Desde que Sebastián había enviudado, aparecía como un hombre nuevo ante todas los sirvientes de la casa. Muchas habían reparado ya antes en su gran barba negra, cerrada, que le daba un aspecto tan marcial, con el uniforme galoneado, de gran mariscal. Sin embargo, ninguna fijó en él la atención, sabiendo lo unido que estaba a su mujer; aquella portera modelo que no se metía jamás en las conversaciones de las chicas de la vecindad, atenta sólo al arreglo de su casa y a cumplir lo mejor posible con los deberes que su cargo le imponía, que no eran pocos, pues aunque tenía sirviente para fregar la escalera, estaba todo el día ocupada con guardarlos recados, la correspondencia y tocar a los timbres de los diferentes pisos para que bajasen a las llamadas del teléfono.
Siempre seria, dulce, atenta, parecía no ver nada, no enterarse de nada, para no hacer ningún comentario, sufriendo resignada las molestias de aquellas inquilinas, entre las que abundaban las damas de vida alegre y apariencia severa, que eran en exceso visitadas.
Cuando murió Margarita, fue generalmente sentida; pero el marido adquirió a los ojos de las muchachas una importancia que hasta entonces, no había tenido.
Aquella silla vacía cerca de la vidriera de la portería las atraía a todas. Las convertía en candidatas a la mano del marido presunto.
Sebastián, siempre grave, algo triste, preocupado por el cambio de vida y por la pesadumbre de la desaparición de la compañera de tantos años, parecía no reparar en ninguna, y, sin embargo, tal vez por eso mismo todas seguían alentando su esperanza de verse elevadas a la portería.
Las que tenían novio, con el que salían los domingos, se habían ingeniado de manera, con excusa de sus señoras, para que no fuese a buscarlas. Algunas recordaban con pena las locuras que Sebastián había presenciado, sus escapatorias con los novios, y procuraban quitar importancia a todo aquello, considerándolo como inocente broma.
Ya ninguna quería chanzas con los tenderos de la vecindad, ni se entretenían en chicoleos con el panadero, el repartidor de leche o el carbonero. Se habían vuelto todas serias y juiciosas, aunque no por eso tardaban menos en los mandatos, pues siempre, para descansar de la escalera, se detenían un ratito en el portal. Jamás habían tenido tantos olvidos que las obligaran a salir tantas veces a la calle; pero no por eso se ponían de mal humor. Subían y bajaban cien veces con la mayor buena voluntad, y en ninguna casa de la vecindad había muchachas más compuestas. Ninguna bajaba sin ponerse los zapatos, las blusitas y los delantalitos blancos; el que salía ganando era el carnicero de al lado, donde todas compraban para estar más cerca.
Las señoras, sin saber a qué atribuirlo, estaban encantadas del buen servicio de las muchachas. Se habían vuelto todas madrugadoras, complacientes y tan limpias, que rivalizaban en cuál de los balcones del patio interior estaba más brillante en toda la casa.
Cuando el portero, que se levantaba temprano, sacudía las alfombrillas por la ventana de la escalera, se abrían como por un conjuro mágico todas las ventanas del patio interior y aparecían las chicas, ya peinadas y compuestas.
Unas hacían ruido, otras cantaban el último cuplé en boga:
«Bien sabes que a hierro muere.»
Algunas saludaban francamente: «Buenos días, señor Sebastián.»
Y el portero, sin alentar a ninguna, tenía una mirada para todas, que les permitía mantener su Ilusión. Lo mismo para la vejeta, renegrida y flaca, del tercero, que para la redondilla y coloradota gallega del segundo, o para la distinguida y aristocrática criadita del entresuelo.
¡Qué peladeros entre ellas! Se despellejaban sin piedad.
—¡Habrase visto facha! ¡Salir con los vestidos de su ama!
—Tan linda es la una como la otra. Yo no servía a una señora como la suya.
—¡Mira que llevar medias de seda! Eso no le pega á ella con lo que gana. Alguien se las comprará.
Se miraban hoscamente, como perros que gruñen en torno de la misma escudilla, y aunque no rompían francamente, se asaetaban a puyas irónicas, procurando decir delante de Sebastián todo lo que podía desagradarle.
—Te pasarás el día componiéndote y rizándote el pelo—le decían a una.
—Qué hermosos colores llevas hoy.
—Anda, que bien acompañada venía anoche tu señora.
Cuando les parecía que alguna era la preferida, se volvían todas contra ella.
—Bien te gusta hablar con el pescadero.
—A ti te darán más baratas las coliflores, por el palique que te gastas con el verdulero.
— ¡Qué guapo era el tranviero que venía contigo!
La interpelada se defendía bravamente.
—No he quedado yo para hacer caso de ese tendero —decía en el primer caso—. No es cosa de ayunar tanto tiempo y desayunarse con tan poca cosa.
—No es mía la culpa de no ser una feróstica como otras—replicaba en el segundo; o bien decía, burlona y casi contenta de que Sebastián la viese pretendida:
— ¡Gracia que tié una!
Por instinto comprendían que para un viudo era más práctico conquistarlo con la seriedad y la promesa de que encontraría en ellas unas buenas dueñas de casa, para saberlo gobernar y ahorrar una peseta. Los bailes y morisquetas no daban resultado con la experiencia de un viudo joven. Eran recursos para jovencillos o para viejos. Los extremos.
En cuanto sonaba el timbre de la portería, corrían atropelladamente a buscar el recado; pero no solían volver con la misma prisa que habían acudido.
El éxito del portero se extendía hasta algunas de aquellas señoras que bajaban al teléfono ligeras de ropa, con las batas sueltas, y a veces hasta con los pijamas, y se entretenían hablando con él, sin que por eso perdiese jamás la corrección.
Solían llamarlo con frecuencia, ya las señoras, ya las criadas, para pedirle algún pequeño servicio. El sabía un poco de todo; arreglar una hornilla que no ardía, componer una llave de luz eléctrica que se había estropeado ó un grifo que funcionaba mal.
Las muchachas tenían buen cuidado de que estuviesen las cocinas limpias y de mudar todas las semanas los papeles de los vasares; sobre todo, a primero de mes, cuando iba a subir los recibos.
***
La noticia cayó como una bomba en la casa. Sebastián se casaba, se casaba, y no con alguna de las enamoradas que tenía en la casa, sino con una muchachita de su mismo pueblo, una jovencilla de veinticuatro años.
La noticia corrió por los pisos, propagándose rápidamente.
—Sebastián se casa la semana que viene.
El primer instante era de desconcierto para todas.
¡Qué guardado lo había tenido!
Se sentían ofendidas, como si hubiese abusado de su buena fe. Entonces, sin saber qué partido tomar, se unieron todas para criticar a la nueva portera.
—Será alguna santurrona de estas de pueblo que, por temor de Dios, no hablan con el novio más que debajo de las atocheras.
—Esas son las peores. Y le estaría bien que le saliera gata, porque es estar loco casarse un hombre viudo con una muchacha de veinte años.
—Él es joven—replicaba alguna.
—Pero es viudo, al fin y al cabo. Lo que es yo, ¡pronto me casaba con él!
—Ni yo.
—Valiente barbazas.
Bien es verdad que, por un resto de sinceridad al afirmar aquello, no se atrevían a mirarse.
Tácitamente, todas habían tomado el acuerdo de disimular para que no se gozasen en su despecho. Solo la curiosidad amenguaba algo su rabia. Ellas mismas tenían que ir a llevar los regalos de las señoras. Todos fueron regalos de rumbo; el portero era estimado de todas las vecinas, y la boda se anunciaba con todo lujo. La madrina era la dueña de la casa, en unión de un diputado, amigo de la señora, que habitaba en el segundo. Los magníficos regalos despertaban más la envidia y la rabia de las fracasadas.
—Le han regalado un reloj de oro.
—Y cubiertos de plata.
—Y una cartera.
—La madrina le ha enviado una magnifica colcha.
—También le ha regalado la mantilla.
—Llevará ramos de azahar.
—¡Claro!
—Tiene mejores regalos que ha tenido ese empleado que vive en el cuarto.
—Y más que la señorita del segundo.
Pero cuando ya no pudieron ocultar su furor fue el día del casamiento. La víspera había subido de piso en piso Sebastián para invitar á las señoras y a todas las criadas.
¡Qué cinismo!
Como si se hubieran dado cita, se reunieron todas en el patio interior.
—¡Vaya un tonto! — dijo la renegrida del tercero, que por vieja y poco coqueta, se creía la mejor candidata—Yo le iba a regalar.,., perdón, para la mesa de noche; pero hay que ver cómo nos ha convidado, para salir del paso, haciéndonos de menos.
—Y a última hora — añadió la rubita, que había tenido más ilusiones por ser la mejor vestida de todas y llevar medias de seda—yo tampoco pienso ir.
—Ni nosotras— agregaron las demás.
Y aquel pretendido desaire fue el pretexto para romper las hostilidades y no asistir al matrimonio. Pero todas se asomaron a los balcones cuando llegó la comitiva, de vuelta de la iglesia, en aquel landó de faroles blancos, con el cochero de librea, que llevaba una gran fusta adornada de flores de azahar. Habían asistido a la ceremonia casi todos los señores de la casa, y los chiquillos gritaban desaforadamente:
—¡Viva el novio!
—¡Viva la novia!
La hubieran querido matar con los ojos al verla salir del coche, ligera y pizpireta, con su traje negro y su hermosa mantilla de encaje. ¿Y Sebastián? ¡Si iba hecho todo un caballero! Sin la librea, con su traje negro, flamante, y su sombrero hongo. Parecía remozado... y hasta se había afeitado la barba.
Entonces, para vengarse, evocaban el recuerdo de la portera muerta.
—¡Pobrecita! ¡Quién se lo había de decir! ¡Si ella levantara la cabeza!
***
Pasaron los días; el malestar era creciente. Habían permanecido en la casa para disimular unas delante de las otras y que no se gozasen en su disgusto; pero ya no podían resistir más.
Cada vez que tenían que pasar delante de la portería se sentían humilladas, viendo a la nueva portera sentada junto a la cristalera, en la misma silla de la otra.
Y no encontraban qué criticar: todo estaba limpio, cuidado; de la portería salía, a las horas de comer, un olor a guisos bien sazonados que trascendía en toda la casa. La Filo era una mujer arreglada, tan afable, seria y poco entrometida como la otra. Se conocía que Sebastián sabía educarlas. No hablaba una palabra de más,
¡Y si, al menos, hubiera sido fea!
Y todas ellas tenían que hablar con la portera, llevarle recados, preguntarle cosas; entrar en la portería, para hablar por teléfono, cuando estaban los dos solitos, comiendo, en aquella mesilla limpia, de mantel blanco, tan bien puesta, con sus platos de loza fina, su cristalería y sus cubiertos brillantes, donde campeaba la botella de vino y los platos bien condimentados. ¡Vaya si se cuidaban!
Aquel espectáculo era insufrible. La primera que se despidió fue la rubita del entresuelo; después, la renegrida del tercero; les siguieron la gallega del segundo, y la cocinera del cuarto, y la doncella del primero; y así, una detrás de otra, las de todos los pisos, de la derecha y de la izquierda.
No quedó ni una sola de las antiguas criadas de la casa a las dos semanas de la boda del portero.
La Esfera (Madrid. 1914) 19/3/1921 n.º 376