Isidra se casa; ella no sabe por qué, ni tampoco el novio. Tampoco lo saben las respectivas familias. Y esta ignorancia estupenda ha trascendido al vecindario, produciendo un lento rumor interrogante.
El señor cura, las mozas y hasta los viejos han dicho repetidas veces:
— ¿Por qué se casarán Isidra y Nando?
Y después de una breve meditación sobre el misterio de esta boda inexplicable, se ha encogido de hombros la gente.
Isidra es una muchacha honesta y formal, hacendosa. Alta sin gallardía y delgada sin esbeltez, tiene las facciones agraciadas y algo huraños los ojos verdes; casi nunca sonríe.
Nando es un mozo muy bruto y muy feo; un mozo trabajador, de pocas palabras y genio arisco.
Este invierno iba todas las noches a casa de Isidra. Primero tosía, después llamaba a la puerta, y ya aselado en la cocina, fumaba y hacía trenzas en los flecos de la bufanda.
Los hermanos y los padres de la moza le recibían con naturalidad, sin dar importancia a sus visitas, mientras ella trasteaba junto al llar en algún menester de la colación o hacía calceta ágilmente en una esquina del banco próximo al fuego.
Al parecer, Isidra y Nando se inspiraban mutuamente la más absoluta indiferencia.
Ni una mirada expresiva, ni una palabra insinuante barruntaban entonces la boda de esta primavera.
En público los dos muchachos se trataban enteramente lo mismo que en las profundidades de la cocina: ni él la acompañaba ni ella le hacía caso.
Algunas veces le decían a él:
— ¡Mucho vas a casa de "esa"!
Y contestaba:
—Sí...
Otras veces le decían a ella:
— ¡Mucho va "ése" a tu casa!
También respondía:
—Sí...
Pero en vano trataron los curiosos en sacar partido de estas contestaciones enigmáticas, porque ni aquello era "cortejo" ni cosa parecida.
Ahora, uno que "entiende de pluma" y que estaba dictando unos renglones sobre el mostrador de su tienda, le dijo al padre de Nando:
— Aquí estoy escribiendo las proclamas de tu hijo, que se van a leer mañana. ¡Qué callado lo teníais!
El hombre se quedó con la boca abierta. Preguntó:
— ¿Qué hijo? Porque tiene varios. Y después de leer con mucho asombro el papelucho que el otro le alargaba, añadió entre muchos meneos de cabeza y una buena rasquiña de cogote:
— Pues "entonces" yo se las llevaré al señor cura, por no dar qué decir.
Y se las llevó.
Entretanto, a la madre de Isidra la daban la misma noticia sorprendente:
— Conque mañana se pregona la muchacha, ¿eh? ¡Que sea en hora buena!
Ceñuda y pasmada, corrió la mujer en busca de la novia.
— ¿De modo que tú te casas sin consentimiento de nadie, sin decir a tus padres una palabra?
Ella, contestando: "Hoy lo supe yo", rompió a gemir. Los ojos verdes se le pusieron más foscos que de costumbre bajo el denso (velo de las lágrimas.
Y la madre, muy intranquila, salió al corral, dio un suspiro, luego puso los brazos en jarras y se quedó mirando al cielo, abismándose en una nebulosa meditación, mientras sollozaba Isidra fuertemente en la esquina aquella del banco donde hizo calceta en las noches invernales...
Ni una sola lengua maldiciente se atreve a poner una mala sospecha sobre el misterioso motivo de la boda. ¡Isidra y Nando se casan porque sí!
La idea vaga, indecisa, partió del mozo indudablemente. Después de las sosainas tertulias del invierno, creyó transcurrido el periodo del noviazgo, y con los primeros días de la primavera se robusteció en su caletre duro el pensamiento del casorio.
Incapaz de someterse a las más elementales prácticas usuales en semejantes casos, Nando tiró por la calle del medio, y derecho, a satisfacer su apetito, le dijo a la moza, sin más preámbulos:
— Nos pregonaremos.
— Bueno — contestó la chica; y le entró una gran lloradera, dividida en varias crisis, única manifestación de sus placeres de desposada.
Tal vez Isidra ha pensado que por este procedimiento sumarísimo se casan todas las mujeres, y que las emociones de las novias están reducidas a un susto mayúsculo y a verter un raudal de lágrimas, como anticipo de las que puedan esperarle dentro del hogar.
Nando habrá creído, también, que para cargar con todas las responsabilidades del matrimonio basta elegir una moza, toser a su puerta, aselarse en su cocina en el invierno y decirle en la primavera:
— Mañana nos pregonamos...
Esta creencia de Nando y aquel pensamiento de Isidra constituyen, en suma, el misterio de la boda.
No tienen los novios ganados ni tierras, casa ni ajuar. No saben si se quieren: acaso ni simpatizan.
A la vuelta del templo el día de la boda, él muy pálido, ella muy colorada, se meterán de rondón en casa del padre del uno o de la madre de la otra, y ¡a vivir!
Porque se llama vida a la realización de estas alianzas hechas sin interés y sin amor, resultado de una ley absurda y fatal, de un imperioso porque sí: un misterio que a nadie interesa, ya que no tiene el color negro del escándalo ni el blanco de la ilusión.