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Carmen de Burgos

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El Finado

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EL buen D. Joaquín era, según su mujer, el modelo de los maridos. En veinte años de casados no le había dado el más pequeño disgusto.

Ni una noche pasó fuera de su casa, ni fue al teatro sin ella, ni dejó de acompañarla una tarde en sus paseos y sus visitas. No tenía un vicio, ni siquiera fumar. Se levantaba temprano, pasaba el día trabajando y venía a la tardo a su casa para no separarse de su mujercita. En los frecuentes viajes que sus negocios le obligaban a hacer, le escribía todos los días, y siempre le traía una multitud de regalos, que testimoniaban el constante recuerdo.

Ella había aportado el capital al matrimonio, pero había hallado la felicidad en aquel hombre trabajador y delicado, que aumentaba y duplicaba la fortuna. A veces tenía ella miedo de aquel lujo quo la rodeaba, y solía decirle:

—Cuidado, Joaquín. Me parece que gastamos demasiado.

Él le respondía tiernamente:

—No te preocupes, Adelita mía, que yo trabajo para que no te falte nada. Todo me parece poco para ti.

Por eso era tan agudo su dolor por aquella muerte repentina, inesperada, que le robaba aquel marido incomparable.

—¿Quién lo había de decir? ¡Un hombre tan fuerte, tan joven, tan lleno de vida!...

Había llorado inconsolable al lado del cadáver, hasta que a viva fuerza sus amigas la sacaron de la cámara mortuoria. Rendida, agotada de tanto chillar, llorar y desesperarse, casi le faltaron fuerzas para redoblar los gritos en el momento do sacar al muerto de la casa. Se daba cuenta, con indignación, de que en el fondo de su espíritu existía el deseo de dar ya por terminado todo aquello y poder descansar.

Así es que agradecía el entrometimiento de todas aquellas amigas y vecinas que estaban a su lado, disponiendo, dando órdenes y comentándolo todo.

—Yo me voy  a venir aquí una semana con usted, para que no se quede sola— decía una.

—Es preciso distraerse—decía otra. Me la voy  a llevar, quiera que no, unos días a mi casa de Alicante.

—¡Lo bueno se lo lleva Dios!—suspiraba una a vieja—, y no  a tanto pillo como hay de sobra en el mundo.

—Por lo menos—agregó otra dama—lo puede quedar el consuelo de que no le ha faltado nada.

—Ni antes ni después de muerto—saltó la primera—. El entierro ha sido como el de un príncipe. Hubiera querido que lo pudiese usted ver, Doña Adela. ¡Qué plumeros! ¡Qué paños de terciopelo con franjas de oro, y qué cajón de ébano chapeado de plata!

—Todo se lo merecía él—gimió la viuda—. Es lo último que podía darle y el único consuelo que me queda.

Hacía un esfuerzo para hablar, sintiendo que le abandonaban las fuerzas y que el dolor cedía plaza al cansancio. Estaba allí sentada, arropada con chales negros, en medio de todas aquellas mujeres que charlaban y la aturdían, de manera que ya no se daba exacta cuenta de nada, en un estado de atontamiento.

Así es que cuando volvió la comitiva del duelo, y uno de los amigos le hizo entrega, con un conceptuoso discurso, de la llave de la caja, diciendo que ya reposaba en su última morada, Adelita, sin saber lo que decía, preguntó mecánicamente:

—Y... ¿llegó bien?

El otro, desconcertado, repuso con vaguedad:.

—Sí. Bien, muy bien. Gracias.

En este momento apareció la cocinera:

—Es preciso que la señora tome algo: una tacita de caldo, un poco do pollo..., unas cocretitas.

Adela rechazó la propuesta, agradeciendo en el fondo de su corazón la insistencia de sus amigas, porque, a pesar de la pena, la vida gritaba en su estómago reclamando con fuerza sus derechos, y sentía un apetito feroz.

Se impuso una de las vecinas:

—¡Vaya! Usted tomará lo que yo le dé. No hay que ofender a Dios con exageraciones.

—Hay que resignarse—dijo otra—. Lo ha hecho quien puede. Que no nos mande todo lo que podemos sufrir.

—Para sentir es menester comer— intervino la cocinera.

Y allí mismo, sobro sus rodillas, le hicieron tomar el primer alimento, después de su desgracia, pareciéndole el bienestar que experimentaba una infidelidad, que atenuaba mojando en lágrimas los manjares.

Todos salieron edificados de allí y conmovidos por el espectáculo de su dolor.

Desde entonces Adelita adoptó la posición de viuda inconsolable. No quería ocuparse de nada, ni ver cuentas; no tenía hijos y habían hecho testamento en favor uno de otro. Su vida toda era para recordar, para hablar de su Joaquín, poniendo siempre adjetivos: "Mi Joaquín de mi alma", "Mi adorado Joaquín, que de gloria goce", "Mi Joaquín, que esté con Dios". 

Era ya un goce morboso su dolor. Nueva Artemisa, se había envuelto en crespones flotantes; estaban enlutados espejos y retratos, y no pensaba más que en ir al cementerio a llevar flores, encargar coronas, tratar de hacer un mausoleo y decirle centenares de misas y responsos, aunque seguramente un santo como él no los necesitaba. Estaban enlutados los criados, los porteros, hasta los caballos del coche, y la viuda y la servidumbre tenían que reunirse a rozar el rosario todas las noches.

—Para mí se han acabado teatros, paseos y diversiones. No espero más que la hora de reunirme con mi Joaquín de mi alma, solía decir.

Fue un brusco despertar del sueño venturoso de su dolor aquel aviso del Banco Hipotecario invitándola a cumplir los compromisos contraídos por su esposo. 

Tuvo que desviar la vista de la tumba y del recuerdo para atender a las exigencias de la vida. Adelita vio con terror que estaba casi arruinada. ¿Y todos aquellos trabajos de su marido? ¿Y el estado brillante de su fortuna? No podía cerrar los ojos a la realidad. Había vivido engañada durante veinte años. Su marido pasaba los días en alegres meriendas con sus amigas, mujeres de las más alegres de Madrid; sostenía con el mismo lujo que ella gastaba otras tres o cuatro casas, y sus viajes eran siempre acompañado de alguna muchacha bonita. En la busca de papeles aparecían cartas, cuentas pagadas a modistas, joyeros y mueblistas... Y todo aquello había salido de su dinero, de la venta o la hipoteca de sus fincas, abusando do su ciega confianza y continuando su comedia de hipocresía.

Ante aquella revelación del engaño, Adelita sintió que Joaquín moría en su alma. No había muerto hasta entonces. Su naturaleza generosa y confiada se revolvió en la protesta, de manera que el amor se convertía en odio y el dolor en desprecio.

Se acabaron las visitas al cementerio; se acabaron las misas y los rezos. Sin pensar en qué dirían las gentes que la viesen, tiró lejos de sí las tristes ropas de viuda y no se ocupó más que de atender a sus negocios, de hablar con abogados, de buscar administrador, de salvar los restos escasos de su gran fortuna. 

Con mucho esfuerzo apenas logró reunir lo suficiente para crear una pequeña renta que le permitiera vivir decentemente. Fue preciso vender el coche y cambiarse de su lujosa casa a otra vivienda más modesta. Entonces se sintió feliz, dueña de sí misma, libre del peso del recuerdo de un muerto, emancipada.

En la casita pequeña, riente, sin luto, no había ni un solo retrato de su marido, ni un solo objeto de los que le habían pertenecido. Era en ella todo alegre, todo nuevo, como un alba que clarea, toda llena de linones y encajes blancos, con transparentes rosa, muy vulgares y muy agradables, con esa evocación de niño recién nacido que tienen los encajes blancos y los visos rosados.

Ella se peinaba, se perfumaba, se vestía con un ansia de vida y de placeres, que le hacían andar todo el día de acá para allá, en «cines», teatros, visitas y paseos, sin hacer caso de la crítica de las amigas, que empezaban a llamarle la viuda alegre

No volvió a nombrar más a su marido, no sólo suprimiendo los adjetivos tiernos, sino que suprimió el nombre. Nada ya de "Mi Joaquín de mi alma", ni de "Mi adorado Joaquín", ni de desearle paz, gloria y reposo. Ni siquiera le llamaba ya Joaquín, en el rencor que le guardaba en su alma, por aquella estafa de su buena fe y de su sentimentalidad; no podía articular su nombre, presa de honda repulsión. Así, cuando tenía que nombrarlo, por alguna circunstancia ineludible, se limitaba a decir con el tono más despectivo posible: El Finado.

Era la palabra que daba más exacta idea del fin de todo; de cómo había desaparecido, olvidado para siempre, el difunto; de cómo había dejado de ser por completo. Nunca lo volvió a designar más que con esas dos palabras: El Finado


La Esfera (Madrid. 1914) 19/11/1921 n.º 411

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