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Carmen de Burgos

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La cruz del camino

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Las cruces que se hallan en los caminos, cruces solitarias y siniestras, impresionan, como cruces del Via-Crucis humano, que indican la dolorosa última estación de alguien que debió morir a consecuencia de un accidente o de un asesinato.

Son esas cruces cementerios de almas, porque no han quedado allí enterrados los cuerpos; algo como un nicho o casita donde se pueda acoger aquel espíritu que, por como llegó desprevenido a la eternidad, debe seguir vagando por los campos, sin haber entrado en ella aún.

Aunque las cruces abundaban en aquella comarca de Andalucía, no había medio de familiarizarse con ellas. Se las veía siempre con la misma dolorosa impresión, de un miedo vago, como si alguien anduviese por allí cerca. Cuando era posible, se daba un rodeo para no pasar cerca de la cruz...; los que pasan de noche aprietan el paso...; si caminan muchos, callan las conversaciones, y si va uno solo, canta para darse valor.

Allí, en las cercanías, había varías cruces, cuyas historias se cantaban. Grabadas en las paredes de piedra de la Cuesta Colorá estaban las cruces que indicaban la agonía de dos famosos bandidos, el Puro y el Gallina, a los que había fusilado allí la Guardia civil. Más lejos, cerca de la Venta del Pino, una cruz de piedra blanca indicaba el sitio donde se mató un carretero que había bebido demasiado... Más allá, en diferentes lados, cruces de piedra y de madera, toscas, marcaban los lugares donde murieron viajeros víctimas de los bandidos, o algún mozo, al que acechaba su rival...; pero era aquella cruz grande, de madera negra, cuyos brazos torcidos tenían algo de patíbulo, y que hacía como un guiño al cielo, la que más conmovía... Ya se había perdido la tradición y el nombre de quién murió allí..., y allí seguía la cruz. No estaba precisamente en el lindero del camino, sino en el centro del bancal... Ella, como las otras, con sus brazos tendidos, parecía pedir clemencia para el muerto cuyo recuerdo perpetuaba. Los labradores y carreros, que pueden morir en el camino, no dejaban nunca de levantarse el sombrero y rezar un Padrenuestro y un Ave María, sin Gloria — porque la gloría del Gloria no es propia de los difuntos —, y de arrojar la piedra obligada, que es sufragio para el alma en pena. Almas en pena son, sin duda, las de aquellos que mueren en medio de su vida, cogidos de sorpresa en la trampa de la muerte y sin recibir los Sacramentos. 

José Freniche se indignaba. Se perdía el terreno de medio bancal, de su huerto de los Carihuelos, con esa dichosa cruz, que daba lugar a que los caminantes se apartaran del camino y pisotearan el sembrado, para ir a echar las piedras, que ya formaban un enorme montón en torno de ella. 

El había servido al Rey, había salido del pueblo y no tenía ya ciertas supersticiones. Es verdad que rezaba también su oración y arrojaba su piedra en todas las cruces; pero no hubiese tenido reparo en hacerla desaparecer, como lo tenía su padre, al que atemorizaba la idea de arrojar de allí aquel espíritu, como su copropietario en el lugar, que quizá lo protegía agradecido de que le dejasen su pedacito de terreno. 

—La cruz estaba ahí cuando heredé estas tierras— decía —, y ahí tiene que continuar.

Era como si las hubiese recibido con aquel censo o hipoteca a un difunto cuyo nombre no recordaba ya nadie.

José no tuvo ese miramiento cuando murió su padre. Trató primero de que la cruz quedase oculta, aislada del camino, y que la olvidasen los transeúntes. A ese fin, sembró trigo en Octubre y panizo en Abril en todo el bancal. Las plantas crecían lozanas, y en aquella tierra fértil y bien estercolada, a la que se le daba la labor y el agua que apetecía, tenían la altura de un hombre. La cruz se hubiese quedado escondida entre ellas, sobresaliendo la punta como un espantapájaros, si el picoteo en las matas recién nacidas no esterilizase todo el espacio que mediaba entre la cruz y el camino.

Entonces trató de dejar sólo una veredita y limpiar los alrededores de las piedras, que, tiradas desde lejos, ocupaban una amplia circunferencia. Todos los días quitaba varias espuertas, y se diría que a la noche volvían a su lugar las piedras de sufragio; pues por mucho que trabajaba, no disminuían jamás.

Al fin José Freniche tuvo un rasgo de decisión, y mandó quitar la cruz del camino, limpiar las piedras y labrar el campo.

La cruz fue quitada, no sin gran miedo de los braceros que hicieron el trabajo, y las piedras, cargadas en el carro, se llevaron lejos..., muy lejos... ¡Al fin iba a descansar, después del desahucio al molesto inquilino!

El año prometía ser bueno...; lluvias oportunas tenían la tierra bien atemperada; se había dado a los bancales una labor de dos rejas, con arado francés, que la revuelve hasta las entrañas, en vez de arañar su superficie con el arado de reja. Libre de hierbas, se echó en los surcos escogida semilla de trigo candeal. Se habían colocado en los extremos del bancal peleles, para espantar los gorriones y que no se comieran la semilla, y se prometía una hermosa cosecha. Eran muchos metros los que se habían ganado con quitar aquella cruz.

Llegó la primavera; las semillas entregadas a la maternidad de la tierra iban a dar sus espigas...; pero toda la extensión del campo so cubrió de amapolas rojas. Las amapolas rojas se habían comido el trigo. Era como si la punta del arado, al rasgar el lugar donde debía reposar el muerto, le hubiese hecho una enorme sangría. No podía, no, labrarse la tierra que era suya. José Freniche, atemorizado y vencido, volvió a colocar en su sitio la cruz del camino. 


La Esfera (Madrid. 1914)

14/8/1920 n.º 345

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