se lo diría nunca; pero en cuanto él vaya a su casa comenzará a poner faltas al tocado de su mujer; le dirá que le sienta mal, que yo estoy anticuado..., y si ella me defiende, le dirá que no comprendo su tipo y que la envejezco... Le recomendará otro peluquero...; le prohibirá que venga... Sé bien lo que son estas cosas. He perdido dos de mis mejores clientes.
—Creo que usted exagera. Bueno que le suceda eso con la esposa; con la otra no hay motivo.
Pero aquel peluquero filósofo, con las tenacillas en alto, como el que lanza apotegma, exclamó sin dejarme continuar:
—La otra tampoco vendrá. En cuanto la esposa cambie de peluquero, ella irá al mismo peluquero de la esposa.
La Esfera (Madrid. 1914) 6/7/1929 n.º 8095