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9980

5159

Pardo Bazán

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Bucólica

Carta 8

9 Capítulos

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9979

9981

Del mismo al mismo

Febrero.

¿Que estoy enamorado, ciegamente enamorado? No diré tanto, no; pero se me figura que voy interesándome un poco, justa recompensa de mi conducta. Si aborreciese a Maripepa, haría lo mismo que pienso hacer, no lo dudes; solo que, naturalmente, me costaría más trabajo. La chiquilla se muestra tan dócil, se me arrima tan cariñosa como un perro manso, me escucha con tal atención y me obedece con tal pasividad, que mi alma, que no es de bronce, va ablandándose y no me ruborizo de quererla.

De noche sabes que la envío a su bodega, pero de día correteamos por el campo. No le consiento que vaya descalza; le he dado dinero y le han traído de Cebre zapatos a pares y medias morenas y gordas; empiezo a civilizarla por los pies, y no es lo menos difícil. Así y todo, cuando tenemos que atravesar charcos o trepar por altos, vallados y portillos, Maripepa da al diablo el calzado y reniega de las medias.

En el soto, ella me busca setas comestibles, me trae plantas que yo diseco para enviar a Matilde, recoge leña menuda, y así que lía el haz, se viene a tumbar en la yerba y apoya la cabeza en mis muslos. Le revuelvo el pelo con los dedos, calculando qué efecto hará esta crin roja cuando Maripepa se vista de seda negra, modestamente, como conviene a la esposa de un juez. ¿Llegará Maripepa a ser una mujer medio presentable? Quisiera comenzar por el principio, enseñarla a leer y escribir; pero, ¿quién pone escuela en medio del monte? Ella me escucha gustosa cuando le explico (lo mejor que puedo) algo de los usos y costumbres del mundo que no conoce; veo, sin embargo, en la tenaz oscilación de su cabeza, en la dilatación de sus pupilas verdes, un vago asombro incrédulo que no sé cómo disipar. Maripepa se cree un juguete en mis manos; se presta al juego, pero no se deja embobar tomándolo por lo serio. Piensa que le digo todo al revés, que la engaño, que me divierto con ella; no se enfada, porque juzga que solo sirve para eso, para entretenerme un rato; mas ni logro persuadirla ni hacer que se dedique a ningún estudio formal.

Un día, con un palito aguzado y poniéndole el modelo, le hice trazar letras sobre una peña entapizada de musgo. Llegó hasta la H, y no hubo quien la hiciese pasar de ahí. Le chocó la forma de la H, y estuvo haciendo haches un rato, después de lo cual alegó que no sabía, que no podía, que se cansaba. Y fue imposible convencerla ni sacarla de su salvaje obstinación.

Como hay un lenguaje que los dos entendemos, aunque lo hablamos de distinta manera, se distrae uno en las lecciones y falta la constante voluntad de aprender en el maestro y en la alumna. Además, la naturaleza es cómplice de esta falta de energía para el estudio. Nos vamos acercando a marzo: días hace que en los linderos embalsaman el aire las violetas; un hálito templado corre a veces por el bosque; las aguas del río se estremecen blandamente, y a mí el corazón me da involuntarios saltos de alegría. Me encuentro tan sano, tan fuerte con esta vida silvestre y libre; la comida frugal me sienta tan bien; la respiración y la circulación son tan normales y concurren tanto al bienestar del cuerpo; la conciencia del deber cumplido me llena de tal modo el alma, que me entrego sin reparo a una felicidad inexplicable, instintiva, turbada por el pensamiento de lo que dirán mis padres y la idea de que tú no acabas de resolverte a indicarles lo ocurrido.

Sólo los días de lluvia me abato un poco. Maripepa me agrada más por los montes, ágil como una cabra, en contacto con el aire y el sol, que en la cocina o en el banco, a mi lado, pero aburrida, sin saber qué hacer de las manos y acabando por dormirse de bruces sobre la mesa. No hay de qué tratar, se acaba la conversación y viene el fastidio inevitable. Así es que procuro aprovechar el buen tiempo y gozar de la primavera cuando apenas asoma; voy con Maripepa al prado, al pastoreo; la veo amasar el pan de maíz, coger leña para el horno, y aun cavar la huerta y arrancar y trasplantar la legumbre. Solo me opuse a que trajese un haz de tojo. Verla cortar los espinosos troncos, cogerlos con la horcada, hacerse tal vez mil heridas, me sublevó. Valiéndome de mi autoridad, dispuse que Manuel recogiese el tojo.

Aquel día también recuerdo que le pregunté a la chica:

-Maripepa, ¿qué dirías si yo me casase contigo?

Contestome solamente:

-¡Ay, qué señorito!

Esta sencilla exclamación, y las inflexiones de la voz, acompañadas del mirar y del reír, me hicieron comprender que más fácilmente creerá Maripepa que el río Avieiro rueda vino en vez de agua, que yo sueñe en darla mi nombre en los altares. Ni se le pasa tal cosa por las mientes. Para ella todo esto es una diversión, una especie de romería a que concurre, y en donde baila, sabiendo perfectamente que al otro día ha de volver a sus duras faenas y a su miserable vida.

Lo que casi me da vergüenza decirte, es que, en mi concepto, el padre se ha enterado de todo y se hace el desentendido. Apenas le vemos, pues anda en labores distintas de las de su hija, y va mucho a Cebre a vender centeno al menudeo y a llevar vino a la taberna; pero cuando por las tardes nos encuentra regresando de nuestras expediciones, su sonrisa parece más aguda y socarrona que de costumbre. Además ha venido, en dos o tres ocasiones, a pedir rebaja del arriendo, pretextando las malas cosechas, el cultivo cada día más caro y difícil, el aumento de precio de los jornales, el coste del azufre que se emplea en sanear las viñas, etc., etc. Le prometí escribir a papá, y no lo hice; a fin de reparar mi deslealtad de algún modo, le he prestado treinta duros; un caudal para mí; con él comprará unos bueyes. ¡Mis ahorros de la temporada! Bien sabe Dios y sabes tú que en mi casa no se tiran, no se pueden tirar treinta duros. Ya adivino que no les veré el pelo. Es lo que menos me importa. He regalado además un vestidito de percal a la niña pequeña, y hasta al bárbaro de Manuel una navaja. ¡Pobre gente! Quiero tenerlos propicios, para que no mortifiquen a Maripepa ni vean en mí un señorito tirano, de los que aún creerían favorecerlos dignándose darles un puntapié.

Hará tres o cuatro días ocurrió un incidente que al pronto me ha disgustado. Era por la tarde, hacía un día sereno y hermoso, aunque estaba encapotado el cielo; Maripepa y yo nos hallábamos en la era, bien ajenos a que nadie viniese a perturbar nuestra soledad. A un lado de la era, plazoletilla redonda y rodeada de un seto de zarzas y arbustos, se levanta el hórreo, sostenido en cuatro pilastras de granito y rematado por tosca cruz de madera pintada de rojo. Súbese al hórreo por una escalerilla de mano, y Maripepa, bajando y subiendo, había sacado de él buena cantidad de habichuelas, que iba desgranando sobre un paño limpio. Yo, tendido en el suelo, me divertía en hundir las manos en las habichuelas, blancas, encarnadas o caprichosamente pintarrajeadas de colorines, hasta que cometí la sandez de tirárselas a la cara a Maripepa; y ella, que primero se contentó con sonreír y llevar la mano al sitio donde el proyectil caía, fue animándose, y en el calor de la broma me lanzó dos o tres al cogote, pues yo estaba panza abajo. Medio me incorporé y la sujeté las muñecas, parando en abrazo lo que empezó bombardeo. De repente me quedé frío, porque tras del hórreo surgió una figura negra, escueta, juvenil. ¡El cura!

Le vi de improviso y comprendí que nos había visto también, y que estaba sobrecogido. Me puse en pie y le hice todo el agasajo compatible con mi turbación, que era grande. Hallábame realmente abochornado: de Maripepa no sé, porque se aplicó a sus habichuelas. Me cogí del brazo del cura para disimular, y empezó a darme disculpas de no venir en tanto tiempo a visitarme; había tenido un catarro; había ido a Pontevedra a buscar un pintor que le pintase el retablo; había hecho una novena. Yo le oía como en sueños, pensando en lo que pensaría él. Al fin, con una de esas resoluciones que solemos tener los tímidos, me lancé y abordé la cuestión de frente, narrándole toda mi historia y participándole mi propósito de reparar la cometida falta. Experimenté una especie de desahogo al confesarme así. Todo me animaba a ser franco: el estado y ministerio del oyente, su juventud, su carácter alegre y conciliador, su bondad infantil.

¡Asómbrate, Camilo! Esperaba del cura, no la absolución, que no iba yo tras ella, sino una palabra de estímulo, un caluroso apretón de manos, un «bien, así me gusta; procede usted como hombre honrado; si todo el mundo hiciese lo mismo, no andarían las cosas como andan». No soy insensible a la opinión de mis semejantes, y hasta donde cabe busco su simpatía; además, parece que un sacerdote está obligado a alentar ciertas resoluciones, cuando no a inspirarlas. ¡Pues asómbrate, indígnate, mira lo que hacen de la moral de Cristo estos ministros suyos! El cura masculló, entre burlas y veras, dos o tres frases que sonaban más bien a desagradable sorpresa que a otra cosa; y después, con reposados meneos de cabeza y muchos golpecitos de la palma de la mano en el bolsillo del chaleco, me dijo que no resolviese de sopetón, que estas cosas deben mirarse y pensarse despacio, que al fin el casamiento es para toda la vida, que la prudencia es una excelente compañera, que las determinaciones precipitadas se lloran después, que caso de querer dar un paso tan decisivo, ante todo le parecía regular consultar a mis padres en persona; y por último, que reflexionase.

-¿Hay otro medio de reparar mi falta? -le pregunté.

-Psh... -me replicaba él- falta, falta..., eso de falta... Falta, sí... El diablo lo enreda, usted es muchacho, ella rapaza, y el fuego junto a la estopa... Ya se ve... Pero prudencia, amigo, prudencia, nada de determinaciones arrebatadas... Tiempo le sobrará para realizar ese acto de honradez que usted dice... Poco pierde con esperar.

-¿Y Maripepa? ¿Y su honra comprometida?

-¡Bah! Ya sabe usted que aquí en las aldeas no es como en los pueblos... Usted acompaña a una señorita, pongo por caso, va con ella dos veces al paseo, la visita tres..., cátala ya en lenguas de todos, y perdiendo, si se ofrece, una buena colocación... Pero estas rapazas, no señor. Lo mismo se casan teniendo un... traspiés... que no teniéndolo. En fin, D. Joaquín, usted no es ningún chiquillo... Piénselo...

El egoísmo, la flaqueza humana, las transacciones hipócritas y cobardes con el deber hablaron por boca de este hombre, que debiera fortalecerme y predicarme la moral más austera y pura. Casi llegué -¡qué bochorno!- a sonrojarme de mi leal propósito y a juzgarme un ridículo Quijote. Afortunadamente, así que el cura se marchó, me rehíce y de nuevo templé el alma para seguir la línea recta. He decidido quitarme a mí propio todo medio de proceder mal, adelantando la boda. Ea, Camilo, valor, y anúnciaselo definitivamente y sin rodeos a mis padres, pues es irrevocable mi determinación ya. Solo así, de golpe, se realizan ciertas cosas necesarias.

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