No es una niña que se ha vestido el traje de mujer y ha echado a andar por el mundo entre flores, celebrada por los cronistas, presentada a la "alta sociedad" en un gran salón; es una criatura que levanta del suelo poco más de un palmo y pisa ya con sus pies desnudos muchos abrojos del camino.
Le han colgado un traje de luto, porque se le ha muerto su madre; es una prenda que llega de limosna al cuerpo abandonado de la niña, y parece muy natural que cualquier vestido, por chiquito que sea, le esté grande a una cría tan menuda.
Tanto le sobra de éste que le han puesto, que ella para andar lo levanta con las dos manos, en una graciosa postura de minué, mientras alrededor flotan en el suelo los paños luctuosos.
Ha llovido a mares; la figura extraña de la niña se yergue inquieta sobre el fondo del cielo turbio, y queda allí vagarosa entre la bruma como la justificación viva del dolor de la tarde; lloran siempre las nubes; el viento gime en las hojas marchitas de un nogal; la escasa luz se refugia en la cima de los montes con apagado temblor.
El pie descalzo de la inocente asoma y huye, incansable, debajo de la falda negra, porque la criatura anda y anda sin rendirse, gustosa de volver la cabeza a mirar cómo arrastra por el suelo su ropa de luto. Está muy contenta con su cola y parece que olvida las terribles novedades de su hogar; pero llega el instante de sentirse fatigada: todo el ruedo del vestido, lleno de barro, cuelga con pesadez, y la chiquilla no puede ya revolverse dentro de la tela húmeda y pingajosa.
Entonces se acuerda de su madre con mucha precisión; corre a llamarla, y le dicen:
— Se ha muerto; ya la enterraron.
Ella sabe muy bien lo que es la tierra —¡apenas sabe otra cosa!— ; comprende que su madre está bajo el suelo fangoso y aplica el semblante demudado a las yerbas mojadas del camino para llorar y plañir:
— ¡Madre!... ¡Madre!
Nadie le responde; siente hambre y sueño, y cuando ha llamado muchas veces con la voz dolorosa y quebrada, se va quedando dormida.
Algunos, al pasar, interrogan, mirándola:
— ¿Tiene padre?
Y alguien dice con absurdo convencimiento:
— No le ha tenido nunca...
Aun durmiendo solloza la niña, envuelta en el vestido helado, que la ciñe como una mortaja. Y lo hubiera sido para la infeliz si unos brazos piadosos no la alzan de su inclemente lecho.
La llevaron a un portal abierto siempre, y así, dormida y sollozante como estaba, la depositaron en el torno de la Inclusa.
Desde el fondo de aquella mansión caritativa una campana levantó en el silencio la dulce clemencia de su aviso; un regazo providencial recogió a la inocente, y en los anales dramáticos de la miseria se borró la mancha del traje de luto, del más triste vestido largo que jamás una niña pudiera lucir...