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Carmen de Burgos

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La mejor muñeca

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Corrían las chicuelas, parlanchinas y alegres, con aleteo de pájaros, detrás de los aros y de las pelotas de goma, ligeras y graciosas, animando con sus gritos y sus risas todo el jardín. 

Todas las tardes se reunían allí las mismas niñas; se amistaban por una simpatía de traje y de sombrero. Toda recién venida con vestido elegante y rico podía estar segura de la buena acogida; pero pocas de aquellas mujercitas tenían valor para conceder su amistad a las escasas niñas con indumentaria modesta y zapatos algo deteriorados, que formaban su grupo al otro lado del estanque. 

Y sin embargo había un momento, todas las tardes, en que unas y otras se aproximaban curiosas. Era cuando llegaba Luisita, acompañada de la institutriz inglesa; que abría su gran libro de tapas oscuras en cuanto descendían del coche y no parecía ocuparse de su educanda, como si estuviese segura de poder contar con su buena educación. 

No le faltaba motivo. Luisita era una niña seria ¡demasiado seria quizás! un poco presuntuosa en el aire de amable superioridad que usaba con sus amigas. Sin duda su madre era una mujer muy adulada. 

No podía distinguirse a Luisita nada más que por su sombrero. Las demás niñas solían llevar durante largas temporadas los mismos vestidos e idénticos adornos. Se las conocía por ellos. «La del vestido rosa». «La de la cinta azul». «La del sombrero rojo». «La de las botinas grises». 

Pero Luisita cambiaba casi todos los días de sombreros, de trajes y de zapatos. Lo más usual en ella era que en todos sus sombreros había siempre grandes plumas; esas grandes plumas de largos flecos que tanto envidian las niñas por la suntuosidad y el aire de mujer formal que prestan. Con una de esas plumas miran siempre los chicos con interés, y toman cierta gracia maligna los movimientos cuando corren detrás del aro. 

Era quizás por su aire de mujercita, por su coquetería nativa o por el prestigio de sus grandes plumas por lo que Luisita ejercía una gran influencia sobre sus compañeras, que la hacían dueña de sus juegos y acataban sus menores caprichos. 

Luisita deslumbraba a sus amigas con su aire de superioridad y su carácter díscolo y poco comunicativo. Sin embargo, los primeros días de su aparición en el parterre, se la había mirado con recelo. Ella no llevaba jamás dulces ni juguetes para repartirlos con sus compañeras. 

Rosalía se lo dijo en el primer regaño.

—«Tú te das mucho postín, pero te comes nuestros bombones y juegas con nuestros diábolos y nuestras muñecas, y no traes nada en cambio». 

Todas las niñas rieron contentas de que una dijera lo que ellas pensaban y murmuraban por lo bajo. 

Luisita no se inmutó. 

—Yo no puedo traer mi muñeca—dijo—porque mi muñeca es demasiado grande y preciosa para poderla traer así, como una cosa cualquiera, a un sitio de estos. ¡Si vosotras vierais mi muñeca!

Se acabó la hostilidad de las pequeñuelas bajo el influjo de su curiosidad, y todas, Rosalía la primera, rodearon a Luisita. 

La niña estuvo elocuente para describir su muñeca: Era alta, esbelta, graciosa, se movía con goznes; andaba gracias a una máquina maravillosa y podía articular multitud de palabras. Tan bella era que las visitas de su mamá la creían una niña de carne y hueso. Un señor inglés—porque siempre son ingleses los señores caprichosos que hacen cosas raras—había ofrecido un montón de dinero muy grande para llevarle a su hija la muñeca maravillosa, pero el papá de Luisita no había querido darla. 

—Me hubiera costado la vida separarme de mi Lulú—decía con serenidad la niña—; la quiero como a una hija... y mi mamá la quiere tanto como a mí. Mi Lulú tiene una doncella y se le hacen trajes nuevos en todas las estaciones. 

—¿Se los haces tú? 

—¡Qué disparate! La viste el sastre y la modista de mamá. Ahora en cuanto papá realice un negocio le amueblarán, en una casa nueva, más espaciosa que la que tenemos, un departamento a Lulú. 

—¿Dónde vive ahora? 

—Tiene su habitación entre la de mamá y la mía. Una alcoba Pompadour y un armario de tres lunas. 

Una niñita vestida de luto se atrevió a preguntar cómo era la alcoba Pompadour.

—Color rosa, con guirnaldas y canastillas de flores, muchas gasas y muchos dorados. 

Esta descripción rodeó de poesía a la extraordinaria muñeca, y desde entonces, todas las tardes al entrar Luisita las niñas se arremolinaban en torno de ella para pedirle noticias de su muñeca, en la cual de cierto modo, todas tenían ya parte. 

Luisita sabía mantener el interés. 

—A mi muñeca la he dejado hoy asomada al balcón para que vea pasar la gente—decía un día. 

Otro añadía: 

—Hoy un médico, con su lanceta y todo, ha vacunado a mi muñeca para que no le den las viruelas locas, que dejan tan fea la cara y enfurruñan el gesto, como le pasa a Margarita, que desde que tuvo las viruelas parece que hace muecas impertinentes. 

Una tarde exclamaba llena de dolor: 

—Se ha descuidado la doncella y se ha caído mi muñeca, haciéndose un chichón monumental. Mamá quería despedir a la sirvienta; pero papá me ha prestado un duro y se lo he puesto apretado con un pañuelo sobre el bulto, y allí se ha quedado sentada en su silla, con los ojos cerrados, como si le doliese mucho la cabeza y no pudiese abrirlos. 

Algunas niñas lloraban. 

—¿Por qué no estás con ella? 

—Quería quedarme a cuidarla, y mamá me ha obligado a salir. 

Aquella tarde el juego fue triste. 

Luisita supo mantener una semana el interés de la enfermedad. 

—Mi muñeca ya anda hasta el comedor; pero no la puedo dejar sola porque se caería aun. 

Sus amigas no dudaban de nada, quizás porque les parecía la más mujer de todas: una mujer seria, con el prestigio de su gran pluma. 

Rosalía insistía a veces: 

—¿Por qué no la traes un día? 

—Porque dice mamá que se puede llenar de barro o le puede tirar una piedra un golfo... Cuando papá compre un coche cerrado que me ha prometido entonces la traeré, y os saludará desde su asiento. Yo os llamaré a todas. 

En la continua evocación, la muñeca de Luisita había llegado a ser algo real para todas aquellas niñas, y todas hablaban en sus casas y con sus amigas de la maravillosa muñeca. Esta había ya tomado personalidad humana. 

—¿Sabéis lo que me ha sucedido anoche?—decía una tarde Luisita—. Pues que he oído ruido en la habitación de mi muñeca, y cuando he ido esta mañana a verla la he encontrado sentada en un sitio distinto del que la había dejado. 

— ¿Será posible?

—¿Estarás equivocada?

—Habrá entrado alguien—respondieron las niñas. 

—No; no ha entrado nadie, y yo estoy bien segura de haberla dejado sentada al lado de la puerta y estaba cerca del balcón. 

—¡Se habrá ido sola! 

—¡Indudablemente! 

—Pero eso es imposible—dijo una de las mayorcitas.

—¿Por qué ha de serlo?—repuso otra—. Yo he leído cosas así en los libros. 

—Como que una muñeca así debe tener alma—agregó otra niña. 

—Por eso es tan bonita. 

—¿Será alguna princesa encantada? 

—¡Quién sabe! 

—Alguna vez me lo he sospechado—dijo Luisa. 

—Pues debías observarla bien. 

—Y decírselo a tu mamá. 

—¿Cómo es de grande? 

—Así...—la niña señalaba más alto que su cabeza. 

—Ya ves como puede ser una mujer de verdad. 

—Como que a veces parece que parpadea y que sonríe. 

Las niñas se separaron de su amiguita, maravilladas, para ir a contarse de unas en otras que la muñeca de Luisita «que era así de grande»—y todas las pequeñuelas se alzaban de puntillas y estiraban el brazo hacia arriba—bien podía ser una princesa encantada. 

Desde aquel día el prestigio de la muñeca, y por consecuencia el de Luisita, creció de un modo extraordinario. 

Todas las niñas creían tener parte en aquella muñeca... que bien podría ser una princesa. 

Luisita mantenía vivo el interés. Decía una tarde: 

—Ayer dejé acostada a mi muñeca y al volver la encontré sentada en la cama, con los ojos azules muy abiertos y tristes, como si hubiera llorado.

Otra vez decía: 

—Mi muñeca no puede sufrir el color de rosa. Cada vez que le pongo un traje rosa se le nota que tiembla y se pone nerviosa. Algunas veces se desabrocha el vestido..., yo lo había notado y no me daba cuenta; pero hoy, mirando por la cerradura, cuando ella se creía sola, la he visto levantar el brazo y tirar lejos su sombrerito de bridas rosadas. 

—¿Y no te ha dado miedo? 

—¡Ya lo creo! No volveré a estar a solas con ella. 

—Como es más grande que tú podría pegarte—dijo una. 

—No. Es muy buena y me mira con mucho cariño. 

—¿Pero por qué no le cuentas todo eso a tu mamá? 

—Tengo miedo de que se incomode y me separe de Lulú. 

—Es verdad. 

—Lo mejor es tener precaución y vigilarla—concluyó otra. 

—Como que si es una Princesa—agregó una—tarde o temprano vendrá 

—Como que si es una Princesa—agregó una—tarde o temprano vendrá un Príncipe hijo de rey a desencantarla y se casarán. 

—Y tú entonces serás una gran señora en palacio.

—Y le darán mucho dinero a tu padre. 

—Lo harán Gran Visir—añadió una que había oído leer las Mil y una Noches. 

—Es mejor no decir nada y esperar—resolvieron las niñas. 

—Como que si la mamá de Luisita se asusta, puede tirarla e ir a parar a un basurero—añadió una para reforzar la opinión.

—Figúrate que pena si fuera una Princesa. 

—Ella que está acostumbrada a tanto regalo—gimió Luisita.

—Y que jugarían con ella los hijos de los traperos. 

—Y las muchachas de la calle. 

—Probablemente le romperían las piernas y le arrancarían el pelo. 

—Estoy segura de que se moriría de miedo y de vergüenza si se viera desnuda—insistió Luisita. La conozco muy bien. 

Una tarde Rosalía les propuso a las otras: 

—Es preciso rogarle a la institutriz que influya con la mamá de Luisita para que un día traiga su muñeca. 

—Justo—afirmó otra—que la besemos siquiera una vez. Ese día no faltaremos ninguna. 

—Besarla no—corrigió Elisa más juiciosa—la molestaríamos demasiado. Nos bastará con verla. 

—Señorrita Luisa—decía en mal español la voz desapacible de la Miss inglesa, entre el corro de niñas que le habían expuesto su deseo de ver a la muñeca—¿Cómo se ha atrevido usted a mentir y engañar a sus compañeras contando todos esos embustes? Se lo tendré que decir a su mamá. 

Y mientras Luisita, ruborizada y confusa, no sabía qué decir, las niñas se iban apartando tristes, silenciosas, desencantadas; como si al perder la ilusión de la existencia de la muñeca maravillosa se les hubiera roto a todas su mejor muñeca. 

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