¿Cuántos años tendrá la tía Ramona? Todos se preguntaban lo mismo en el lugar, porque todos la conocían igual de vieja, desde que eran pequeños. Había contado sus cuentos a tres generaciones. Vivía la tía Ramona en un agujero del monte, en el que había hecho una especie de fachada de casa, con una puerta y una ventana que se cerraban con zarzos de caña y de junco, en vez de postigos de madera. No tenía miedo de que le robasen, porque ni mendrugos de pan encontrarían en la mísera vivienda; puesto que desde que amanecía Dios, se lanzaba a la calle, de cortijo en cortijo, en busca de su comida, que ganaba, no a cambio de su trabajo, sino llevando recados o ejerciendo su oficio de rezadora, que consistía en ir a decir preces en las casas donde había enfermos o difuntos y en enseñar la doctrina a los novios que necesitaban ir al pueblo a tomarse los dichos para poderse casar, y que no se habían preocupado antes de saber el Padrenuestro ni de contestar a las preguntas que comenzaban por la de: «Decid, niños, ¿cómo os llamáis?». Y que aprendían en seguida, de corrido, al pie de la letra: «Pedro, Juan, Francisco, etcétera.»
Pero el prestigio de la tía Ramona consistía, sobre todo, en la gracia para contar cuentos. Era la delicia de los chicos del lugar y también de los grandes, que se sentían rejuvenecer al escuchar los cuentos que encantaron su infancia.
Así vagaba de cortijo en cortijo la tía Ramona. Era una fiesta para los chicos el verla aparecer; todos salían corriendo a su encuentro, y hasta los perros, que siempre ladran a los visitantes mal vestidos, la recibían con agasajo, arregostados a que los dejase lamer las sobras del tazón de guisado que se le daba.
Era al atardecer, en el verano; sentada en medio de la parva; o al comienzo de la velada, en el invierno, acurrucada al lado del hogar, donde crepitaban brazadas de leña verde, cuando contaba las historias que ponían en suspenso el ánimo de sus oyentes.
Tenía, sin sospecharlo, dotes de artista; sabía dar a su voz inflexiones y expresión a sus gestos y ademanes, con pericia de gran actriz o de gran recitadora, y, aunque el repertorio fuese siempre el mismo, los oyentes quedaban satisfechos de él, y solían pedirle que repitiese
—Tía Ramona, cuente el cuento de dos duendes del castillo.
—Tía Ramona, cuente el cuento de las tres toronjas.
—No , no; tía Ramona, el del pastor que fue a misa y se creyó que había llegado tarde porque ya no quedaban sopas en la pila del agua bendita.
—Yo quiero el del espejo encantado, tía Ramona.
—Y yo el de la niña a la que pegaba la madrastra y le salió una estrella de oro en la frente.
Y la tía Ramona, sonriendo con el negro agujero de su boca, donde solo un largo diente conservaba el recuerdo de haber estado poblada, comenzaba, paciente, el relato de los cuentos pedidos, pronunciando las palabras de ritual para cada caso: "Pues, señor: una vez había ..."; o, "Este era un rey..."; o, "Érase que se era, un padre..."
Al oír este exordio, pasaba como un rehilo de felicidad sobre el pequeño auditorio; pero algunos días, la vieja, menuda y encorvada, se sentía contenta, merced a la pinguilla de vino que le habían dado, y se complacía, malignamente, en defraudar las esperanzas de los chicuelos:
—Pues, señor, este era un rey, que tenía tres hijas; las metió en una canasta, y con esto basta.
El rumor de los gritos y las protestas, atraía a los padres y parientes, que reían de buena gana la gracia de la tía Ramona.
Pero ella no tardaba en complacer a sus amiguitos, que la oían con interés creciente, sin perdonar ni el colofón de cada relato:
"Se acabó el cuento, con pan y pimiento, y rábanos tuertos, y un grano de sal, pa que no haga mal"
A no ser que el cuento terminase con un gran triunfo de los buenos, fiesta o boda, en cuyo caso la vieja se erguía, levantaba los hombros, encorvados bajo el fardo del tiempo, y decía con voz que al querer ser alegre adquiría tono de repique con almirez de cobre:
—A mí me dieron lindos zapatos, de sebo y salvao; me subí al terrao. Vino el sol, y me derritió el sebo; vino el viento, y se llevó el salvao... Colorín, colorao... este cuento se ha acabao.
Empezaba un nuevo clamor:
—Otro, otro, otro... Y era ya bien tarde cuando dejaban en paz a la tía Ramona, que se iba a pasar la noche en su agujero, pues por nada del mundo se hubiera quedado a dormir en casa ajena.
Se burlaban de ella por aquella afirmación de su personalidad que significaba su casa, en la que no había más que el jergón, el cantarillo y el candil.
-Le gusta porque no tiene goteras—solían decir riendo.
Pero ella amaba aquel refugio; parecía que se le ensanchaba el corazón al acercarse y ver el aspecto alegre de la fachada, en la que había dibujado con añil el cuadrado de la puerta y de la ventana, y enjabelgado lo demás. Hasta tenía delante de la puerta una especie de huertecillo, con unos arbustos ramifloros y unas matas de albahaca y de flor de pescao.
La fama de los cuentos de la tía Ramona eran tormento de los dos hijos de la condesa, que pasaban allí parte del año, en la magnífica quinta, solar de la familia de Malara.
Pepito y Carmencita, a pesar de todos los cuidados y de los regímenes higiénicos ordenados por los mejores médicos, eran débiles y enfermizos. La abuela no les dejaba salir a jugar al sol y a la lluvia; ni podían trepar por los riscos, ni subirse a los árboles. Los llevaban de la mano en los paseos reglamentarios.
Todos los chicos del lugar y los dos hermanos se miraban con mutua envidia. Para los chiquillos del campo, había algo de angelofanía en la vista de los dos niños, con su tez rositierna, los bucles sedosos sin tostar por la intemperie, y los ojos de mirar claro y como asombrados de la vida real. Y Pepito y Carmencita envidiaban a aquellos chicos de morros sucios, rodillas remendadas, pies descalzos y vestidos haraposos, que tenían vivacidad de ardilla y luz en las mirada.
De buena gana hubieran jugado con ellos y comido en su compañía los guisados bienolientes, que despertaban su apetito cansado del régimen y del aceite de hígado de bacalao.
Pero no podían decir su deseo, porque la abuela se ponía furiosa cuando alguna campesina osada los miraba con lástima, y le decía:
—Déjelos usted que jueguen y que coman de todo, doña Encarnación; que las criaturas son plantas de la tierra y necesitan aire, sol y pan moreno. Mire usted cómo se crían los nuestros.
La dama cambiaba la conversación, contrariada porque era verdad que todos aquellos chicos miserables estaban más sanos que sus nietos. Pero lo que más sentían los niños era no oír los cuentos de la tía Ramona. Se oponía a ello la abuela, que profesaba gran antipatía a la viejecilla.
—No son cuentos propios de niños los suyos— solía decir.
Gracias que la madre de Pepito y Carmencita había ido a pasar unos días en el cortijo, e intervino en su favor.
—Déjelos usted que les cuenten cuentos—le dijo a su madre—; los pobrecitos han pasado ya tres veces el Fleury y necesitan algo nuevo. Mi marido dice que sólo tienen buena imaginación las personas a las que se les despierta de pequeños la fantasía, contándoles cuentos.
La abuela cedió, y la tía Ramona entró una vez a la semana en la quinta, para que oyesen sus cuentos los hijos de la condesa.
Como era verano, se sentaban en la plazoleta del jardín, y poco a poco los chicuelos de la calle se iban logrando colar y formar la escolta de su cuentista, encantados de oírla allí, donde ponía más fuego y más matices en su narración.
En aquel momento contaba un cuento de miedo y los niños lo oían con ese encogimiento de las aves que sienten aproximarse la tempestad. Parecían querer esconderse dentro de ellos mismos. Indudablemente, aquellos gigantes y aquellos duendes iban a castigar la mala acción del protagonista, de un modo sobrenatural y espantoso.
La viejecilla estaba apocalíptica. Del lugar recóndito donde tuvo los ojos, a flor de cara, en otro tiempo, salía una llamita color acero, de luz fría.
Su rostro simiesco, actinodermo y arrugado, tenía una expresión transfigurada y siniestra.
Los niños estaban aún más conmovidos, porque el culpable de la historia no era esta vez una madrastra ni un hermano mayor; era un niño malo, y como niño, estaba más cerca de ellos y lo comprendían mejor.
Crecía el interés del relato; los niños se olvidaban de todo para seguir el hilo de la acción; tenían la sensación de hallarse solos, o, mejor, de no existir más que en el país de la fantasía, adonde les transportaba el cuento. Se abrían más sus ojos, se crispaban sus labios y alargaban los cuellos, como pájaros sedientos.
Embriagada de su triunfo, la tía Ramona se superaba a sí misma.
Llegó el momento culminante. Apareció el propio Satanás a llevarse al culpable. Un hondo ronquido y un espantoso estertor que salió de la unidentada boca, acompañaron a la aparición. El ademán de la vieja, que sacó el brazo de los harapos pardos, con la mano de esqueleto colgando al final del muñón, completó la emoción. Aquella mano de huesos anudados, se tendió hacia Pepito. El niño de los bucles de oro y de los ojos claros, dio un grito, echó atrás la cabecita y cayó presa de la convulsión de la meningitis, causada por el miedo.
La tía Ramona vagaba desde entonces de camino en camino, por los lugares más apartados y por las faldas de los cerros. Los niños, sus amigos, asustados de la muerte de Pepito, huían ahora de ella. La infeliz parecía alelada, y los reflejos de su mirar tenían llamas de locura. Para ella, la única razón de su existencia era la vocación de contar sus cuentos, y no podía vivir sin su auditorio.
Un día se encerró en su covacha, y no volvió a salir. El tener que renunciar a su arte, mató a la viejecilla, a quien las gentes de la aldea creían milenaria y capaz de seguir viviendo aún muchos cientos de años.
La Esfera (Madrid. 1914)
8/2/1930 n.º 840