Titulo - Autor
00:00 00:00

Tamaño de Fuente
Tipografía
Alineación

Velocidad de Reproducción
Reproducir siguiente automáticamente
Modo Noche
Volumen
Compartir
Favorito

21025

8603

4610

Concha Espina

Autor.aspx?id=166

El misterio de la boda

ObraVersion.aspx?id=4610

Isidra  se  casa;  ella  no  sabe  por  qué, ni  tampoco  el  novio.  Tampoco  lo  saben las  respectivas  familias.  Y  esta ignorancia  estupenda  ha  trascendido al  vecindario,  produciendo  un  lento rumor  interrogante.

El  señor  cura,  las  mozas  y  hasta  los  viejos  han  dicho repetidas  veces: 

— ¿Por  qué  se  casarán  Isidra  y  Nando? 

Y  después  de  una  breve  meditación  sobre  el  misterio de  esta  boda  inexplicable,  se  ha  encogido  de  hombros la  gente. 

Isidra  es  una  muchacha  honesta  y  formal,  hacendosa. Alta  sin  gallardía  y  delgada  sin  esbeltez,  tiene  las  facciones agraciadas  y  algo  huraños  los  ojos  verdes;  casi nunca  sonríe.

Nando  es  un  mozo  muy  bruto  y  muy  feo;  un  mozo trabajador,  de  pocas  palabras  y  genio  arisco. 

Este  invierno  iba  todas  las  noches  a  casa  de  Isidra. Primero  tosía,  después  llamaba  a  la  puerta,  y  ya  aselado en  la  cocina,  fumaba  y  hacía  trenzas  en  los  flecos  de la  bufanda. 

Los  hermanos  y  los  padres  de  la  moza  le  recibían con  naturalidad,  sin  dar  importancia  a  sus  visitas,  mientras ella  trasteaba  junto  al  llar  en  algún  menester  de  la colación  o  hacía  calceta  ágilmente  en  una  esquina  del banco  próximo  al  fuego. 

Al  parecer,  Isidra  y  Nando  se  inspiraban  mutuamente la  más  absoluta  indiferencia. 

Ni  una  mirada  expresiva,  ni  una  palabra  insinuante barruntaban  entonces  la  boda  de  esta  primavera. 

En  público  los  dos  muchachos  se  trataban  enteramente lo  mismo  que  en  las  profundidades  de  la  cocina: ni  él  la  acompañaba  ni  ella  le  hacía  caso. 

Algunas  veces  le  decían  a  él: 

— ¡Mucho  vas  a  casa  de  "esa"!

Y  contestaba: 

—Sí... 

Otras  veces  le  decían  a  ella: 

— ¡Mucho  va  "ése"  a  tu  casa! 

También  respondía: 

—Sí... 

Pero  en  vano  trataron  los  curiosos  en  sacar  partido de  estas  contestaciones  enigmáticas,  porque  ni  aquello era  "cortejo"  ni  cosa  parecida. 

Ahora,  uno  que  "entiende  de  pluma"  y  que  estaba dictando  unos  renglones  sobre  el  mostrador  de  su  tienda, le  dijo  al  padre  de  Nando: 

— Aquí  estoy  escribiendo  las  proclamas  de  tu  hijo, que  se  van  a  leer  mañana.  ¡Qué  callado  lo  teníais! 

El  hombre  se  quedó  con  la  boca abierta. Preguntó: 

— ¿Qué hijo? Porque tiene varios. Y después de leer con mucho asombro el papelucho que el otro le alargaba, añadió entre muchos meneos de cabeza y una buena rasquiña de cogote: 

— Pues "entonces" yo se las llevaré al señor cura, por no dar qué decir. 

Y se las llevó. 

Entretanto, a la madre de Isidra la daban la misma noticia sorprendente: 

— Conque mañana se pregona la muchacha, ¿eh? ¡Que sea en hora buena! 

Ceñuda y pasmada, corrió la mujer en busca de la novia. 

— ¿De modo que tú te casas sin consentimiento de nadie, sin decir a tus padres una palabra? 

Ella, contestando: "Hoy lo supe yo", rompió a gemir. Los ojos verdes se le pusieron más foscos que de costumbre bajo el denso (velo de las lágrimas. 

Y la madre, muy intranquila, salió al corral, dio un suspiro, luego puso los brazos en jarras y se quedó mirando al cielo, abismándose en una nebulosa meditación, mientras sollozaba Isidra fuertemente en la esquina aquella del banco donde hizo calceta en las noches invernales... 

Ni una sola lengua maldiciente se atreve a poner una mala sospecha sobre el misterioso motivo de la boda. ¡Isidra y Nando se casan porque sí! 

La idea vaga, indecisa, partió del mozo indudablemente. Después de las sosainas tertulias del invierno, creyó transcurrido el periodo del noviazgo, y con los primeros días de la primavera se robusteció en su caletre duro el pensamiento del casorio. 

Incapaz de someterse a las más elementales prácticas usuales en semejantes casos, Nando tiró por la calle del medio, y derecho, a satisfacer su apetito, le dijo a la moza, sin más preámbulos: 

— Nos pregonaremos. 

— Bueno — contestó la chica; y le entró una gran lloradera, dividida en varias crisis, única manifestación de sus placeres de desposada. 

Tal vez Isidra ha pensado que por este procedimiento sumarísimo se casan todas las mujeres, y que las emociones de las novias están reducidas a un susto mayúsculo y a verter un raudal de lágrimas, como anticipo de las que puedan esperarle dentro del hogar. 

Nando habrá creído, también, que para cargar con todas las responsabilidades del matrimonio basta elegir una moza, toser a su puerta, aselarse en su cocina en el invierno y decirle en la primavera: 

— Mañana nos pregonamos... 

Esta creencia de Nando y aquel pensamiento de Isidra constituyen, en suma, el misterio de la boda. 

No tienen los novios ganados ni tierras, casa ni ajuar. No saben si se quieren: acaso ni simpatizan. 

A la vuelta del templo el día de la boda, él muy pálido, ella muy colorada, se meterán de rondón en casa del padre del uno o de la madre de la otra, y ¡a vivir! 

Porque se llama vida a la realización de estas alianzas hechas sin interés y sin amor, resultado de una ley absurda y fatal, de un imperioso porque sí: un misterio que a nadie interesa, ya que no tiene el color negro del escándalo ni el blanco de la ilusión. 

Audio.aspx?id=8603&c=21A5D6295A0009663769C8900826BDAA0F487A0C&f=000315

573

9 minutos 33 segundos

0

0