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La Fontaine

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El Ciervo enfermo

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Allá, en el país de los ciervos, cayó enfermo uno de ellos. Acudieron inmediatamente muchos camaradas a verlo, a auxiliarlo, a consolarlo, por lo menos: importuna multitud.

—¡Ah, señores –decía–, déjenme morir en paz! Permitan que las Parcas me despachen en la forma acostumbrada, y cesen sus lloros.

Nada de esto; los consoladores cumplieron su deber tan a la larga como creyeron procedente, y no se marcharon hasta que Dios quiso. Pero no lo hicieron sin tomar un bocado, es decir, un pienso, en la pradera del enfermo, que quedó con las provisiones agotadas. No encontró nada qué comer, y este mal fue peor que el otro, pues tuvo que ayunar, y al fin, morir de hambre.

¡Cuánto cuestas a quien te llama, médicos del cuerpo y del alma! Pero, por más que grito O témpora, o mores, todos reclaman la paga.

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