A cada momento descendían del Empíreo legiones de angelitos, que bajaban a la tierra para entrar en los hogares, y ser en unos muy bien recibidos y en otros acogidos con pena por no haber con qué mantenerles, ni mantas para tapar sus carnes ateridas de frío. Los inocentes obedecían como borregos las órdenes recibidas, y se dirigían en buen orden a los puntos de su destino, sin pensar siquiera que pudiese no ser así. A veces, antes de cruzar la puerta de mansiones demasiado míseras, tenían un instante de vacilación; pero duraba muy poco. Valerosamente, salvaban el umbral, y pasado el momento angustioso de nacer, se arrimaban al seno de sus madres buscando calor y cariño, que les consolase de la infinita desgracia de convertirse de ángeles en hombres.
Mucho sufrían para realizar la evolución de la santa inocencia a la humana corrupción. Se pierde la cuenta de las enfermedades, privaciones y torturas que cada uno pudiera referir si la memoria, más piadosa que el entendimiento, no esfumase tantas páginas de la niñez, que son poemas de dolor, y, afortunadamente, no dejan rastro. Hay, sin embargo, una conciencia oscura, que late en el cuerpo del niño y archiva todos los padecimientos, formando con ellos la masa de la tristeza perenne. Los niños que han sido desgraciados, aunque lo olviden, lo sienten de un modo confuso, y ni ríen ni juegan como los que nacieron felices.
Así es que los angelitos, es preciso confesarlo, cuando recibían la consigna de bajar a la tierra, si no sentían conatos de rebelarse, al menos iban un tanto mohínos y cabizbajos. ¿No estaban mejor en las praderías de esmeralda, en los frescos jardines del Paraíso? Con todo eso, fuerza era obedecer. Y bajaban despidiéndose de sus alitas, que de nada iban a servirles en la vida que les aguardaba, y hasta debían estorbarles. Las soltaban antes de deslizarse en las viviendas donde se les esperaba, y donde habían de sujetarse a los azares de la vida terrestre.
Fue en ese momento de disponerse a despojarse de sus alas, cuando uno de los angelucos sintió el impulso de la insubordinación. ¿Cómo cupo en su alma pura tan reprobable instinto? Él mismo no lo sabría decir. Probablemente nació al mirar la vivienda que, según superiores disposiciones, sería la suya. Verdaderamente, presentaba un aspecto repulsivo. Era una especie de oscura cueva, excavada en un desmonte, sin duda, por jornaleros que facilitaban así su labor, preparando el modo de derribar de una vez grandes bloques de tierra; y suspendidas las obras, quedó allí la covacha, lóbrega, con el piso de fango, mal cubierto por destrozada estera, sobre la cual un jergón roto expelía la paja de su relleno; y encima del jergón descansaba, o por mejor decir, gemía una mujer escuálida, en vísperas de ser madre... El ángel se hizo atrás, y antes de desprender sus alas salió dando un volido, porque le faltaba tiempo para perder de vista tan triste cuadro. No; lo que es allí, no quería nacer. De este pensamiento, insurrecto ya, al de buscar mejor cuna, no había más que un paso. Y lo dio, proponiéndose, ya que escogía, escoger lo mejor y más alto que pudiese.
Los historiadores que refieren este suceso, opinan que el angelito rebelde debía de ser no se sabe cuántas veces biznieto de otro ángel declarado ya contra su Señor, y a quien por tal culpa precipitaron en el Tártaro profundo. Sin embargo, no faltan sabios que aboguen en favor del desobediente angelito, apoyándose en un hecho que han averiguado después de revolver no pocos papelotes. Al acercarse a la sombría covacha, el angelito había oído, entre los quejidos de la mísera mujer, lamentos fundados en que Dios le enviaba el duodécimo hijo, porque ya tenía once cabales, que devorarían si tuviesen qué, y era materialmente imposible conjeturar siquiera cómo iba a alimentar a este redrojillo, ni de dónde saldría la tela para los pañales, ni el pan para la boca. Y el ángel se dio cuenta de que sólo un error «de arriba» podía explicar que le enviasen adonde ni cabía ni podía vivir. La misma caridad mandaba no echar sobre la pobre mujer gimiente un nuevo peso, y era obra de compasión dar la vuelta, no pisar siquiera la excavación mal oliente y lúgubre.
Y el ángel se dirigió hacia la ciudad, buscando los barrios más ricos, los edificios más suntuosos. A la puerta de un palacio, vasto y magnífico, charlaban, agrupados a la puerta de las cocheras, algunos criados. El ángel atendió, primero curioso, luego interesadísimo. Hablaban de hijos, del disgusto continuo de sus señores, privados de sucesión. Diez años ya de matrimonio, y ni señales de que viniese el heredero. Los señores se escondían el uno del otro, para llorar. No se sabe cuántas ofertas habían hecho ya a santos y santas, ni qué de doctores habían desfilado por el palacio, cada uno con su sistema, su receta y su dictamen. Todo en vano. ¿A quién irían a parar los bienes, las joyas, las preciosidades de arte que los señores poseían? ¡Y tantos pobres como traían al mundo cada año un chico!
Oía el ángel, y se felicitaba de la inspiración de huir de la covacha. En el palacio estaría en su centro, en su verdadero lugar. ¡Qué alegría iba a dar a los pobres señores! ¡Allí sí que debía desprenderse de sus alas...
Hízolo, en efecto, y deslizándose por alfombradas escalinatas de mármol y salones que rebrillaban como espejos por el reluciente encerado del pavimento, llegó a las habitaciones interiores, y en un tocador esclarecido por telas de seda floreadas y muebles de laca blanca, vio a una dama que se secaba con pañuelo de batista los ojos, suspirando.
—Ajajá. ¡Esta sí que es mi madre!—pensó; y ocultándose detrás de un biombo, esperó la hora. Cuando la hora vino, y aun desde que se supo que venía, el palacio estalló de júbilo y de esperanza. Los padres, locos de gozo, repartían limosnas sin tasa, para hacer partícipes de su felicidad a los necesitados, y que las bendiciones templasen el ambiente que había de respirar el Niño. Los criados estaban tan ufanos como los amos; dijérase que la criatura nacía también para ellos. La canastilla fue un derroche de finísimos encajes, la cuna un soplo de cándida nieve; las dos amas, preparadas, lucían al cuello sartas de monedas de oro, y vestían terciopelos galoneados de plata; se hablaba ya de los esplendores del bautizo, que sería ocasión de grandes fiestas, convites y bailes, como lo había anunciado el padre venturoso a sus amigos, y habiéndolo insinuado también, en trasparente enigma, los periódicos que publicaban crónicas de sociedad. Había de derramar el agua del Sacramento el señor Obispo, y en la iglesia resonarían los acordes de una música admirable y las voces de los mejores cantantes del Real; y por la bóveda correrían largas guirnaldas de blancas flores, y en el altar miles de cirios resplandecerían. Sería lo más sonado que hubiese en su género, y a la puerta del templo lloverían monedas de plata y cucuruchos de dulces.
Hasta anunció el padre la fundación de una obra social, un comedor de caridad, que llevase el nombre de su primogénito—porque le suponían varón— y donde, diariamente, remediarían el hambre unos cien pobres, mañana y tarde.
Y, entre la expectación emocionada de todos, el trance vino y salió al mundo el heredero en que el angelito se encarnaba; porque, en la vida humana, no tenemos otro medio de conocer y tratar a los ángeles, sino en forma de chiquillos. Mas, ¡ay! He aquí que el nene era amarillento, semiraquítico, una piltrafa. Los médicos se asombraban. ¿Cómo de aquella hermosa pareja pudo proceder aquel renacuajillo?
La causa del fenómeno, sólo el angeluco la sabía... Era su culpa. Él tenía la clave. Él había realizado el cambio, contra lo dispuesto por la voluntad divina. La criatura que yacía en la cunita, como limoncejo medio seco, entre olas de espuma delicada, era el fruto de los míseros jornaleros, y había debido nacer en la covacha del desmonte. Duodécimo vástago de unos infelices agotados por la miseria, mal pudiera asemejarse al robusto retoño de unos señores que siempre han tenido puesta la mesa con sazón y abundancia. Y así—el ángel lo comprendió—, el nene tan deseado, tan esperado, venía ya como capullo que se hiela antes de abrir. Los médicos meneaban la cabeza desconfiando.
En vano la madre repetía amorosamente:
—¡Mama tú, tesorín!
¡Bah! El tesorín no tenia fuerzas ni para coger el pecho... Sus ojitos se cerraban, como negándose a ver el pícaro mundo, y su cara diminuta adquiría, cada vez más, en lugar de la sana rojez de los recién nacidos, los tonos sepulcrales de la cera...
Y siete días después del gran suceso, al caer la tarde, el angeluco, corrido y avergonzado, tuvo que volverse al Paraíso, de donde había salido en mal hora. Al ascender por entre nubes, iba pensando qué le dirían por haber substituido a su antojo los decretos de la Providencia. Y sus piernas temblaban de miedo, y sus alas, recuperadas, se plegaban y un puchero de llanto tristísimo desfiguraba su rosada boca...
— ¡Qué lástima!—iba cavilando—. ¡Tan simpática como era mi mamá!
"Los más bellos cuentos infantiles" Vol. 2