En la época del año en que las brisas suaves hacen que los campos reverdezcan y todos los animales salen de sus refugios para buscar comida, un Lobo vio a un Caballo que pastaba libremente en la pradera.
¡Qué alegría para él!
«¡Esto promete!», pensó. «Lástima que no seas una oveja… entonces te atraparía en un segundo. Contigo tendré que usar la astucia. Veamos cómo lo hago».
Dicho esto, se acercó muy despacio. Fingiendo ser discípulo de Hipócrates, le aseguró al Caballo que conocía las propiedades de todas las hierbas del prado y que sabía curar cualquier dolencia. Si el señor Caballo tenía a bien decirle qué le pasaba, él —el Lobo— lo atendería gratis y “por amor al arte”, pues verlo pastando suelto por allí era, según él, señal evidente de que estaba enfermo.
—Tengo un bulto en la pata —respondió el Caballo.
—No hay parte del cuerpo más delicada —contestó el Lobo—. Tengo el honor de atender a los señores Caballos; también soy cirujano.
El muy bribón solo quería ganar tiempo para lanzarse sobre su presa. Pero el Caballo, que ya lo había calado, le soltó dos coces tan fuertes que le destrozó la mandíbula.
«Bien merecido lo tengo», pensó el Lobo, dolorido. «Zapatero, a tus zapatos. ¿Por qué me meto a curandero si lo mío es morder?»